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PROBLEMAS DE CORAZÓN

PROBLEMAS DE CORAZÓN

Este relato obtuvo el Premio Ateneo Sanlúcar

«No digáis que la muerte huele a nada,

que la ausencia del amor huele a nada,

que la ausencia del aire, de la sombra huelen a nada».

Vicente Aleixandre (De Mundo a solas )

El padre Bernardo me contó un día que hubo un santo que amaba tanto a Dios que le creció el corazón hasta romperle las costillas. No sé si su intención era afianzar mi fe, por otra parte bastante asentada por mi circunstancial oficio de  monaguillo, pero lo que consiguió realmente fue obsesionarme con aquella idea. Continuamente me preguntaba sobre lo que podría compensar a un ser humano morir por amor y, seguidamente, trataba de imaginar la escena de aquel santo explotando previa plegaria. Pensar en ello llegaba a darme un miedo angustioso que crecía y crecía cuando trasponía, por unos segundos, aquella escena al propio padre Bernardo quien, en plena eucaristía, solía permanecer varios minutos con los ojos cerrados y respirando honda y agitadamente como si estuviera aderezando en su interior la explosión definitiva, la confabulación extrema del amor que proporcionase el estallido de  su tórax. Me agachaba rotando mi mirada de izquierda a derecha, frunciendo el ceño y apretando los ojos renunciando a observarle. Cuando giraba mi mirada a la entumecida figura del orador, me protegía el brazo descubriendo una pequeña parte de mi pupila que fluctuaba la visión por el temblor temeroso de mi párpado. Se calmaba todo con el sonido vago y tumultuoso de los fieles que repetían las últimas palabras del padre Bernardo en cadencias desordenadas que anunciaban el final de una situación de ensueño, fantasía y miedo. Nunca ocurrió nada. Llegué a la conclusión de que el padre Bernardo era un cínico, un vulgar oficinista que aborrece su trabajo y al que acude de forma anodina y con cotidiana pesadumbre.

En cuanto a lo terrenal, en mi casa, ningún amor -por ende violento y destructivo- podría perturbar mi infancia. Por buena o mala suerte, me quedé huérfano muy pronto y ni el amor paternal ni maternal estuvieron presentes en mi casa. En los pasillos tenebrosos, limpiados de penumbra por luces graduales que se colaban a través de los visillos, parecía no transcurrir el tiempo; parecía que el descenso resignado de las paredes del techo al suelo con el mismo color grisáceo, difuso, mustio, la misma alfombra amortiguando la caída de los altos y  tristes muros, el mismo cuadro con un retrato hierático y sórdido de un hidalgo de mirada desarraigada y desconfiante como si estuviera incómodo en aquella pared, y el mismo olor a alcanfor caduco, se habían congelado sobre una fotografía antigua y amarillenta. Desde que mi tío murió después de un fuerte catarro veraniego, aquella casa me resucitaba un extraño sabor de melancolía y  tiempo superado aun viviendo en el presente más inmediato.

Mis padres murieron, según me dijeron, en un accidente de coche. Yo era tan pequeño cuando fallecieron que no les recuerdo. Vivía a solas con mi tía, viuda, que tenía media cara esculpida por la viruela y una insistente preocupación por mi higiene y mis oraciones más que por mis sentimientos. Creo que nunca me acarició y a lo más que llegó fue a darme la paz en misa, a restregarme con fuerza e impunidad con la esponja cuando me duchaba en mis edades más tempranas y a sujetarme por el cogote, de cuando en cuando, si la ocasión merecía alguna reprimenda. Siempre vestía de negro, enlutada desde el mismo día de la muerte de mi tío -que apenas recuerdo en la cama entre esputos y flemas agudas- y salía de casa justo (creo que nunca fue utilizado con mayor precisión este adverbio) lo necesario. La viruela y el recogimiento religioso tienen esos inconvenientes. Así pues, la costumbre de convivir con una sola persona especialmente posesiva, cauta y cicatera, se me hizo exclusivamente familiar, diferenciándome del resto de los chicos del colegio que tenían hermanos, padres, celebraban fiestas de cumpleaños y jugaban al fútbol en la era. Esta soledad no me angustiaba; ni me rebelé por mi desdicha; no reprochaba mi infortunio; no me acongojaba la idea de haber perdido unos padres que me hubieran facilitado un cariño más sólido y un destino distinto. Si alguna vez lo sentía y lo exteriorizaba, mi tía me lo borraba  inmediatamente con alguna oración o un verso perdido de poetas que yo desconocía y que, creo pensar hoy por hoy, ella inventaba. Sin embargo, lo que sí me perturbaba era la verdadera causa de la muerte de mis padres que, en ocasiones, la asociaba al relato redentor del padre Bernardo. En las noches oscuras y yermas, la duda asaltaba mi conciencia con atrevimiento. ¿Podrían mis padres haber estallado de amor después de haberme engendrado, en lugar de morir en un accidente de coche al poco de nacer yo?

