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EL SECRETO DE LOS COLORES

EL SECRETO DE LOS COLORES

La muchacha dorada

se bañaba en el agua

y el agua se doraba.

Federico García Lorca (“Diván del Tamarit”)

A mi me hubiera gustado tener los ojos verdes que tenía mi madre. Unos ojos enormes, unos ojos de aceituna redonda moteados por unos caprichosos puntos negros que le daban un tono más oscuro, más misterioso. Aunque el verdadero misterio de los ojos de mi madre era que nunca sabías si tenía los ojos verdes azulados, azules verdosos o, bueno, de muchos azules y verdes diferentes. Los ojos de mi madre, para entendernos, eran como el mar, cambiaban según cual fuera el reflejo de las cosas que miraba, que tocaba o que sentía. A mi me miraba en verde claro, en verde limpio, atento y preocupado, en azul profundo y desinteresado, como el amor de una madre. En el pueblo, a mamá no la solían mirar muy bien. Yo no tenía papá y eso era todo un cubil de cotilleos y chafardeos intolerantes contra la persona que me engendró y que, objetivamente, desplazaba tras de si las tonalidades más variadas. Y es que mamá era muy guapa y su beldad emergía colores alegres, vivos y entusiastas, apenas rancios, por mucho que las palabras ajenas lo procurasen o, incluso, se atreviesen a murmurarlos. Ella era muy guapa, ya dije, y siempre llevaba las blusas anchas y sueltas para disimular las enormes tetas que tenía. Sus pezones eran rosados, gordos y con la punta rozando un rojo apetitoso.

Un día vi sus pezones cuando entré en su habitación. No llevaba sujetador y se me quedó mirando en verde atento esperando alguna reacción mía. Cuando notó que estaba diseccionando los sentimientos exactos del color de sus pezones, me miró en verde preocupado y se tapó sus inmaculadas tetas. Me dio un pescozón y me marché fingiendo un enfado. Sin embargo volví a mi habitación satisfecho al conocer la verdadera personalidad de lo que tanto escondía. El rosa que bordeada su pezón era dulce, casi de miel podría deciros, era un rosa angelical, tierno, maternal, sincero. Según avanzaba la piel para tomar la punta del pezón, todo aquel jardín minúsculo rodaba hacia la lujuria anaranjada. Me impresionó aquello y me quedé, mientras me dormía, mirando con los ojos cerrados la tenue luz de la oscuridad nocturna del estío.

Me desperté como un día cualquiera, atrapado por la pereza y la responsabilidad inevitable de ir al colegio. Era un suave marrón, casi caqui, el que me acompañaba en los días monótonos de invierno. Sin embargo aquél día sería de un cárdeno especial, un recuerdo que se postraría en mi interior eternamente como la apreciación continua de los días venideros. Me metí en el cuarto de baño pero el frío pálido me aconsejo fingir una ducha. Dejé correr el agua y me lavé con maña la cara, las axilas y la entrepierna y me mojé el pelo.

La novedad me asaltó aquel día con imprudencia. Saludé a mis amigos en añil apagado, con la dejadez que obliga la somnolencia a las nueve de la mañana. La primera clase fue la del cobrizo griego, oxidado no por su enseñanza, sino por el anacronismo tono que siempre acompañaba a Don Pío, el maestro -su jersey de color negro, el pantalón de un gris intermedio, gastado y romo; la camisa blanca huesuda y su rostro, al igual que su pelo, canoso y distraído- y la probidad melancólica del que enseña una lengua amortajada. Su lóbrego aliento se expandió por toda la clase emplomando el ambiente de ese cobre oxidado antes de pronunciar las primera palabras. Todo cambió cuando anunció la llegada de una nueva chica a la escuela: Aldonza Campello, de pelo lacio y oscuro chillón, mirada tibia y dudosa, saliente de entre sus párpados, un conjuro al deseo transportado a mi memoria por el inevitable rojo apasionado. Camino, Campello, Campos, Canut…, la colocación azarosa -o no- de las letras del abecedario hizo que permaneciese cerca de mi toda la frugalidad de su presencia hasta que mamá viniese a recogerme. Desde la mañana hasta la tarde disfrutaba de la ensalada de colores más plástica y variada que nunca hasta entonces había apreciado. Nunca más volví a curiosear en otros tonos escondidos y bellos y, por supuesto, aunque siempre quise alcanzar el color de los ojos de mamá, nunca, nunca, mientras la presencia de Aldonza se hizo diaria, me interesó indagar en los pezones rosados de mi madre.

