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Un poco de todo

Un pequeño apunte: esta novela la terminé de escribir con 27 años. Nunca fue publicada.Muestro unos capítulos de la misma por si empieza a interesar a algún editor.

UN POCO DE TODO

@juannovocuadrupani

La ciudad es como una máquina monumental inventada para perder el tiempo, para devorar ilusiones. Después la búsqueda, la exploración, puede acelerarse de un modo siniestro, puede volverse angustiosa hasta hacernos sudar, una carrera sobre vallas de Benzedrina y Nembutal. ¿Dónde está lo que estamos buscando? Y, por cierto, ¿qué estás buscando?

Los perros ladran, Truman Capote

1.-

Quizá Ismael no guarde en su memoria aquel desayuno tardío en el que sin dirigirnos una sola palabra quedó sellada nuestra amistad. Una amistad más allá de esas efímeras uniones, de esos compromisos sin normas y limitaciones que quedan destruidas por la apatía, el tedio o la distancia. La nuestra fue una amistad que, como él me dijo, estaba por encima de las coincidencias en nuestros gustos y de los ratos divertidos, una amistad basada en la tolerancia, en aceptar el carácter, las debilidades, y hasta las infidelidades del otro. Una amistad de juventud que hoy ya no se prolonga por una sola causa: no por varias circunstancias o por la interferencia de personas ajenas; no por un poco de todo, sino por un único motivo.

Quizá Ismael no pueda concretar la mañana en la que llegamos al Vips después aquella primera noche y nos sentamos al lado de dos ejecutivos escrupulosamente peinados que parecían dos modelos de la sección de moda de cualquier revista dominical. Con un pausado y delicado movimiento sujetaban el café sin hacer ningún gesto que vertiese el líquido. Nosotros, mordisqueábamos la hamburguesa a zarpazos riéndonos bruscamente de aquellas estatuas perfectas con corbatas de Loewe y Hermès, gomina, trajes a medida y miradas excluyentes y arrogantes con las que parecían reconocerse, una actitud altanera y hasta soberbia de la que parecían sentirse orgullosos, como si mantener la distancia con venial desprecio fuese signo de elegancia y superioridad -o incluso de buena educación- y no de imbecilidad. Mantenían conversaciones insípidas y comprometidas a una responsabilidad vinculada labrada ya en el pasado, en las tarimas de las aulas del colegio de pago, en las comidas familiares en donde el cabeza de familia instruía a los suyos con suma claridad y distinción como si fueran sus privilegiados discípulos que escuchan la doctrina de un sabio maestro, moldeando a sus príncipes a su imagen y semejanza actual, transmitiéndoles sus gestos, sus peculiares vocablos, sus ideas, intentando que todo quede establecido y delineado a la perfección para enfrentarse a una lucha también estricta y limitada, pero diferente a la suya.

Reíamos ante eso, ante lo que no queríamos vivir, ante cualquier cosa que surgiese y que por muy normal que aparentase ser para otras miradas nos hacía reír sin encontrar una explicación concreta. Nuestras bocas se abrían ampliamente para enseñar el picadillo de carne, lechuga, tomate, queso y cebolla, envueltos en una bola difusa y desagradable que se reafirmaba con el kepchup, la mostaza y el pan de molde picado de sésamo. Soportábamos sus miradas y los pensamientos vacilantes que de pronto aparecían aleatoriamente en nuestras mentes y que hacían aumentar la duda sobre lo que habíamos hecho y sobre lo que estábamos haciendo, pensamientos que desaparecían con la misma arbitrariedad y rapidez que aparecían, por la mera libertad que vivíamos, por la lógica egoísta, por el insolente capricho adolescente y por la permisividad que teníamos para con nosotros mismos y que nos conducía, momentos después, una vez calmada la marea, a un estado de superioridad segura y majestuosa, un estado de arrogancia establecida por todo lo ocurrido anteriormente, por habernos situado en lo más alto de la noche, de todas las discotecas y de todas las chicas que por ahí merodeaban, por haberlo pasado bien durante tanto tiempo, como si nadie antes lo hubiese pasado así ni se hubiese sentido tan bien, tan seguro, como si hubiéramos sido los primeros, sin necesitar nada ni nadie, sólo la complicidad que teníamos entre nosotros, el alcohol y las drogas. Protegidos ante cualquier cosa, invulnerables.

Sin duda Ismael había probado muchas veces el sabor de aquel desayuno, había mezclado esa visión salvaje e inconsciente de reír y disfrutar de nada y de todo, había vestido esa coraza inexpugnable que te da el billete para creerte capaz de dominar cualquier situación, cualquier viento impredecible. Traté de asimilar cada minuto de aquella noche desde el principio, desde el origen más certero. Intentaba coserlo con la aguja lenta que tiene un sentimiento nuevo, bordado de manera imprecisa por el hilo frágil y quebradizo de la memoria, con ganas de volverlo a repetir una y otra vez y sin querer que finalice por miedo a encontrarme solo, real: con el temor omnipresente de no volver a sentirlo nunca más como aquella vez lo sentí.