En aquella casa de mi infancia clandestina, no dejaron de producirse cosas dignas de mencionar. Por ejemplo, las visitas furtivas que comenzó a realizar un hombre cuarentón, de aspecto fornido y gigantón, de pretendida elegancia, con sombrero de ala y pluma, corbata ancha y americanas cerradas de cuatro botones, un señor de esos que vieron mis abuelos, cara hinchada y colorada por exceso de rico colesterol, ojos saltones y frente hasta el occipucio. En un principio fue sólo el mensajero de Clotilde, una amiga anacrónica de mi tía que tuvo que emigrar a la capital al cambiar de trabajo su marido y que nos enviaba, a través de este buen hombre, dulces y cerámica que, según nos decía, compraba en Aranjuez y vendía a mayor precio en la capital. Sus visitas fueron alargándose y, en poco tiempo, el hombre regordete se convirtió en la causa de que la primavera entrase indolente en nuestro hogar en pleno mes de noviembre. Mi tía avivó su imagen, renunció circunstancialmente al luto y estiró su expresión caída. Esas visitas se convirtieron en un acontecimiento, un nimio atractivo para la rutinaria tristeza de nuestro hogar que cobró un calor mayor incluso que el que existió cuando mi tío agonizaba con su catarro. Mi tía gastó más leña de la habitual, que no de la recomendable, para ser hospitalario con el forastero. Después de los pasteles, llegaban los presentes y detalles personales. Esto es, el café y el té a disposición en la mesa para el extranjero -otro exceso novedoso- y cuencos de cerámica con los que llenamos la casa, dada la generosa y laboriosa aptitud de agradarnos que tenía el hombre. La confianza fue a más y el espléndido caballero comenzó a quedarse a merendar a media tarde y a salir de casa ya con la noche entrante. Nos entretenía con locuaces historias del ultramar, donde, aseguraba, había pasado la mayor parte de su juventud como marino mercante y ocasional negociante. Sus historias me apasionaban y él lo sabía; lo veía en mis ojos circulares y mi boca entreabierta. Cuando terminaba de dotarnos de manjares que, con el tiempo, comencé a dudar si todos venían de la misma amiga dada la tacañería reconocida de Cloti que ella disfrazaba de  austeridad religiosa, comenzaba su relato con viveza, centrando su atención en mis retinas demoledoras de aventuras interoceánicas. Yo resistía hasta llegar al Golfo de México. Desembarcando en tierra firme, plegaba mis ojos y me dormía en el áspero sillón del salón. Las visitas comenzaron a ser más periódicas, los relatos más escuetos y las atenciones comenzaron a centrarse en mi angelical tía, en sus emboscadas virtudes y en su rebuscada belleza. Con afilada picardía percibí que aquellas visitas tenían intenciones más ambiciosas que las puramente cordiales. Perdí protagonismo y eso me hirió; es más, me sentí utilizado, reconocido como un niño vulgar y apasionado con apócrifas historias y dulces empalagosos. Comencé pues a juguetear como único y privilegiado testigo de aquel ramillete de cumplidos simplones y adulaciones bífidas que ambos emitían, de miradas y gesticulaciones cursis, interrumpiendo en los momentos más excelsos, remarcando los errores con malicia infantil, destruyendo con aparente inocencia la fusión premonitoria de dos corazones solitarios. Fueron cuatro semanas de fingidas travesuras, de juegos divertidos que preparaba en mi mente cada vez con más soltura, moldeando y reaccionando impunemente a los comentarios que emitían los dos como si de un rápido crucigrama se tratase. Hay que tener en cuenta que la estricta educación agudiza los sentidos para ejercitar el humor y la diversión te hace ser más cómplice contigo mismo y, lo que es más importante, más sutilmente desbastador con los enemigos, con las víctimas que aprisionaba (en este caso mi tía y el caballero) con mi patinada crueldad. Todo se sumaba a que nunca se me hacía real ver a mi principesca tía en ese reparto de falsas victorias en nombre de un inexistente amor venidero, alabando una reliquia que yo suponía ella sabía que era mortal. Mi deleite, mi patosería para ellos, iba a más cada día y mi mente reaccionaba cada vez con mayor agilidad, respondiendo a cada pregunta del crucigrama con frescura y valentía, llegando incluso a automatizarse el cuando, el cómo y el qué debía de responder a cada pregunta. Provocaba situaciones de auténtica desesperación entre ambos, de desconciertos casi agresivos, de enfrentamientos absurdos que daban por concluida temporalmente la relación hasta que el buen señor que vieron mis abuelos, agachaba el yunque que tenía por espalda y pedía perdón. Era esa superioridad de ver el poder de la destrucción y de la irreverencia al análisis que tenían mis enemigos, la que me procuraba poner mi granito de arena para condonar la pena impuesta por mi tía (o sea, por mi). Con todo, y sin querer hundir el barco en su totalidad todavía, el tedio se fue acrecentando y mi rectitud y disciplina en el juego fue tan perfecta y mecánica que se trocaron los miembros de tan personal acertijo: Ellos pasaron a ser los niños enamorados y yo el curioso maduro que los observa con escéptica añoranza como si ya supiese que todas aquellas conversaciones fueran a caer en el baúl del olvido al terminar el verano y que quedarían reveladas, más allá, con la memoria masticada, en tardíos versos de alcoba marital y efluvios baudelaireianos:

¡Oh, Adorada pubescencia!

Inocencia gentil y pasajera, la vida os descubrirá,

¡Oh, flor espontánea de primavera, mustia hoja en otoño!

Palidecéis sin sol, os ahogáis en lluvia…

¡Oh, Adorada pubescencia!

Sabor agridulce sin dardos réprobos,

¡Oh, Eva purificada de bucles dorados!

Corazones pútridos y ojos picados te recuerdan…

Al mes, la relación iba a más y cada vez mi mente trataba de idear una nueva lámina en la que moldear la plastilina humana a la que me enfrentaba ya casi diariamente. No había otro modo de distracción y así se comportan los enanos ante la falta de altura y la privación de libertades. Podía haber sido más caprichosamente cruel y cortar por lo sano (en eso estaba, es cierto), pero la naturaleza se torció y los pensamientos tintineantes volvieron a hacerme presa de su embrujo. Las noches confusas volvieron a inundar con sus fantasmas la bruma de mis cavilaciones, por lo que fui distanciándome con excusas gratificantes para los romeos. Placentera comunicación la mía, por otra parte, que no les aturdió en sus conversaciones e incrementó las relaciones con la misma intensidad que en el día en que atracamos en Maracaibo. Mi cambio fue súbitamente drástico. Procuraba encerrarme en mi cuarto, con la congoja y el temor de escuchar algún zumbido que pusiese fin al romance terrenal. A veces salía a por algún vaso de agua para ver si tal explosión había sido tan gris como sus protagonistas y las coronarias sólo habían mojado levemente el somnoliento salón y la aburrida alfombra raída. Pero nada. Todo lo que se provocó fue un crecimiento paulatino de la sospecha de mi tía ante tal reacción. Empezó a incomodarse con aquellas encerronas que no sabía cómo disculpar -a fe que mis excusas fueron muchas-  y declinó todo en favor de la educación del niño. La buena de mi educadora concluyó que aquellas visitas, ya convertidas en un silencioso y discreto noviazgo, debían de terminar en pos de la buena marcha de mi conciencia. Una mala interpretación de una señora también dispuesta a morir por amor aunque con claras reticencias como puede observarse, y que provocaron que aquel señor que vieron mis abuelos no volviera a verlo más. El remiso noviazgo tardó poco en resquebrajarse dada la nula querencia de mi tía a salir de casa. La cobardía es, en ocasiones, más destructiva que la maldad.

Lógicamente aquella perversidad fue coyuntural, únicamente provocada al apreciar, por primera vez, a cuan ridículas situaciones pueden llegar no sólo los amores en siembra, sino los principios de los amores antiguos, cursis, distantes, necesitados, tardíos y físicamente amorfos. No es igual de disculpable, estética y visualmente, las apariencias cariñosas de dos cuarentones recogidos en un salón mustio y desvencijado, con tazas de té frías y llenas, y cerámicas por todas partes, como el de dos sedosos adolescentes enhebrados en un parque florido; y eso, un pequeño, por su patología observadora y curiosa, en seguida lo percibe y tiende a caricaturizalo.

