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Maldito sueño de Navidad

   Mi amigo Luis siempre ha odiado la Navidad. La ha odiado como se odia algo profundamente: en silencio. Para él, esas fechas de ilusiones y bondad establecida, eran días de mentira, de un fingimiento prolongado que ejercía con intrínseca naturalidad. Mi amigo Luis, cuando era niño, en Navidad, sólo tenía sufrimiento, imposturas y estrategias. El pequeño Luis escribía una carta a los Reyes Magos en la que pedía regalos que repudiaba y que rechazaba, supuestos deseos que le hacían reconocerse como un condenado, un monstruo que debía ser destruido sin misericordia, un apestado que arrastraba su metástasis sentimental. En aquel lodazal de cinismo, sólo le gustaba ver la cara de sus padres emocionados aquellas mañanas del seis de enero. Siguiendo el guión que él había decidido escribir e interpretar, rompía con dramatizada patosería los papeles de envolver los regalos que sus majestades le habían concedido: un balón o una pistola.  Todos los años sus farsantes presentes eran concedidos y todos los años los Reyes Magos y sus padres eran engañados. Él ponía cara de alegría, gritaba, saltaba y aparentaba gozar. Era el teatro que, este sí, al menos, le daba cierta satisfacción: el de ver los rostros de felicidad de sus seres queridos.

   Pero aquello duraba unos pocos minutos. Todo se diluía al saber que nunca se cumpliría el maldito sueño de Navidad: los regalos que él realmente deseaba.

  Pero esta Navidad, mi amigo Luis tiene un brillo de esperanza. Algo ha cambiado en su perspectiva de esa época de sueños e ilusiones, de imposturas y torturas ocultas. Ya no la odia; tampoco la ama. Digamos que la espía con cauteloso optimismo. Desde que ha sido padre, ha empezado a pensar en eso de las entrañables fechas familiares y, sobre todo, en lo de la carta a los Reyes Magos. Su hijo Nicolás apenas tiene un año, pero quizá él, va a tener unas fiestas que no serán como las suyas. Y eso le ha animado a poner en casa algo de espumillón y hasta un pequeño Belén. Con sus tres Reyes Magos. Espera que su hijo Nicolás no tendrá que diseñar estrategias ni –por eso luchará- que esconder sufrimientos ocultos en días de deseos y bondades. Nicolás, como casi todos los niños, puede que tenga  ilusiones en Navidad: cuando sea más mayor podrá pedir en su carta los regalos que quiera: un balón o una pistola. O una muñeca o una diadema. A mi amigo Luis se le ha ido un poco la olla, porque incluso me dice que le ha dicho a Javier, a su marido, que éste año podrían ir a la Misa del Gallo. Javier no le entiende muy bien. Le sorprende que Luis, que siempre había echado fuego por la boca al pasar por cualquiera de sus iglesias, ahora le venga con esas. Incluso Luis le ha propuesto que por qué no pedirle a ese Dios que le atormentaba de culpa y que tanto le ha quemado en sus infiernos, que abra las grietas de sus maravillosas catedrales para que entre el aire sentimental que el niño Luis respiraba en silencio. Su marido Javier le llama iluso y hasta se ríe, pero mi amigo Luis dice que tiene la ilusión de que, a lo mejor, en un futuro puedan ser una familia de esas que ponen el Belén sin resentimiento ni prudencia y que van a misa con su hijo. Incluso mi amigo Luis ha escrito una carta a los Reyes Magos con los regalos que realmente quiere: que nadie, ni amigos del colegio, ni feligreses de la parroquia del barrio, ni sus propios padres, condenen a su familia al averno de los infectados: que sus verdaderos deseos dejen de ser el maldito sueño de Navidad.

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