Al dejarme en casa se despidió de mí de una manera muy seca. Ni siquiera levantó las cejas en señal de despedida. Su cara se convirtió en la de un tipo duro, opaco y siniestro parido en una novela negra: “Nos vemos”, me dijo. No supe si aquello fue porque así eran siempre sus despedidas o porque no había más que contar, porque no había hecho más que añadir un dígito en una calculadora que suma y suma sin dar resultado: una diversión más, un tipo más. El caso es que me sentí comparsa de una historia falseada, utilizado por alguien que había vivido muchas noches como esa, desayunos de mediodía que cierran la aventura al borde del precipicio y que necesitan una marioneta para representar en escena, un número para seguir sumando. Por eso me encontré con cierto estado de frustración: lo único que no quería ser era un dígito dentro del enigma, dentro de la ecuación. Ismael, presentía, me podía acercar al resultado del supuesto problema matemático.

Comencé a andar hacia el portal de mi casa contando las baldosas según las iba pisando: uno, dos, tres, con el cansancio ya venciéndome, incordiado por un estado de ansiedad y pesimismo y con una taquicardia incontrolada que todavía desconocía, pero que acabarían siéndome más que familiares. Mientras, perdido en la distancia, oía el ruido de su moto, el sonido de las bocinas y  los motores de los coches que ronroneaban en una ciudad llena de símbolos y gráficos.

Aquella noche inicié un salto al vacío incontrolado y visceral que sólo el destino y la distancia pudieron frenar. Sé que había ocurrido, que existió, que fue verdad como todas las noches y los días que transcurrieron aquellos años, si bien el aliento pernicioso del recuerdo y esa imprecisión temporal y vaga a la que te transportan las drogas, no logren fermentar las secuencias con precisión y queden sólo desvanecidas imágenes y escenas sin un tiempo ordenado y concreto. Una sola noche explica todas las noches. Son muchas crónicas desordenadas en una ciudad caótica, multitud de diversiones y de juegos que todavía no digiero bien que nos pudiesen alejar de las realidades tan certeras y crueles, de las dolientes consecuencias  que hoy todavía duran y que durarán para siempre en mi mente como los miedos de la infancia o la muerte de un ser querido.

– Hoy tengo ronda. Tengo que pasar algunas papelinas y cargar a algún camellito, pero nada arriesgado. Nos lo pasaremos bien-, me dijo.

Fuimos a un bar en el que un amigo de Ismael trabajaba de camarero. Era uno de esos garitos llenos de niños medio monos con camisas nuevas, planchadas con precisión provinciana y agrícola, un garito plegado a Santiago Auserón que distribuía sus versos pretenciosos y malévolos. Aquellos muchachos, de un origen diferente al mío, bailaban y jugueteaban con sus copas y sus cigarrillos tarareando canciones que se habían empollado a conciencia con la obstinación del exhibicionista adolescente. Se sonrojaban tímidamente cuando un contrapié de cualquier canción les cambiaba el compás de sus labios huyendo a una estrofa diferente a la que ellos cantaban, sintiéndose así presa de un ridículo temporal al ser sorprendidos por una mirada. Hablaban alto y sus movimientos eran bruscos y espontáneos. Ellas se contoneaban enseñándose discretamente, conscientes de ser observadas mientras bailaban con el ombligo al descubierto o con la minifalda que todavía el verano declinante les permitía lucir. Olía a luz artificial, a humo de perfumes, a pote, a rímel y a sombra de ojos; olía a todos los potingues que cubrían los verdaderos olores, los del taxista, los del carnicero o los del albañil que les esperaba en casa.

Pasó unas cuantas papelinas de perico y algunas pastillas que llevaba escondidas sin el menor pudor en uno de los bolsillos interiores de su chaqueta vaquera. Para el dinero llevaba una funda de plástico donde depositaba la colecta nocturna. En una noche podía volver con medio millón de pesetas a casa. Se situaba en la parte de la barra más cercana a la puerta, saludaba al camarero y pedía una copa. Ni siquiera le hacía falta ofrecerse. Poco a poco se iban acercando jóvenes con cierto aire de sumisión hacia quien posee la pócima especial para la euforia nocturna. La compra se convertía en un cúmulo de situaciones  absurdas y ridículas. Unos lo hacían con un disimulo tan burdo y falto de naturalidad que era Ismael quien les atacaba antes de que se acercasen para no delatarse demasiado. Otros preferían aproximarse al camello desde la falsa amistad, con la copa en la mano y hablando de algo que ni a ellos ni al propio Ismael les interesaba.

Se acercó a nosotros con una sonrisa temerosa y falsa:

– ¿Uno?- preguntó con una voz vacilante y moviendo la cabeza a los lados irregularmente como si buscase la protección de un guardaespaldas. Ismael asintió. Casi sin notarse de dónde sacaba la papelina se la entregó con la mano derecha mientras recibía el dinero en la izquierda.

–  ¿Está buena?-, preguntó con timidez.

¿Cuando está mala? ¿Has probado alguna mierda mía?-, contestó Ismael casi con agresividad.

– No, pero quería saber…

– Pues ya está ¿Quieres otro?

– No, pero podías bajar un poco el precio.

– Es lo que hay. La calidad se paga-. Le daba la mano feble y se marchaba con la cabeza gacha y el sudor absurdo del nerviosismo ya frío. Ismael sabía deshacerse de ellos con mucho descaro. Solían preguntar sobre la calidad de la coca o por el nombre de las pastillas para darse una apariencia de controladores de calidad expertos en la materia. Y no entiendo por qué, porque siempre pillaban independientemente de la cara con la que  mirasen a Ismael. Había quienes, con una mezcla de ansiedad y secretismo, se acercaban a él y no se les ocurría otra cosa que taparse cuidadosamente sus labios para que nadie ajeno al meollo adivinase nada y susurrar la petición al oído. Me recordaban a las niñas del Loreto, cuando le decían a la compañera quién le gustaba de nosotros. Todos sabíamos quién le gustaba a aquella chica y todos sabíamos la pregunta que aquellos imbéciles le hacían a mi amigo.