Nacida ya mi adolescencia, la posibilidad de flirtear con el amor se hizo más real. El miedo, sin embargo, era más fuerte que cualquier tentación que además se hacía más reticente a aparecer por el desmedido control que mi tía ejercía sobre mi y la remarcada reputación que tenía en el pueblo después de haber sido tantos años monaguillo. Pero vencí. Vencí al menos a estas dos últimas rémoras, porque el relato del padre Bernardo seguía ejerciendo una poderosa influencia sobre mi. Pero bueno, ya digo que vencí y a tan apropiada edad, como la gran mayoría de los chicos del pueblo, amé sin remisión, con pasión adolescente, con entrega arrojadiza, desmedida, agresiva, rebelde, con candor felino. Oh! Amores de la primera luz del día, de aurora centelleante, de plenilunio sensual, de sueños fervorosos… ¡Vaya que si amé! Amé una y otra vez, con avaricia, egoísmo e irracionalidad, amé a una primera luciérnaga que me enseñó su corazón y luego a otra tigresa rabiosa de carne taimada, amé a todo tipo de mujeres en todas las formas y situaciones posibles e imposibles para todo aquél que no haya amado, que no haya levitado en la incoherencia del deseo, en la locura del sentimiento. Todas mis amantes fueron mías y privadas, y a todas las anidé sin complejos en mi corazón. Pero todas eran mentira, o mejor dicho, eran mujeres de mentira, mujeres que no eran verdad, mujeres abstractas, furtivas, clandestinas, mujeres de cuarto oscuro y de soledad temerosa, mujeres proyectadas desde mi imaginación. Podían ser visualizadas sin que “en realidad” existiesen. Podían ser actrices, modelos, podían nacer de un punto real y luego  bifurcarse en lo que yo quería para mi.  Este era el caso de Nadia, mi vecina de escalera, a la que siempre descubrí pechos inexistentes y virtudes imposibles a su temprana edad. Iba inventando romances irreverentes e impúdicos bajo cualquier diversión, en cualquier cuarto de baño, en sórdidos hostales, en la mullida cama de mi cuarto…Había decidido no comprobar si aquella duda bernardina tenía una solución: no amar a mujeres de verdad. Nada era verdad y el amor ficticio se diluía cuando llegaba a su límite, cuando carraspeaba la curiosidad de hacerlo real, evitando así, al mismo tiempo, que se produjese esa sensación de vacío que dicen que se genera cuando se pierde a la persona querida. No había desengaño. Ni mucho menos me planteé que surgiese una explosión torácica como la de aquel desgraciado santo. Ni mis amadas podían explotar y salpicarme -no tenían corazón-, ni yo podía resquebrajarme al no utilizar el mío globalmente. Puedo confundirte lector, pero esa forma de amar que había ideado, me proporcionaba los goces pasionales que infunden la que dicen es la principal razón de nuestras vidas. En pleno romance fantasmal, mis temores no desaparecían  por lo que tomaba mis precauciones: Cuando algún amigo mío salía con un chica de forma constante y continuada, procuraba distanciarme de él por temor a que estallase. Del mismo modo, evitaba cruzarme con parejitas acarameladas en los bancos de los parques o de retorno a casa después de clase, del trabajo o de la vida. Precavido, con el tiempo averigüé que me comporté correctamente. De verdad querido lector, la historia del padre Bernardo, no era ninguna broma, no se trata de una leyenda antigua que la imaginación popular hace correr de boca en boca. Al tiempo.

