UN TONTOPOEMA ATRIBULADO

Me gusta tu cocina, cuando cocinas y no porque cocinas.
Me gusta sentarme y parece que sólo me siento.
Me gusta, allí, en tu cocina, parecerme estúpidamente macho.

Uno de esos señores de bigotillo fino,
mirada escondida tras las gafas gruesas,
con el periódico encima de la mesa de tu cocina.

Con una cerveza en la mano y un cigarrillo en la otra:
soy yo, sí, disfrazado de un guerrero ridículo.

Me detengo con disimulo,
raudo en observar tus movimientos,
silbidos de acciones que parecen de otro tiempo
pero que encuentro un sentido moderno y divertido,
una belleza de azulejo blanco y gracia veloz:
Estás ya analizada.

Allí te pones y te mueves,
una gacela en su territorio,
limpiando entre la espuma y el agua o echando las patatas o el arroz en la sartén,
emitiendo palabras que pintan de luz mi rostro arcaico,
que hacen que el hombre de blanco y negro coloree su corazón y sonría para sí,
en secreto, como un niño escondido dentro de un armario cerrado.
Hablas con la energía de mujer-mujer,
de cobre puro y robusto,
entre suspiros, quejas y vaivenes, risas y mudanzas.

Me revuelvo entre mis pensamientos,
hechizados por el encanto de la sencillez,
del contoneo de tu cuerpo eléctrico,
de tu continua protesta por mi presunta apatía
Y no quiero que dejes de hacer para seguir mirándote,
para seguir intentando buscar en cómo plasmar la poesía y la belleza de una escena de entonces,
una mentirosa escena,
una escena en la que tú eres la prota y yo la cámara:
Ella fregando y él bebiendo y fumando;
Ella cocinando y hablando, él leyendo y callando.
Todo es mentira: Él enamorado, viendo a una mujer que no quiere dejar de pensarla.
Ella en sus cosas, en sus comentarios,
en su rutina pesada que resuelve como si tal cosa.
Todo es poesía cuando tú estás pululando aún sea una escena de otro tiempo, una escena rancia.
Me gusta tu cocina porque tú no me miras y yo, puedo mirarte.

En la caricia de tu ojos puedo encontrar más agua fresca que en el mayor de los manantiales.
Así se para el tiempo: mirando de soslayo las ventanas de tu cara ilusionante.
No quiero prolongar ése instante,
sí, una décima de segundo es suficiente.
Así desaparece cualquier sed, cualquier necesidad urgente.
Sólo me basta una insinuación de marrón oscuro, achinada,
porque sonríen tras la mente de una mujer inteligente y brava, delicada y encontrada.

Explicar no es misión de los tontopoetas,
sino atribularse entre palabras descolocadas,
ansiosas de verter sensaciones pausadas,
de digerir tanta belleza que casi empacha.
Al verte, al oírte, al callarte y al amarte.
En silencio.
En tu cocina.

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