Una vez hubo pulido la parte prevista, se relajó y me dijo: “Hay cuartel”. Sonrió enseñando sus dos parietales pícaramente separados; infló el pecho para respirar hondo y noté sus pectorales medianos pero fuertes, abiertos, un torso enseñado  ante la carencia de robustez que trataba de dar un aspecto más fornido de lo que era. Nos apoyamos en la barra después de que Ismael pidiese una segunda copa. Poco a poco la cosa comenzó a calentarse y nuestras chorradas nos hacían más y más gracia, mientras observábamos detenidamente a todos aquellos chavales de barrio que hacía unos minutos habían clavado sus miradas, sus ansias y sus simpatías transitorias sobre mi amigo. Teníamos la confianza justa y especial que habíamos alcanzado en la universidad aquel primer mes, producida fortuitamente en los descansos de clase o en la multitud de peyas que solíamos hacer. Él me eligió para salir aquella noche después de pasarnos la tarde vagueando por Madrid. Todo comenzó en una partida de mus en el bar de la Universidad. Nos sentamos en una mesa insignificante, repartimos  cartas y los reyes quisieron que formásemos pareja.

Mus, corto el mus, envido con las tuyas, me dijo, no quiero, paso a chica, ala, ala, aguita… Sí, llevo, y yo no, ricos. Los llevaba: solomillo. Dos con tu choto. No. Juego no, con qué ha cortado este mamón. Yo sí, sí, claro. Échate chaval que llevas la una. Y llevaba la una. Pues envido a tu una. Es mano. ¡Échate con tu solomillo! Pues todas.  Y llevaba la una. No hubo seña y sabía mi una. Cojonudo. Y así sin casi mirarnos, con las mías, jugaba él. Y luego yo con las suyas. Sin señas. ¿Para qué? Sabía lo que llevaba. Tres vacas sin respirar. A llorar a los Paules ¿Un canutillo? Los derrotados partieron y nos tiramos en el césped. Esta carta. Un bastos. Joder qué flipe, ¿Y ésta? Figura de espadas. Y así. Arrasamos, fijo. Arrasamos, descarao. Y arrasamos, claro.

Charlamos de lo divino y de lo humano, como se suele decir, y en cada una de las conversaciones habíamos salido en unas tablas que él me había concedido a cambio de ir ganando mi confianza e incrementando mi devoción. Yo lo aceptaba con gratitud, al menos no mostraba ése desprecio que se desliza sobre aquellos a los que se domina; solamente en ocasiones contadas, me dejaba ver su superioridad subrepticiamente, pero nunca dejó caer el menor signo de humillación, muy común en otro tipo de relaciones. A su favor tenía, además, que no se interesaba por cualquiera. Su capacidad de seducción era tan atractiva como selectiva. Poco a poco comenzamos a dibujar el primer boceto de nuestra amistad, una amistad que compartiría muchos secretos y muchas andanzas pero que no cuestionaba nunca la moral de lo que hacíamos y sí el valor de los cambios que en nuestras vidas se estaban produciendo, la oposición que ejecutábamos en contra de lo que debíamos ser y el apoyo, la ayuda, el servicio mutuo que nos dábamos sin esperar recompensas. Él estaba más seguro del viaje que iniciaba porque de ésa manera escupía al destino que le había tocado vivir en su casa. Yo, en cambio, lo tomaba como un juego, un capricho adolescente, un peligroso coqueteo con el que acabé encariñándome y, claro, pagándolo. Nunca quise entrar en sus trapicheos aunque sí me interesaba todo el mundo de diversión y de rebeldía en el que se movía como pez en el agua. Dentro de toda amistad, al principio, hay un cúmulo de intereses por el que existe esa atracción primera, ese acercamiento. Mis cartas eran la de la discreción, la de permanecer ajeno a sus negocios manteniendo una adulación de fiel escudero. Él apreciaba el hecho de que me interesase realmente el Ismael gracioso y vivo, el atrevido chaval que siempre sabía salir del paso mejor que nadie, que podía construirse a sí mismo sin seguir ninguna norma, el Ismael rebelde y no el que podía hacerte ganar mucha pasta con toda aquella parafernalia de drogas, cargamentos, ajustes y pastilleos.

– Sabes que me saco muchas pasta.

Pero no le dejaba acabar la frase. No me interesaba, ni creía bueno para nuestra amistad que hubiese una gratitud económica por mi parte; lo nuestro, pensaba, era algo muy por encima del dinero, las diversiones o incluso las mujeres: era una amistad verdadera.

Mientras remolineaba la copa, con una altanería que amagaba esconder multitud de compañeros de diversiones y correrías que yo desconocía hasta entonces, entraba en confesiones e ilusiones de futuro y comentaba las ambiciones que se fraguan en la mente durante la adolescencia y la juventud.

– Yo no creo que siga estudiando, Nacho. Mis padres parece que ya saben que se tienen que olvidar de mi. Ni siquiera mi madre me presiona y, sinceramente, nunca he valido para pasar horas delante de un libro. Seguramente acabaré trabajando con mi tío Carlos, el hermano de mi madre. Él tiene varios negocios, es un tío con cojones y gana pasta. Además no ha estudiado nada, sólo eso, le ha echado cojones a la vida.

