UN SILBIDO

UN SILBIDO

 

Como un silbido es el alma.

Limpia, cortés, voluble y resbaladiza.

Un sólido que pasa a líquido y luego a gas sin ecuación posible.

 

Como un silbido es el niño pequeño que lanza contento su muesca mientras mata con sus dedos de pistola inventada,  mariposas y abejas picajosas del campo.

 

También es el lamento matutino de los pulmones,

el que te recuerda que fumas mucho,

el que te condena a la incomodidad:

no siempre ella es una alegría brotada sin conciencia.

Sirve como pena que tabula entre hierros calientes que no se pueden atrapar,

y vale como intrincado laberinto en el que nos pesa entrar.

 

El alma es el reconcome después de haber explotado  donde no debiste explotar.

No es fácil, no hay trayecto.

 

Pulula salvaje entre el aire y las primaveras, rodea el todo,

viaja hasta las estrellas, dibuja con ellas,

navega por el universo como un Nexus,

se aburre de Orión y un día la encontramos en cualquier lugar:

en una farola, en los pechos deseados, en los encontrados,

o en un funeral triste y sentido.

O en un despertar de domingo de resaca.

 

Es una traviesa hogareña, una escapista de nosotros,

un escondite al que no acudimos porque hay que dormir ocho horas, trabajar, correr: una música sin partituras que no se puede descargar por internet ni comprar en el mercado negro.

Una voz cómica, viva y también incómoda de escuchar.

Un silbido, sin más.

 

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