Y ahora ¿Quiénes somos?

  (En enero de 2015 dos terroristas asesinan a 10 personas en el semanario satírico Charlie Hebdob. También mueren dos policías, uno de ellos musulmán, la misma religión que sus asesinos. El mundo occidental se vuelva con el lema solidario: “Yo soy Charlie”, pero nadie se acuerda de Ahmed, el policía asesinado)

“Yo soy Charlie” o “Todos somos Charlie” ha sido la máxima que más hemos escuchado y leído estos días en las calles y en las televisiones de lo que conocemos como mundo occidental. Es el eslogan como defensa de nuestros valores contra un brutal y fanático ataque. Pero debo confesar que esa frase me rechina un poco. Me revierte a un punto de borreguismo bravucón que se me hace superfluo y efímero. Esa proclama -trasunta del grito solidario de los compañeros del gladiador Espartaco que se levantaban contra la opresión romana en la peli de Stanley Kubrick– queda bien bajo el cobijo protector de la Europa civilizada y, mucho más, en el celuloide, donde vamos a soñar y no se pueden perder ni las palomitas ni la butaca y mola tener a Kirk Douglas blandiendo la espada de la honestidad y del liderazgo. Pero esa escena es ficción -en el caso de la de Espartaco- o esa pintada es literatura -como la de París-. Es, no nos engañemos, un cartel pasajero, una pataleta necesaria, pero una pataleta. La historia-realidad, no es literaria, no es ficción, no tiene presentación, nudo y desenlace; la historia-realidad, no tiene final ni juicios definitivos: la historia-realidad es intrínsecamente viva porque no deja de preguntar cosas. 

Y prueba de ello es que, en toda esa lógica indignación– un tanto, ya digo, alineada en blancos y negros sin arañar los grises- surge, a poco kilómetros y a pocas horas de la acción de los hermanos Kouachi, otra brutalidad: el asesinato de un policía musulmán, de nombre Ahmed Merabel, devoto del mismo Dios que los asesinos de los dibujantes del Charlie Hebdob y del mismo Dios que su asesino. Ahmed muere y, creo que esto es importante, por defender nuestros valores unas horas antes de ser ensangrentados. Veo en él a un héroe para Salman Rushdie o Amin Maalouf , un “identitario asesinado” que hay que recuperar, por el que, en verdad, pensar en otras soflamas: Yo soy Ahmed.

Si recurrimos a las previsiones demográficas, éstas hablan de una Europa cristiana que envejece frente a una África musulmana que crece en población y a la que tendremos que necesitar para pagar nuestra ancianidad y nuestro imperfecto pero maravilloso sistema. Inevitablemente serán más; y, como decía Borges, la democracia es la dictadura de la estadística. Hay que preparar el camino.

Sospecho que tendremos que hacer un esfuerzo y que esos prohombres que hoy se manifiestan en París con hieráticas caras y corbatas seleccionadas, deberán dejar de ahogarse en el electoralismo y en la falta de perspectiva a pesar de su pomposa condena a las atrocidades parisinas. Estoy hablando de la educación como solución a la integración y freno de la barbarie. Sobre todo para que nadie nos tengan que decir quienes tenemos que ser, o Charlie o Ahmed o Kouachi, para que existan devotos de Alá que amen coger un lápiz antes que un arma y que sepan reírse de sus dioses. De todos los dioses.

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