– Yo tendré que acabar la carrera. Es la obsesión de mis padres. Y no puedo fallar, soy su único hijo.

– Yo prefiero trabajar a estudiar. Es más rentable y pierdes menos el tiempo. Además no he venido a Madrid para acabar como todos. Madrid es el centro, aquí están todas las cosas y si no están todas las cosas acaban llegando. Las puertas se abren si tú te abres, si sigues el camino indicado, Madrid es una ciudad más, si buscas, Madrid es una oportunidad.

– ¿Qué camino?

– El que quieren que haga- dio un trago corto al ron y aclaró:- No voy a hacer lo que digan los santos cojones de mi padre. Y no pienso acabar como él. Yo soy de otra manera, tengo otro carácter, pero ojo, tengo valores muy firmes. Por eso me fui de casa, porque era su voluntad represiva o yo, era ser lo que él quisiese, o ser lo que yo quiero ser.

A nuestro lado aparecieron bruscamente tres pandilleros que nos empujaron sin darlo importancia. Ismael se volvió hacia ellos, los miró de arriba abajo con altanería. Con sus pupilas, todavía encogidas y grises, los despreció como si fueran esclavos que debían rendirse ante su presencia. Éstos  advirtieron la amenaza de Ismael. Miraron hacia el otro lado de la barra y pidieron sus copas con lenguas pegajosas y pupilas dilatadas.

– Algo habrá que hacer. A mi tampoco me gusta el mío… Mi padre, digo, pero bueno. Estudiaré empresariales.

– No seas conformista, joder. No tienes por qué imitar a tu padre.

No tenemos que hacer lo mismo que ellos, por muy atado que esté todo. Yo no podría ser como mi padre, como serán mis hermanos. Todo el día con las cepas para acabar hecho un paleto pendiente de si llueve o hace sol. Por eso me fui y por eso me quedo, para estar en el centro de las cosas, para que nadie me diga cuando y cómo debo frenarme y qué es lo que debo hacer. Si te fijas- respiró fuerte mientras se acariciaba las cejas con pesadumbre-, aquí cada perro se lame su polla, y puestos a eso, prefiero ser yo el que diga cuando me la tengo que lamer; que no me lo diga un jefe con corbata y gomina o un padre con la piel ajada y el careto de mala hostia todo el día. Yo elijo sobre mí mismo. Si para eso tengo que pulir, pulo y punto-.  Hizo una breve pausa. Parecía que reflexionaba sobre lo que acababa de decir.

– ¿Sabes quien es Villegas?-, me preguntó de pronto.

– Sí, claro-. Villegas era el empollón más asqueroso que se puede tener como compañero. Decían que en los exámenes se sentaba en la última fila para vigilar a los que copiábamos y luego contárselo a los profesores. Una posibilidad que era algo más que eso por los resultados que luego sacábamos. Era bajito, con el cuerpo en forma de pera y una pelusilla en la cabeza que apenas ya con dieciocho años, anunciaba una alopecia galopante. A todo eso le acompañaba un carácter huraño y despectivo hacia el resto de sus compañeros. Chivato y pelota hasta encender una vela debajo del agua con tal de satisfacer a sus mandos, daba grima solo mirarle y ver la sumisión que tenía hacia los profesores. Te vendía por el mero placer de sentirse reconocido por ellos. Al hablar solía atascarse en las frases y ése leve tartamudeo generaba todo tipo de cachondeos entre nosotros. No faltaba ni a una clase y en ocasiones su madre le venía a buscar a la facultad: una señora delgaducha y fea gracias a la cual podíamos explicar el origen del gesto distante de su hijo.

– Si no se da un golpe fuerte encima de la mesa, Villegas acabará siendo tu jefe.

Aquella posibilidad me pareció tan remota que rozaba con lo cómico. Me reí. Volví a pensarlo y me lo imaginé con ese aire de seminarista reprimido, con ese tartamudeo estúpido y débil.

– ¡Qué dices, hombre! Si Villegas es tonto-, dije con el cansancio que me había provocado la risa. Y torpe, pero precisamente por eso. Es tonto, torpe mental y más sumiso que una puta callejera, y eso es lo que se quiere hoy: números y putas callejeras que digan que sí a todo al margen de su talento. Eso es lo que quiere un jefe, un tipo que no moleste y que venda al que sea con tal de quitarle problemas, un tipo que no tenga nada dentro de sí, que no escuche ni se sepa mirar al espejo por las mañanas.

¿¡Villegas!?- dije en voz alta, mientras volvía a reírme. – Si es tonto.

– Y tiene caspa.

– Y posiblemente no tenga pelo la próxima semana.

– Se le habrá caído después de hacer alguna mamada a algún profe.

– O por estudiar demasiado en cómo putear al personal.

–   Se le va cayendo según le da por el culo algún profe.

– A Villegas se le cae el pelo por lo pelota y lo mariconazo que es.

– Menudo, cabrón.

– Villegas mi jefe ¡Una mierda!

– Al tiempo Nachete. Tiene todas las papeletas.

Ismael volvió a notar en su espalda la presencia de los tres pandilleros. Se dio la vuelta y rápidamente fue correspondido con un escueto y humilde “perdón”.

