Visiones más allá de Orión

A principios de octubre de 2014, empiezan a conocerse más casos de Ébola en España. Salta la alarma.

La ciudad ha despertado con un cielo industrial y metálico, con una lluvia intensa y monótona. Los coches se agolpaban sobre el asfalto marengo. La radio anunciaba que La Epidemia suma digitos. Me he acordado de Philip K. Dick cuando a través del cristal del coche he visto sombras vaporosas sujetando paraguas y corriendo hacia destinos desconocidos. En la parte de atrás del coche, mi hijo repasaba un libro de Sciencies: tibias, intestinos e hígados sobre papel blanco. Ha esbozado una sonrisa rutinaria al percatarse que le miraba. Puede que sea un «replicante», he pensado. Al mirar al frente, los edificios de la ciudad se dejaban envolver por humo negro. El locutor anunciaba que apenas conocíamos cómo frenar La Epidemia. Si mi hijo es un «replicante», me he dicho, ningún “blade runner” pondrá esa luz delatora sobre sus pupilas. No veo naves en el cielo pero sí luces de semáforos y coches que gravitan en el vacío acuoso. Entonces reparo en lo peor: He olvidado mi máscara anticontaminante, mis píldoras nutritivas para el almuerzo y mi pistola láser. Escucho que La Epidemia ha llegado a las antípodas. La lluvia se acelera y confunde mi visibilidad. Me meso los cabellos y resoplo. Mi hijo, me pregunta:

– ¿Qué pasa Papá?

– Tranquilo pequeño, pronto nos iremos a vivir más allá de Orión

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