Como no podía ser menos, me libré de la mili por exceso de cupo, gracias a lo que pude ir a estudiar a la ciudad con sólo diecisiete años. Al entrar en la Universidad, comencé a tener contactos con chicos que iban más allá de los cerriles pensamientos de mi tía y de los burdos juegos de mis compañeros de instituto. Poco a poco, aquella idea de amor desmedido quedó lacerada por otras obsesiones más propias de mi edad: el sexo libre, la paz mundial, los Beatles y el mayo francés. Fueron contactos con ideas en un principio escandalosas y, más tarde, juvenilmente seductoras, pero a las que nunca aporté un compromiso excesivo por miedo a que aquella querencia por el Ché, Lenin o Ginsberg, volvieran a trastornarme y a hacerme caer en el mórbido sueño que fundía mi corazón en trozos pegajosos y óseos volando por los aires a causa de mi amor a la revolución. Si la idea religiosa o deificadora hizo morir a aquel santo ¿por qué no lo podría hacer un casamiento sincero con aquellos atrevidos conceptos del mundo? Renegué de ellos, no sin esconder mi renuncia en unas largas melenas, gafas redondas y febles, chalecos de chirriantes colorines con estampas de Janis Joplin y Shiddarta bajo el brazo. Era la forma de no apartarme de mis amigos y de ocultar mi temor a los cultos ciegos e intangibles que podrían derivar en el final de la/mi “verdadera vida”. Pero aquella revolución me vino de maravilla desde el punto de vista del placer y del conocimiento. Mi primer contacto surgió en el segundo curso, en una excursión de abril (siempre abril…) a los Caños de Meca, en Cádiz. Nos fuimos algunos compañeros de la Universidad con hachís y alucinógenos a hacer camping y fiestas en la playa. Aquella playa era el encuentro de todos los jóvenes atrevidos de la época. Varias fogatas acompañadas de guitarras, pañuelos a la cabeza, grandes melenas, pendientes y gritos -que a pesar de haberlos berreado como el primero, me parecían un justificante maravilloso para hacer el gamberro-, ocupaban un amplio y salvaje descampado de arena fina rodeado de verde y cascadas de miniatura. Era un lugar paradisiaco para el amor. Montamos la tienda e hicimos nuestra fogata. En seguida, nuestro campamento, todo nutrido de hombres ávidos de sexo libre y manifestaciones coléricas contra la burguesía, tuvo un éxito inesperado. Habíamos rellenado de coca cola, vino y algo de LSD la bañera de plástico del sobrino pequeño de uno de mis comprometidos compañeros de Universidad. No hizo falta mucho tiempo para que aquellos hippies piojosos, que no tenían ni un duro y reclamaban visualmente un baño concienzudo raspado por la esponja de mi tía viuda, se nos colocasen al lado con sus mujeres también melenudas, risueñas y con sus frescas sandalias asomando sus dulces pies de uñas oscuras. El inmenso barreño fue escoltado de guitarras y mujeres (que era en el fondo lo que a todos nos interesaba por mucho que nos embadurnásemos de bellas proclamas y vestimentas de colorines). Fue tan rápido como inesperado. Con naturalidad libertina, una melena rubia y una sonrisa abierta se sentó a mi lado. Se llamaba Justine, sadismo y durrellismo, ¡Qué bien me sonó! ¡Qué exótica musicalidad! Yaaussshtin, me dijo. Cantamos y reíamos sin entender de qué, y sin entender mucho cómo me encontré sentado junto a ella en la arena húmeda, mojándonos los pies en las orillas del Atlántico, mirando el horizonte en soledad turquesa, con el sol principiando a azular el cielo. Nuestras manos unidas, pegadas. El mar brotaba una sonrisa de luz tímida, el aire planeaba amenazantemente lento ante la calma del oleaje relajante. Su castellano afrancesado, deliciosamente patoso, rebotaba una y otra vez en mi, ensimismándome a cada sílaba, a cada palabra, seduciéndome como si de una canción pegadiza e ininteligible se tratase. Reclamó una almohada y le mostré mi estómago. Cinco centímetros apenas nos separaban cuando el pernicioso azote del recuerdo volvió a asaltar mi conciencia. Respiré hondo y me dejé llevar como un animal. Eso, pensé, eres un animal. Deseché a Nadia, a Laura, a María…a todas mis mujeres de mentira para que no se convirtieran en verdad a través de Justine, para que nos las amase en la realidad destructora y demoledora. Era ella y su lengua furtiva que atracó sin pudor cada poro de mi cuerpo. Me entregué, me abandoné en silencio primitivo sin esperar más que el goce casual, sin anhelarlo, dejando llevar mis sentidos hasta donde su paladar francés quisiese. Bebe agua, me decía, mientras repetía rítmicos y placenteros movimientos. Bebe agua. Cuando tienes sed, bebes agua. Y bebí agua con la avaricia de un aventurero perdido semanas y semanas en el desierto, bebí agua con poderosa fiereza, dejándola resbalar  por mi barbilla, rodando entre las comisuras de mis labios, llenándome el estómago hasta inflarme del vital líquido. Bebí agua como un animal primitivo, sin descanso. Finalizó con el alba, con la luz ya picante y agresiva, el festival sedoso de andropoides olvidados en la arena. Ella me besó con simpatía calurosa y con cautelosa indiferencia . Me marché, jovial, colmado de endorfinas y con la mano en mi pecho izquierdo ¡Para qué utilizarte, imbécil!

A partir de entonces tuve habituales contactos sexuales que me sumieron en una gula constante y que finalizaron con zambullidas orgiásticas con las extranjeras que nos visitaban en la Universidad de verano. Llegaba drogado a clase y le pedía más dinero a mi tía excusando unos cursos de inglés que eran sustituidos por alcohol, drogas y sexo. Pasados los cursos y como no se me podía caer la cara de la poca vergüenza que tenía, se me empezó a caer el pelo de mi cabeza. El tiempo fue paulatinamente frenando mis instintos primarios y limitando mi cuerpo para tanto desenfreno. Acabé la carrera y comencé a estudiar para sacarme una oposición como profesor. De aquellos depravados delirios sexuales en relación al obsesivo cuento del padre Bernardo, deduje que sólo el espíritu podría diezmar mi existencia ya que la cantidad de contactos carnales, incluso el que mantuve con Justine, sólo había provocado éxtasis efímeros y eyaculaciones pasajeras desvanecidas en un preservativo, en un trozo de papel higiénico o en las epidermis candorosas. Eran, deduje, sensaciones gozosas ajenas a cualquier ruptura cardiaca.