Son cerditos escapados de su pocilga-, me dijo mientras me enseñaba una sonrisa cómplice.- Acabarán entregados a las normas, a su jefe que les humilla, a la hipoteca que les esclaviza, al salario que les limita y al programa de televisión al que se engancharán por las noches. Con un poco de todo, te tienen agarrado por los cojones. Lo único que podemos hacer es retrasar todo, por eso somos jóvenes, para retrasar la hipoteca, el salario y esas cosas.

Se hizo un silencio entre nosotros, unos segundos lentos pero intensos. Bebimos de nuestras copas. Me miró como si revelase algo que albergaba muy dentro de sí y que había elaborado concienzudamente desde hace años:

– Somos lo que vemos y lo que escuchamos. Pero no te olvides que también somos lo que corre por nuestras venas. Escucha ese sonido de tu sangre, ese misterio que hace que la gente sea grande o pequeña, asesina o santa. Si sabes de verdad lo que corre por tus venas, lo que deseas, no caerás en el mismo error que aquellos que acaban siendo sólo lo que ven y escuchan. Todos los seres humanos tenemos pensamientos e instintos ocultos que no desarrollamos por miedo a avergonzarnos de nosotros mismos, por un miedo del que la sociedad también tiene la culpa. Nos impone unas normas para que todo esté más parcelado, más vigilado y más sujeto a aquellos que quieren poner límites a los conceptos, para que se pueda establecer la normalidad con claridad, cuando en realidad, la normalidad no existe.- Hizo una pausa, recorrió con la mirada el bar buscando –prediciendo de hecho- la posibilidad de que se acercase algún cliente rezagado.

– No me refiero a tener un DNI o una cuenta bancaria, sino a los comportamientos, a las expresiones públicas o privadas de lo que realmente somos ¿No te da la impresión de que los políticos, los banqueros y los presentadores de la televisión son madelmanes a los que se les ha colocado pilas para que sigan andando? ¿No te da la impresión de que siempre están contenidos, recatados, ceñidos por el corsé de la normalidad? Parece que no tienen sangre en las venas. El poder, la vanidad y el dinero, eso es por lo que mienten y por lo que, sobre todo, se traicionan así mismo. No luchan por lo que corre por sus venas. Poder, vanidad y dinero es lo que les han enseñado, pero no su esencia. Actúan así, porque en cierta forma es lo que les han enseñado, lo que han  visto desde pequeños. No se conocen, no escuchan el sonido de sus venas-. No me dio opción a contestar. Se distanció unos centímetros de mi, lo suficiente para hacer una pausa en la conversación. Su predicción, ya digo, fue buena: se había acercado otro chaval y, rápidamente, realizó otra venta clandestina. Se volvió a acercar a mi, dio otro trago y se saltó mi turno de réplica; no me dejó contestar.

– Hay que mezclar lo que hemos visto con lo que no nos han querido enseñar y, sobre todo, con el misterio que cada ser humano lleva dentro. Mira mis hermanos, igual que yo, en teoría; vieron y escucharon lo mismo, pero yo me negué a seguir allí ¿Por qué? Porque quería ver lo que no me dejaban ver y porque hacía caso a mi misterio, al sonido casi imperceptible de las venas. La gente ni siquiera pretende conocerse así misma, huye de ello, se da miedo. Prefieren que les digan lo que tienen que ser y lo que va a ser y no lo que realmente son.

Apartó su mirada de mis ojos y volvió a mojarse los labios con la copa.

La dejó suavemente en la barra, cogió un cigarrillo y lo encendió con parsimonia dando una bocanada profunda y algo actuada, como ensayada de antemano frente al espejo adolescente.

– Mis hermanos son lo que han visto y han escuchado, la tierra, el trabajo, esas cosas: seguir los pasos de mi padre, en definitiva. Yo no me conformo. Yo también seré lo que no me han dejado ver y lo que no me han dejado escuchar. Todo, unido al misterio que llevo dentro. No se puede ser ajeno a lo que corre por nuestras venas. Lo que llevas dentro es mejor ejecutarlo y llevarlo para adelante, si no, ya te digo, acabas hecho mierda, agarrado por los cojones y un fracasado. Un tipo de esos que vive con la desesperanza de ser diferente a quien quiso ser.

–  Sí, pero ése misterio del que hablas es mejor no escucharlo a veces.

– ¿Por qué dices eso? Eso es lo peor que puedes hacer.

– Yo no sé lo que corre por mis venas.

– Pues escúchate

– No estoy de acuerdo. Supón que tengo eso que tú dices que corre por nuestras venas por una tía. Pero sé que, enrrollarme con ella –lo que corre por mis venas- te va a dar problemas o que no puede ser bueno, por mucho que tengas ganas, por mucho que, como tú dices, corra por mis venas.

Que corra, Nacho, sino acabarás siempre retorciéndote por no haberlo intentado.

– ¿Y si tienes ganas de matar a alguien?

Depende tío, depende. No sé-. Se quedó un rato pensativo y luego sonrió: -Por ejemplo, no te entran ganas a veces de matar a Villegas. Y no lo haces. O tu padre, en el curro, ¿No ha tenido ganas a veces de matar a alguien? Pues si y no lo hace. También hay que ser listo ¿no?. ¿O es que tu padre va matando a quien le toca los cojones en su trabajo?.

– Pues no.

– ¿Estás seguro?

Reímos.

