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Los secretos del Thyssen

Al entrar en un museo ponemos la mirada en guardia. Instintivamente, con la inquietud de un niño voraz en una pastelería, buscamos, anhelamos y deseamos ver la belleza y la sorpresa, que se produzca ese dulce goce de encontrar el disfrute. Pero en esos cuadros que observamos, en los rostros y en los paisajes pintados y hasta en el artista que los eterniza, se esconden historias que pueden hacer que nuestros ojos se proyecten con una mirada distinta, más oblicua y jugosa, con matices más allá de los colores y los trazados que en un principio capta la retina ansiosa. 

El reto que les planteo es conocer cómo, por ejemplo, en un retrato del siglo XVI, podemos averiguar los orígenes de Lady Di,  descubrir a aquel espadachín pendenciero que como un torero testicular fue asesinado por Caravaggio, saber por qué el maniático y ególatra Andy Warhol fue expulsado a gritos de una mansión de Suiza o, claro, lo de siempre, sexo, mucho sexo. Miles de historias reales pueden nacer en un aparentemente sencillo cuadro del Renacimiento en los pasillos de esta colección. Hasta un lujoso y veloz Bugatti de los años 50 se cuela en este museo. Si tienen dudas, acepten mi apuesta y abróchense el cinturón. Vienen divertidas curvas en las maravillosas colinas del arte y de la historia: pisamos el acelerador del tiempo, pisamos otro Thyssen.

Enrique VIII, Lady Di y un Bugatti

En la segunda planta, un pequeño cuadro de Holbein el joven, nos resucita al rey más tiránico de Gran Bretaña. Enrique VIII se muestra generoso y con pincel cuidado y delicado, casi como una obra de orfebrería. Su dueño era ni más ni menos que Lord Spencer, abuelo de la princesa Lady Di. Era, además, una de las joyas nacionales del país británico y contaba con la protección estatal y el entorno artístico del imperio. Este cuadro le entró por los ojos a Heinrich Thyssen. Comenzó a realizar distintas ofertas a Lord Spencer que, con cierta displicencia, fueron contestadas de esta forma: “Ni una suscripción popular podría reunir el dinero que vale este cuadro”. Mientras, el rey absolutista descansaba en la National Gallery de Londres con orgullo patrio. 
 Fue un verano de 1934 que presuponemos de especial canícula -fiel colaborador de las alucinaciones y pérdidas de sensatez- en el que las casualidades se unieron para que este cuadro pueda ser visto hoy en el museo del Paseo de Recoletos. Ese verano, Lord Spencer, amante del arte pictórico pero también de la velocidad y de la automoción, se encaprichó de un Bugatti descapotable, último grito del lujo y las elitistas carreras de la época. Tras varias ofertas rechazadas, Heinrich Thyssen vio recompensada su persistencia cuando Lord Spencer decidió cambiar la joya británica por la italiana, por el flamante Bugatti. Jugó a favor de la venta que el director de la National se acababa de jubilar unos días antes. Su sustituto, puede que también se hubiese aletargado con el calor: no hizo nada por evitar la salida de Gran Bretaña de todo un símbolo para el país. No sabemos si Lord Spencer tenía demasiada prisa por correr en su nuevo coche, porque en apenas diez días vendió el cuadro por un precio casi irrisorio para el valor de aquel “Enrique VIII”: sesenta mil libras. Quizá por pudor o por vergüenza, los Spencer nunca han confirmado esta historia. Es más, el hijo de Lord Spencer, al ser preguntado si su padre se desprendió de semejante obra maestra para comprar el Bugatti, contestó con humor e ironía británica: “Mi padre vendió el Enrique VIII para pagar mi educación. Pero, como ven, no mereció la pena”. Esperemos que sí mereciesen la pena sus carreras en descapotable.  Lo que sí lo merece es ver este lujo británico en Madrid. 

El asesino  más genial  y la prostituta más santa


Fue un asesino armado que frecuentaba los ambientes más pendencieros y los prostíbulos más bajos de la Roma barroca. Queda la duda si además de mujeres disfrutaba de los jóvenes de las zonas lumpen como algunos sostienen. Pero por encima de todo eso, fue uno de los mayores genios de la pintura. “Il Caravaggio”, el precursor y maestro del “claroscuro”, era el protegido del Cardenal Francesco María del Monte, que le encargaba frecuente -y curiosamente- cuadros de angelicales niños. Uno de sus últimos encargos al maestro se puede contemplar recién restaurado en este museo: “Santa Catalina”. Un cuadro de pureza algo mundana para la época que esconde una turbia historia. La modelo elegida por el pintor para representar la santificación cristiana es, desde luego, un motivo más para dudar de la moral cristiana de “Il Caravaggio” o bien encomiar su mofa. La modelo es Fillide Melandroni, una prostituta que no nos debe pasar desapercibida. De ella, pudo enamorarse el pintor y a buen seguro que lo hizo Ramucco Tomassoni, un burgués que se ennovió de nuestra Fillide, de nuestra “santa prostituta”. Embaucados por su amor, ambos -burgués y pintor- se batieron en duelo. Caravaggio, hábil espadachín, no quiso matarle, sino hacerle un corte en los testículos. Apuntó mal y le cortó la vena femoral, por la que tantos toreros han fallecido desangrados tras el embiste del toro. Ramucco falleció y Fillide vino al Thyssen en 1934 a seguir dando vida a “Santa Catalina” tras otra compra “ganga” de Heinrich Thyssen: tres mil libras esterlinas de la época. “Il Caravaggio” huyó de Roma y dejó de pintar efebos con tintes homosexuales para cardenales. A partir de entonces comenzó a parir su obra más retorcida y genial que ya podemos intuir en nuestra “santa prostituta”: el tenebrismo. 