Las oposiciones tuvieron una sombra de ocio con una chica de provincias con la que salía y a la que tomaba en una pensión que había alquilado sin mayor intención que la de airear mis encierros. Entre artículo y artículo, entre Aranzadi y Ferreras, entre los momentos muertos y las avalanchas sexuales, la duda, inexpugnablemente cruel con sus víctimas, continuaba jugueteando pícaramente a modo de utopía y planteando aleatoriamente impertinentes interrogantes: ¿podría el amor entre una mujer común y un hombre común provocar la muerte natural? ¿Podría tanto amor bombear el corazón a tal presión cardiaca hasta el punto de engordar y romper las costillas, producir la consiguiente explosión de tan vital y simbólico órgano? La solución no llegó tampoco con la chica que mitigaba mis soledades de opositor ya que, ella me dejó una tarde otoño en la que, en un ramalazo de sinceridad etílica, le diseccioné cada una de mis teorías amorosas. Confirmé lo que ya sabía: mi secreto debía de permanecer sólo en mi conciencia.

Aprobé las oposiciones a profesor de Derecho Mercantil y logré asentarme en un piso alto y luminoso en el barrio de Chamberí. Mi vida se limitaba a salir aleatoriamente con mis amigos de los años `beat´ y con algunos compañeros de la Facultad. Ellos me hicieron notar mi supuesta desgracia por no tener novia. Superados los treinta, con un buen trabajo y un aspecto físico nada desdeñable, mi frivolidad y mi dejadez,  preocupaba a los que me rodeaban. Algunos me aseguraban que, en realidad, aquella falta de embobamiento era una forma de protegerme del posible dolor que se produce en las convivencias y andanzas amorosas con una misma persona o al quebrarse la unión entre las dos personas. Subrepticiamente y sin saberlo, me llamaban cobarde y mentiroso por engañarme con aquella infantil historia de las costillas y el corazón que ellos desconocían y que ni la suspicacia más aguda podría adivinar. Disfrazándome en esa historia no tenía que sufrir posibles decepciones ni engaños, ni agobios, ni preguntas a deshora. Supongo que todo el mundo recurre a la mentira como una forma de protegerse, pero ese, de veras, ese no era mi caso. Un tanto presionado, no por mis amigos sino por la inercia social, por la vida que ellos llevaban, tan diferente a la mía, comencé a salir con una chica de carita angelical, discretos movimientos y cuerpo plumeo y evanescente. Marta entró en mi vida con parsimonia y modestia, con largos paseos, extensas conversaciones y reuniones de hormiga lenta y trabajadora; sin aspavientos ni pasiones devoradoras, con tranquila decencia. He de confesar que me sedujeron sus maneras reposadas, su silencio tolerante y calmo, su ligereza presencia en todo lo que me rodeaba. Aquella falta de ritos impulsivos y alocados y su femenina prudencia, me convencieron para irme a vivir con ella, siempre claro está, admirándola y cuidándola como una amiga por la que uno se encariña, sin opciones al amor.

A decir verdad, no fue nada extraordinario. Nuestra relación no distaba mucho de la que mantenían alguno de mis amigos. Era, digamos, un cómodo billete de compañía para la vida venidera, un pacto que se firma entre dos países con intereses comunes sin ningún atisbo de anexión, al menos, por mi parte. Si tanta gente se “acostumbra”, en lugar de “amar”, yo podía ser el profeta elegido, el paradigma de tan usual engaño. Compramos un adosado en las afueras de Madrid e iniciamos una dulce y pacífica convivencia. Los fines de semana visitábamos a sus padres, salíamos con los amigos, al cine, a cenar, alguna barbacoa en la parcela del adosado y largas siestas de desidia y desconsuelo. Muchas veces nos recogíamos en un mismo sillón con una manta recia de cuadros escoceses protegiéndonos del frío y, buscando la intimidad calurosa, escuchábamos óperas interminables, Otelo, La Boheme, Butterfly, Tosca… Ella me explicaba con paciencia docente las óperas que escuchábamos paladeando cada escena y remarcando los movimientos más eclécticos que no me atrevía a comprender. Más de una noche me despertaba con desayunos frutales o con besos lentos e insospechados, besos posados en sitios insignificantes de mi cuerpo, la mejilla, un hombro, una oreja, o en lugares pudorosamente privados, como aquella mañana de domingo en que la cadencia delicada de sus besos se turbó sobre mi axila peluda y húmeda en la que ella encontró un lugar, un hueco para su particular placer. Dejaba situar con una chasquido leve toda la ternura que encerraban sus labios de algodón en aquel infecto lugar para reclamar una ternura impropia de la axila masculina, una dulzura que noqueó a cualquier pensamiento de rechazo acerca de tan insólita muestra de cariño, de entrega, de deseo global de todo mi cuerpo sin ninguna excusa. “Me gusta besarte cuando te duermes y descubrir los olores que llevas dentro”, me dijo con una sonrisa delicada. Ausente de pudor, colmada de sensualidad, siguió besándome debajo del brazo.