– ¿No echas de menos a tu familia?-, le pregunté de pronto.

– No. La familia es un compañía que se va cambiando y superando, como la tierra para las tribus nómadas. Tenía una familia y ahora tengo otra. Mi familia ahora es mi tío Carlos, que me da curro, Marfus, que nunca me abandonará y Laura, mi novia. Lo demás, ha quedado ya muy lejos. Tuve entonces unos celos extraños, algo de envidia caprichosa, no por no sentirme incluido en lo que él consideraba “su familia”, sino por el hecho de que Laura, su novia, formase uno de los tres pilares que él consideraba fundamentales en su vida.

El padre de Ismael era un viticultor de la alta Rioja que seguía aferrado a su tierra y a su origen y que no veía con muy buenos ojos la marcha de su hijo más dislocado. Le conocí un fin de semana -mucho antes de aquel primer desayuno, de aquella primera noche- en el que nos invitó a Laura y a mí. Era un tipo austero hasta en las buenas formas y la simpatía. A los cinco minutos de estar en su casa no me extrañó que Ismael hubiese hecho todo lo posible para estudiar en Madrid. Apenas nos habló durante aquel fin de semana. En la comida sólo veía la televisión subiendo el volumen exageradamente cuando salía el hombre del tiempo. Ni siquiera la simpatía de Laura, su extremada delicadeza y su don de gentes, supo atraer la atención del padre de Ismael. Inició varias conversaciones sobre la forma de cuidar las cepas, el envejecimiento del vino y las maderas de las barricas, pero nada, fue inútil. Incluso los esfuerzos de Laura se dispararon en contra nuestra. Cuanto más hablaba Laura, más hostil se comportaba. Debió de verla como una chica de ciudad excesivamente avanzada y descarada que sólo decía tonterías acerca de un trabajo sobre el que posiblemente sólo conocía una teoría superficial y al que el padre de Ismael había dedicado toda su vida.

Su madre, María, era lo opuesto a su marido. Encantadora, de sonrisa amable y con una cara de redondez noble de mujer de campo. Estaba encariñada casi exageradamente de su hijo menor, quizá porque le recordaba a su hermanastro, a Carlos Berner, el hijo ilegítimo de la familia. María y Carlos se reencontraron con el tiempo cuando él supo conseguir el respeto de todos aquellos que le mancillaron por no ser un hijo “natural”.  Según me contó Ismael, su padre odiaba al tío Carlos y, en cierta forma, se sentía traicionado por su hijo cuando se dejó abrazar por el Madrid que le ofrecía Carlos Berner. María, su madre, le adoraba tanto como a su hijo descarriado y no podía disimular ante su marido el cariño que les tenía.  Sin embargo Ismael no parecía corresponder a su madre sinceramente. Sólo le interesaba mantener el anzuelo de sus engatusamientos. Ella picaba inevitablemente con la misma fuerza que con el tío Carlos. Aquel fin de semana también conocí a los hermanos de Ismael: Marcelo, Luis y Juan. Marcelo era la fotocopia del padre, arisco y austero. Luis y Juan se mostraron más cercanos, aunque mantenían esa desconfianza provinciana hacia todo lo que viniese de la capital. Los tres ayudaban a su padre en el campo. Noté enseguida que si bien Ismael les tenía mucho respeto, no había un cariño muy forjado en su interior. También estaba Boogie, un pastor alemán negro de ojos vivos y achinados que se echó encima de Ismael nada más verle. Fue su compañero de juegos infantiles y todavía le recordaba y le apreciaba con esa extraña querencia fiel y apasionada de los perros. Nos contó que quiso llevárselo para Madrid, pero que su padre no le dejó.

– Si te vas, te vas con lo puesto, me dijo el viejo- , parodió con una sonrisa no exenta de rabia contenida. -A que sí Boogie, ¿A que a tí te molaría venirte de pastis con nosotros? ¡¿eh?!- reímos a carcajada limpia cuando el animalito ladró y se puso a dar saltos como un loco.

Con todo, ése fin de semana lo pasé bien; fue un fin de semana muy divertido. El domingo partimos hacia Madrid.

– Ya habéis visto a mi familia, un paleto y cuatro cagados a su alrededor-, nos dijo durante el viaje de vuelta.

2.-

A cada comentario arriesgado alzaba los hombros para darse más aliño y seguridad en la explicación. Su voz profunda le ayudaba a emitir una mayor credibilidad en sus exposiciones. Además, su pelo corto, muy corto, y la fiereza de sus pupilas grises y tintineantes como las de un voyeaur pervertido, le daban un aire extraño, casi violento; parecía esconder a un tipo de esos que te dicen las cosas de tal forma que sabes que te pueden hacer pasarlo mal con tan sólo levantar el meñique. Ismael, a pesar de ser menudo y frágil, tenía una mirada protegida por unos párpados carnosos que le caían como colchones duros sobre los ojos y le daban un punto neurótico que te revolvía el estómago. Otra cosa era cuando reía y enseñaba sus dos incisivos superiores, divertidamente separados. Entonces era asaltado por una extraño toque atractivo y burlón. Su semblante mudaba dependiendo de la situación en la que estábamos y en todas y en cada una de ellas sabía llegar antes que nadie. Algunos le llamaban “conejo”, pero él no aceptaba el mote con mucha conformidad. Yo opté por llamarle por el nombre por el que le conocí: Ismael.