El crack del 29, aliado del arte


La colección de este museo no nace sin embargo en el barroco o en el renacimiento. Su origen es contemporáneo a la de su creador. August Thyssen queda prendado de las obras del popular escultor Auguste Rodin cuando acude a la exposición de París de 1900. Llegará a encargarle varias obras. De allí seguirá con una fiebre que heredará su hijo Heinrich y posteriormente Heini. Si han reparado en los años de compra de las dos obras maestras antes citadas, tanto “Santa Catalina” como “Enrique VIII” fueron adquiridas en 1934. Y ambas obras maestras fueron una “ganga”. Y es en esos años, en los que se puede decir que más avanzó -en cuanto a adquisiciones se refiere- la colección de la familia Thyssen. Todo porque encontró un aliado que muchos conocemos: la crisis. 
Después del crack del 29 grandes fortunas necesitaron “cash” para sobreponerse ante las pérdidas generalizadas. La “Santa Catalina” fue adquirida a la familia Barrerini, acuciada por las deudas, pero hay otro cuadro, muy simbólico dentro del Museo que también fue consecuencia de la caída bursátil de Wall Street. Se trata de “Retrato de Giovanna Tornabuoni” del pintor renacentista Domenico Ghirlandaio. Cuando entregue su mirada curiosa sobre ella acuérdese de JP Morgan, un banquero cuyo nombre todavía aparece hoy en los periódicos económicos de todo el mundo. Fue adquirido por Heinrich por medio millón de dólares. Otras joyas también procedieron de banqueros arruinados como Otto Khan al que compró dos maravillas de la historia de la pintura como “Grupo familiar ante el paisaje” de Frans Hals o “Retrato de caballero” de  Vittore Carpaccio. 
Pero no todo fueron compras de arte barroco y renacentista. El arte moderno sedujo al hijo de Heinrich, a Heini Thyssen. Lo podemos ver en el museo. Compró mucho expresionismo, arte abstracto y pop-art. Pero ni una tímida reproducción del rey de ese movimiento, de Warhol, nada.

Orgías de pop-art, pero sin Warhol


El origen del por qué Warhol es un ausente intencionado en este museo lo podemos encontrar en Nueva York, donde Heini ya había trasladado prácticamente su residencia atraído por los buenos negocios americanos. En la década de los setenta, Heini se convierte en un asiduo a las subastas. Se fija sobre todo en adquirir arte surrealista y realista de entreguerras. Finalmente busca en el pop-art y entabla amistad con el galerista Andrew Crispo. Este volátil homosexual, adicto las orgías gay-sadomasoquistas, asesora a Heini y hace más rico el museo del que hablamos: de aquella época son los Hopper, Rauschenberg o el maravilloso  Lichtenstein que pueden encontrar en última sala de la planta baja. Heini Thyssen es ya un comprador compulsivo de pop-art, pero falta Warhol. No le es difícil entrar en contacto con el artista y ambos quedan fascinados. Surge la idea de la que podría ser la gran guinda de la colección pop del Museo y de lo que podría haber sido una de las obras cumbre del pop-art: un  retrato doble a modo de monarcas a Heini y a su entonces esposa. Los reyes del coleccionismo bajo la mirada del rey del pop-art. Viajan a la mansión que los barones tienen en Lugano, Suiza. Warhol inicia los primeros bocetos de la obra como él solía hacer: fotografiándoles con su inseparable Polaroid. La gran obra estaba en marcha hasta que una noche todo se viene abajo. Y de qué manera. Según un testigo impecable, Simon de Pury, conservador jefe de la colección en la época, Heini se da cuenta que algo pasa en la entrepierna del artista. Mira una y otra vez hasta que le puede la curiosidad y le pregunta que qué tiene escondido entre sus pantalones. Warhol le muestra una grabadora. Heini desconocía el ego descomunal del artista de documentar todo, absolutamente todo, lo que le sucedía en vida. Pero Heini solo entendía de las excentricidades que no le comprometiesen. Según De Pury, nunca vio a Heini tan enfadado y agresivo, gritando al artista que fue obligado a abandonar la mansión entre insultos germanos. Queda en nada la que podría haber sido la gran obra del pop-art y el colofón de este reportaje. Pero no todo puede ser. Bueno, en el Thyssen, casi todo. Depende de su mirada.

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