A media tarde solía prepararme un café con leche templada para que revisase los exámenes o los papeles perdidos en mi escritorio. Fueron cinco años de deleite y bálsamo sedoso, con la espada del recuerdo que me advertía la terrible posibilidad de romperme en el caso de tambalear hacia un enamoramiento duradero. Ella no echaba en falta los mimos, las palabras bellas, ella me tenía cerca y eso le bastaba, ella, pensaba, tampoco recurría al amor con religioso fervor. Yo, por mi parte, creía haber encontrado el punto perfecto para mantenerme en pié en la “vida verdadera”.

 A estas alturas lector, pensará que padecía una locura obsesiva, esquizoide y narcisista y que está leyendo las confesiones de un ser perverso, insensible y desgraciado, pero las circunstancias acontecidas aquella noche de lluvia intensa y trizada, le harán cambiar de opinión. Sin duda.

Era jueves, y los jueves solía salir tarde la Universidad. Encendí un cigarrillo, puse la radio del coche e inicié el habitual recorrido. La noche ya imponía su reinado de invierno y las luces de los neones resplandecían en Moncloa anunciando mi llegada a la ciudad desde la Universidad. En un movimiento inconsciente, fui a tirar la colilla por la ventana. El cigarrillo chocó contra el cristal provocando un encendido multitudinario de luces fogosas y mínimas. Apenas cinco segundos de nerviosismo, de intentos inútiles por apagar los rescoldos y perdí totalmente el control del coche que entró de lleno, acelerado, en un jardín de no se qué Casa do Brasil que no embestí gracias a un enorme árbol que me frenó con agresividad. No recuerdo más que un golpe violento.

Desperté con molestias en todo el cuerpo. Tenía una pierna envuelta en una gasa con motas de sangre, inmovilizada, elevada en una especie de bandeja que había en mi cama. Una mampara verde claro me separaba de un ir y venir de gente que deduje serían enfermeros, médicos y pacientes. Escuché voces vagas, sonidos lentos de queja, órdenes familiares y arrogantes. Traté de incorporarme pero varias jeringuillas de suero me lo impedían. Estaba desnudo y solo, cubierto con una sábana frágil debajo de la cual no me atreví a mirar. Principiaba ya a padecer cierto miedo infantil cuando un joven doctor, con cuidado peinado y gafas cuadradas se acercó escoltado de dos señoritas. “Descanse”, me dijo. Alguien me pinchó el brazo y volví a perder la conciencia.

Esta vez, la segunda, estaba en una sala más sofisticada, con aparatos grandes, como de ciencia ficción, y tumbado sobre una cama metálica y curva. Marta me sonreía con disimulada preocupación y mi tía, al fondo, de luto, lloraba con histeria rural. Nada más puedo recordar.

Luego fueron pequeños suspiros, voces mezcladas, frases sueltas que no comprendía ni hilaba bien, conversaciones incluso en inglés. Pero nada se me esclareció con precisión cuando desperté en una lujosa y diáfana habitación  con una pequeña televisión colocada encima de una mesa de metacrilato. La pierna estaba escallolada, elevada también, inmóvil. Esta vez, el silencio casi se mascaba. Entraron tres doctores con bata blanca y dos hombres de paisano, mayores, de unos cincuenta años. Me rodearon.

-Podrá salir dentro de tres días. Por mera precaución. La pierna la tiene relativamente bien, pero tendrá que llevar muletas por lo menos dos meses-. Miré mi pierna y estaba escallolada. Escudriñé más, buscando alguna fractura o un bombona de suero que me orientase sobre las lesiones que había sufrido. Nada, gracias a Dios. Me zozobré un poco al recordarme entre tanto aparato, y tanta parafernalia sólo por una rotura de pierna. Me consolé: ¡Cómo evoluciona la ciencia!

-¿Usted no se hacía habitualmente análisis internos?-, preguntó con suspicacia uno de los hombres de paisano.

-No, la salud, siempre la he tenido bien. Análisis de sangre de vez en cuando, visitas al dentista, ya se sabe, lo habitual.

-Lo habitual- repitió uno de los doctores dirigiéndose a sus colegas con un gesto de inconformismo, de duda siniestra y ávida. Nada parecía salirse de la norma aunque percibía un tufillo extraño. ¿Dónde estaba Marta? ¿Y mi tía? ¿Mis amigos? Tengo por costumbre esperar en silencio escéptico ante situaciones similares. Y así actué.