Acabamos las copas y me ofreció una pastilla marrón. Embaucado por su palabra fácil y por el temor a quedar mal, me la metí en la boca y me la tragué. Continué hablando con artificial naturalidad más pendiente del efecto que podría producirse en mí después de tomar la pastilla que por la conversación que me daba. Estaba nervioso, expectante. Tuve la tentación de preguntarle que qué me pasaría, pero aquel interrogante hubiera delatado una inocencia patosa que no quería destapar. Mientras aparentaba prestar atención a sus palabras, me rondó la idea de que iba a cambiar mi cuerpo, a transformar mi concepto de la realidad, que deliraría, que iba a vivir dentro de un sueño extraño del que quizá nunca saldría. Fue un pensamiento remoto y fútil que tuve presente unos minutos después de notar como la pastilla traspasaba mi garganta.

Nos invitaron a otra copa y más tarde empecé a vivir con una efusividad poco común. En medio de aquel mar de vagas imágenes en el que se hacían más visibles y respingones las luces de los focos como lanzas dispuestas a atacarme o rendirse ante mí, se imponía la presencia de un cosquilleo y de un bienestar alejado de la realidad conocida, un equilibrio emocional que deseaba hacer más intenso. Di un trago y el wisky con hielo me provocó un escalofrío que me subió rápidamente por la espalda como un reptil en busca del calor solar. Quise sentarme pero no podía hacerlo. Varios cerdos fugados de su pocilga me rodeaban y sólo podía percibir el olor de alguna cerdita simpática. Me quedé mirando el escote de unos mullidos pechos que se colocaron a mi lado. No sé cuánto tiempo estuve fijándome en ellos, pero el caso es que la cerdita escapada de su pocilga; se cubrió con su rebequita de punto al ver mi descarada insistencia.

Recibía el sabor de lo atemporal que sin molestias se adaptaba a mi mente advirtiéndome por su placentera comodidad que podía convertirse en una sombra terrorífica que me alejase de los desayunos habituales. Aquella idea, que me sobresaltó entonces por primera vez, siempre permaneció en mi bolsillo, al igual que el tabaco que te recuerda que fumas o las llaves de casa que te recuerdan la hora de volver. Ismael me acompañaba con gestos y conversaciones que se iban cerniendo hacia una imprecisión casi visionaria, pero que quedaban justificadas por la sensación compartida, por la pastilla marrón, por la efervescencia de las copas, sin saber el por qué y el cómo, sin poder dar una explicación certera: simplemente bailaba al compás de la música, de los tacos, de las tetas de la camarera que paseaba con orgullo por detrás de la barra, del sonido de mi cerebro, de las risas, de la nada, de lo primero que me venía a la cabeza, de los comentarios sueltos agarrados al azar, de las miradas suspendidas en aquel bar; sonreía ante todo sin ningún tipo de discriminación, sólo movido por el instinto, erizado como el pelo de un felino a punto de dar caza a su presa, manejado por una actitud y un sentimiento nuevo que cada vez me seducía más y más, con la golosa inquietud de conocer, de bucear, de descubrir algún tesoro, de no tener lo suficiente, con ese deseo inexplicable de desvelar un misterio más dulce que el desenterrado hasta entonces.

Una china se acercó y me ofreció rosas. Luego unos compact y unas mariquitas que eran imánes para la nevera y que movían su colita cuando las tocabas. Le compré siete imanes de mariquitas.

Al salir del bar agarré a Ismael por los hombros y con una sonrisa vertical y una mirada caída, le dije: “!Qué bien voy!”. Él se limitó a mirarme con sus ojos crecientes, me enseñó sus dientes irregulares, y estiró su mandíbula. Luego ladeó la cabeza haciéndome el ademán para que subiese detrás. Subí y aceleró la moto con agresividad inmediatamente después de arrancarla. Era una máquina ágil, con atrevimiento y un ruido casi insultante. En la primera curva tumbó demasiado e instintivamente me agarré fuerte a su cazadora. Al notar aquel agarrón, Ismael desaceleró y riéndose me dijo: “¡Qué pasa tío! ¿Te dan miedo las motos o es que eres maricón?”. No le contesté y me reí. Reconocí entonces una vulnerabilidad sobre la que no había reparado. Me agarré a la parte trasera del sillín y, a medida que recorríamos las calles entre cimbreos cortos y duros del acelerador, le insté a tumbar más en las curvas. Me propuse perderle el miedo a base de encararlo cada vez que pudiese, al igual que hace quien pretende sobreponerse al vértigo retando una y otra vez al vacío. Así, trataba de que, cuando yo subía en la moto de Ismael fuese más y más rápido. Por muy mal que lo pasase tenía el convencimiento de que así lo vencería y de que entraría sin complejos en un mundo que me era desconocido y que me atraía, que no habría cortapisas en aquella estrenada amistad que casi me hipnotizó. Un fantasma absurdo me rememoraba la posibilidad de fracasar ante una forma de vida que no me había seleccionado, una diversión que me seducía a cada caricia que le daba y que me invitaba a desnudarla con premura. Por eso, por el ansia de conocer algo diferente y por su discriminación hacia mí, hacia mis formas, también selectas y privilegiadas, quería entrar a formar parte de ella sin ningún pero por pequeño que fuese, sin ningún rescoldo absurdo que podría traducirse en el acelerador de la moto de Ismael. Subía siempre intentando expulsar el temor a la velocidad, a la cercanía de los coches, de las aceras, a la rapidez urbana y al zigzagueo eléctrico de la moto. Era el precio. Cuanto más subiese, mejor; cuanto más afilase los rellanos del asfalto con la rodilla, antes vencería. Esas pequeñas cosas eran muy importantes por entonces, no sólo por el hecho de tener una moto como aquella, algo que te daba la venia para lograr un elevado rango de popularidad y atracción, sino también para lograr la unión perfecta,  para no tener que comprobar algún desprecio a la hora de acompañarle en su moto, para no probar el sinsabor de la mediocridad a la que muchos aspiraban: la de ser simplemente un signo en la ecuación, un amigo más, de los muchos que él tenía y que le adulaban o, lo que es peor, la de creerme un excepcional amigo, siendo sólo un mero comparsa engañado, un dígito más.