Aldonza compartía conmigo el bocadillo alegre y tricolor (amarillo, verde y rojo o rojo verde y amarillo, dependiendo del día), jugábamos al `dao´ y matábamos avispas chillonas en el jardín prohibido. En poco tiempo, el desorden del invierno se tornó en el caos primaveral y el rojo carmín que tanto nos unió se concretó en una declaración de amor primerizo: “¿Puedo ser tu novia?”. Me respondió con un si vainilla, cuidado, casi insonoro. Y entonces la besé y fue mi novia. Durante un mes sólo había colores que lindasen con el refulgente gozo inocente del amor infantil y poco a poco, con la lentitud constante de un amor perpetuo, me fue descubriendo el secreto de los colores.

Otro día desperté como solía hacer de un tiempo a esta parte, anhelando visionar la combinación de azules, rojos y amarillos que Aldonza me ofrecía. El simulacro de gris plomizo, alejado de mi cabeza mientras me duchaba tranquilamente en el cuarto de baño, era algo tan insospechado como una nevada en el estío radiante. Pero llegó el mentiroso y la verdad me dolió más que un negro rechazo, que una tenue derrota . No apareció en la primera hora que, al igual que el primer día, era de griego cobrizo. Al terminar, me acerqué a Don Pío con una zozobra delirante, rayana en el fuxia más chirriante y antipático.

– Se ha marchado a otro pueblo, sus padres levantaron el circo.

– Quiere decir, Don Pío, que ya no la volveremos a ver más.

– Posiblemente, el próximo invierno,- me dijo.  Luego me acarició la cabeza con la tristura del que conoce la pena infantil y se deja seducir por ella. Se apagaron los verdes, rojos y amarillos en lágrimas vacías y cristalinas, en mucosidades verdosas y marrones, en dolores punzantes y rabiosos que ni el negro más alquitranado podría definir. No entendí por qué ni siquiera se despidió de mi. Quizá no la dieron tiempo a hacerlo o quizá quiso guardar para si el secreto de los colores que emitía con naturalidad infantil.

Mamá me esperó como siempre a la salida del colegio. Creo que percibió en mi la tristura y dejadez que fue aumentando según caminábamos hacia casa y que fue ahogándome hasta marcharme a la cama. Nada pudo consolarla, ni su mirada que ahora me parecía incolora y abandonada, ni su risa alegre y festivalera, ni su voz sonora y musical:

Si se ha caído que la levanten/

dinero tienen los estudiantes/

los estudiantes no tienen nada/

sólo tres cuartos para ensalada.

Me dormí en negro lóbrego y deprimente entregándome al sueño para perder y olvidar la certeza de los colores que me acompañaron mientras Aldonza se apellidaba Campello.

Los tonos diarios fueron tornándose según llegaba la primavera. Mamá, que parecía tener en la retina la mágica virtud de conocer mis estados de ánimo antes de que yo pudiera padecerlos, me ahorró muchos días de oscura existencia. Me animaba con dulces y rosquillas, con canciones deliciosamente nostálgicas que predecían la llegada de la primavera. Era mi estación favorita y llegue, anímicamente, en plenitud de condiciones. Un día cualquiera, tras uno de los sueños más tenebrosos que nunca he tenido, amanecí con una fiebre ardiente. Lo que más lamentaba de aquellas enfermedades no era el hecho de la enfermedad en si, sino que, debía pasarlas en casa de mi tía Eulalia. No iba al colegio, ése era el lado bueno, pero tenía que dormir lejos del color distante de mi madre, de sus variables ojos, sus rosados pezones, sus caricias maternales y cálidas. Y allí fui, a casa de mi tía. Y cómo no, pasé uno de los días más aburridamente marengos. Mama vino a la hora de comer y me acarició la cabeza.

– Cómo está mi pequeño-,  me dijo con esa voz rasgada y dulce. Me miró con los ojos de azul tenue, cariñoso lapislázuli, prendido en un temor que sería superado.