-Se han producido algunas variaciones en su organismo y hemos tenido que realizarle más de alguna revisión un tanto, digamos que…un tanto anormal.

-Bien. ¿Algún problema?- Se miraron entre sí como eludiendo una responsabilidad dificultosa.  Se respiró un silencio áspero e incómodo.

-Mañana le traemos las muletas para que vaya ejercitándose- Concluyó uno de los doctores de bata blanca, mientras dos de ellos salían por la puerta entre aspavientos y discutiendo en voz baja.

No tuve más visitas. Traté en esos dos días de localizar a Marta, a mi tía y a mis amigas. Con complejo de Joseph K., anuncié a la enfermera que me traía habitualmente la comida que esa misma noche, una antes de lo previsto, me marchaba. Nadie puso ninguna objeción. Me prestaron un chándal y unas zapatillas deportivas. Antes de salir uno de los doctores me advirtió: “No salga por la puerta principal, venga conmigo, le sacaré por urgencias”.

Llamé varias veces al timbre pero Marta seguía alimentando el misterio. Sin duda habría alguna excusa de peso. Las llaves estaban, como de costumbre, debajo del felpudo.  Abrí la puerta con cautela atisbando la posibilidad de alguna sorpresa de Marta. El salón estaba semivacío, descolocado. La luz natural apenas entraba por la ventana incrementando el ambiente de penumbra y sordidez que me encontré en casa. Estaba todo brutalmente desordenado. Faltaba el sillón en el que plácidamente Marta me daba sus lecciones de ópera y el aparato de música. Alguien había profano la estantería, la había castrado de algunos libros y de la gran mayoría de CDs. La mesa estaba patas arriba y las sillas distribuidas por toda la casa negligentemente. Parecía que unos ladrones vandálicos y caprichosos hubieran pasado allí una tarde y se hubieran llevado varios objetos y muebles aleatoriamente sin reparar en cuáles. En el suelo, además de CDs, libros abiertos y perdidos, encontré un periódico de hace varios días. Miré la fecha. Deduje que había pasado cerca de un mes desde que tuve el accidente. Un mes sin saber dónde me encontraba, entre cables, doctores, frías salas y despertares amnésicos e incómodos. Mi sofoco aumentó cuando recogí otra hoja de periódico. Leí el titular. Tragué saliva, me froté los ojos y respiré hondo como queriendo despertarme de un mal sueño al leer las palabras que se vertían en aquel periódico de letras grises y tristes. Volví a leer el titular. Agarré el periódico y me acerqué a la ventana con la intención de buscar algo de luz que confirmara que lo que estaba leyendo era cierto. Abrí la persiana y saludé a la mañana con falsa paciencia. Hacía sol, un buen día para pasear. Agité el periódico entre mis manos y, sin renunciar a la evidencia,  volví a mirar las letras grises del periódico. Esta vez lo hice sin alarmismo, con pereza dominical. Trataba de engañarme pero estaban allí. Parecía una broma pesada, pero, sí, allí estaban, colocadas en perfecto orden tipográfico: “El hombre sin corazón es dado de alta. Los médicos no encuentran una respuesta científica para el pobre monstruo desgraciado”.  Pobre monstruo desgraciado, me repetí sucesivamente, embrujado, hipnotizado, sin reparar en aquellas palabras acusadoras. Me senté frente a la ventana y volví a repetir la revelación periodística que habían ideado para definirme. Hice el amago para buscar un teléfono, pero desistí. Mi respiración fue en aumento y sentí un deseo irrefrenable de abrazar a Marta, de escuchar el final de Madame Butterfly y de tomarme un café con leche templada, de dejarme llevar por el peso lento de la rutina, por los momentos relajantes, la tristura, la fealdad, el entusiasmo pausado de su compañía aparentemente aséptica, de nuestra plácida convivencia. Fijé mis ojos en la plaza, en los niños que correteaban con alegría primaveral y que poco se distanciaban de los que tanto anhelaba Marta tener. Percibí un leve y extraño tamborileo que emanaba de mi pecho, un zumbido rítmico, dos golpes, una pausa, dos golpes y así mecánicamente, con la precisión de un reloj. El sabor salobre de unas lágrimas furtivas humedecieron mis labios. Los niños de la plaza pegaban patadas a un balón con voluntariosa energía. El día, soleado, plegaba ya hacia una luz ansiosa de noche de verano. Permanecí sentado varios horas, varios días, tratando de acostumbrarme a la musicalidad repetitiva de mi recién nacido corazón.

 

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