– Mi pequeño- añadió dejando extender un silencio posesivo -no te preocupes, la primavera, a veces, tiene estas cosas-. Fue a besarme y entre el amplio escote, atisbé la curvatura de sus senos, la muerte oronda de las mismas en unos pezones rosados y adorados. Aquella noche volví a dormí envenenado por los colores que emitía mi madre, necesitándolos como antaño, lejanos en los días de fiebre, olvidando ya, el secreto efímero que, gradualmente, me había mostrado Aldonza en los días de colegio.

Al poco tiempo tuve una pesadilla horrible. Me sorprendió un pensamiento desagradablemente fútil. Un enano, estreñido, sentado sobre la taza de un bater sucio, difuminaba sus pedos en un rosa evanescente, un rosa cálido muy parecido a las tetas de mamá, un pedo llano y honrado, sonoro y robusto que hurtaba con elegancia el pálido tono de sus senos. Aturdido, alertado, sentí la opresión de los celos verdosos, la inquietud furiosa de volverla a ver, la duda insistentemente machacona de perder sus colores. Reparé entonces en que los colores de los pezones de mamá tenían el mismo tono tibio y rosado que los que emitía el enano. ¿Podría habérselos robado? Pedos de rosa tan cálido son sólo asequibles para quien conozca ambas tonalidades, y yo, aun fuera en sueños una, las conocía. Decidido y aturdido por el interrogante, fui a ver si el enano de compungido y luchador esfuerzo, no había robado los colores seniles de mi madre. Me levanté de la cama entre sudores grises, inocuos, sudores inofensivamente vulgares y agobiantes, y tomé la dirección de mi casa. Salí sin dificultad de la casa de mi tía y casi hipnotizado emprendí camino a mi casa para cerciorarme de la posible realidad de aquél sueño espantoso. Salté por la ventana de mi cuarto y me pareció ver a Maca, una amiga de mamá, agarrada a un cuerpo que emitía ronquidos ranciamente rocosos. No me preocupé por la profanación de mi cama; me obsesionaba sólo descubrir a dónde habían ido a parar los colores de los pezones de mamá, verificar si el enano del sueño los había hurtado o simplemente se habían perdido en mi conciencia. Abrí la puerta del cuarto de mamá sin apenas percibir las fluorescentes embestidas que un señor de barba histérica acometía sin pudor sobre ella. Me tumbé en la cama a fin de encontrar un calor amarillo claro que me permitiese dormir. Consciente de la protección malva que mi progenitora ejercía sobre mi cada vez que tenía pesadillas, busqué entre mis ojos un verde pálido casi evanescente, mi favorito para dormirme. El vaivén del colchón me ayudó a relajarme y a quedarme traspuesto. Dormí momentáneamente hasta despertarme en un blanco y negro duro y depresivo, una melancólica áspera con tintes siniestros, una mala leche habitual en los retornos diurnos. Mi madre, con los ojos abiertos de azul radiante como una noche de plenilunio, gesticulaba casi violentamente emitiendo irisaciones claras provocadas por las trasparencias de sus lágrimas. El señor de barba descuidada e insensible, de color marrón templado, seguía empujando impunemente la entrepierna de mamá con fiereza. De repente, frenó en seco. El miedo infantil blanquinegro, lúgubre, sustituyó a un blanco luminoso, lleno de vida, un claro centelleante acompañado de violeta animal,  agresivo rojo, un gemido prolongado y bello, alterado por respiraciones vitales. Permanecieron abrazados en tensa cordialidad hasta que el hombre de barba ranciamente caqui chupó con consolado cansancio los pezones de mamá. Ella no abrió los ojos. Tembló y un arco iris salió de entre sus piernas mientras palpitaba agónicos retazos guturales. Gocé, masqué, me regocijé plácidamente en cada estigma coloreado que emergía de mamá. Después de aquella catarata de colores nadie se movió durante un tiempo. Al rato, con cálida parsimonia, ella volvió a descubrir su vista  azul verdosa.

Pasó un tiempo hasta que mamá me miró agotada, rendida ante la guerra de colores: en sus ojos dibujó un cielo que enseñaba la misma satisfacción que yo encontré al comprobar que el enano del sueño no había robado el color rosado de sus tetas y que aquellos ojos, delicados, amados y tiernos, seguían sonriéndome con el mismo desinterés y la misma claridad que siempre;  aquellos ojos seguían reservándome, con un amor específico y único, seguían guardándome el secreto de todos los colores.

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