No era una moto de mucha cilindrada pero Ismael sabía afrontar el riesgo haciendo piruetas entre los coches, esquivándolos casi al límite de los parachoques, inclinándose en las curvas con destreza. Era negra y con la fuerza de un abejorro primaveral y persistente. Se la regaló su tío Carlos, justo cuando comenzó su ascensión como hombre de poder. El año en que dio el salto definitivo con sus negocios de transportes, alardeando de chalets, regalos y sonrisas plastificadas. Ese mismo verano las cosas en mi casa también fueron evolucionando hacia no sé donde. Ocurrió casi de forma natural, como el cambio de las estaciones. De primavera a verano y el hombre del tiempo sentencia la venida. Así ocurren las cosas aunque no nos demos cuenta.

Aquel año el cumpleaños de mamá fue también diferente a todos los demás. El otoño se resistía a llegar. Los rayos del sol perpendiculares y picantes casi dolían; el cielo, blanco e impasible, era una enorme manta eléctrica; el viento parecía haber sido asesinado y el aire, caliente y pesado, podías metértelo en la boca y mascarlo como un chicle rancio.

Mis padres pasaron todo el día fuera desde primera hora de la mañana hasta la noche, en la que citaron a varios familiares y amigos en la casita que teníamos en Robledo de Chavela. Total, que se presentaron allí cerca de quince personas. Entre ellos ya noté la presencia de un hombre de mentón ancho, de porte robusto y elegante a la vez, impecablemente vestido y de unos ojos azul claro que escrutaban con simpatía agilidad todo lo que se le aproximaban. Carlos Berner tenía una de esas miradas agudas y agradables a la vez, una mezcla de seducción y dominio, una mirada que te hacía sentir agraciado y dominado, que te hacía estar alerta por la ambigüedad de su brillo. Berner aparecía  en mi vida por dos frentes y comenzaba a tener un peso que se iría acrecentando en los días venideros. También acudieron las hermanas de mi madre con sus maridos, todas muy recientemente peripuestos, con unas fachadas hieráticas y artificiales que mostraban como su mejor presentación. Mis primos, al ser más pequeños que yo, se limitaban a juguetear y a molestar a sus padres. Mamá contrató a dos chicas para preparar la cena y puso una larga mesa en el tímido porche que teníamos. Todos nos sentamos en la mesa. Las preguntas eran las de rigor, las del compromiso que se tercia con unos amigos y familiares que te son tan ajenos a esa edad. ¿”Y qué estudias?”, “¿Tienes novia?”, “¡Qué guapo y que alto estás!”… Yo tenía la mente más en las fiestas del pueblo que en el cocktail de gambas que había sobre la mesa. Poco quedaba para las cosas que me decían. Salía del paso con respuestas tópicas a preguntas tópicas. Se mantuvo un ronroneo continuo que me permitió camuflar mi inapetencia. Aquel anodino ir y venir de frases hechas fue segado por la voz atrevida y delirante mi tía Carola, la hermana pequeña y mimosa de mamá.

– Bueno ¿qué te ha regalado tu maridito? Después de estar todo el

día  juntos, nos podrás informar.

Un silencio expectante se extendió entre todos los comensales. Fue entonces cuando percibí aquella sonrisa ladeada, esa nueva forma de mostrar su seguridad que, hasta entonces, no había detectado en mi padre. Entró en el salón y dejó una enorme caja en un lateral de la mesa. Mi madre la abrió no sin antes sonreírnos a todos como pidiendo disculpas por ser la elegida. No me había preguntado qué es lo que le había regalado papá a mamá, pero sí se me hacía extraño que no le hubiese dado los regalos antes, no sé cómo ni cuando, sin saberlo, como habían hecho siempre. Pero aquel día me enteré. Y se enteraron todos, incluido aquel hombre de mentón campesino al que parecía que mi padre le estaba dedicando una clase magistral de arte dramático. Comenzó el show. Primero un chaquetón de alguna piel cara que no concreté hasta que Natalia, otra de las hermanas – vehemente, gallarda y paquidérmica –  aclaró también en voz alta: de castor. La tía Natalia iba recogiendo los regalos y pasándolos al resto de los asistentes como si aquello fuera un bufete frío. Después del chaquetón vino un collar de perlas blancas que la tía Natalia alabó con un “¡oyoyoiiiii, qué cosa!” y luego un mechero plateado. Mi padre retaba con la mirada a las hermanas de mi madre y a sus maridos quienes no dejaban de alabar y cacarear cada presente que abría mi madre ruborizada; mientras, papá mantenía mudos ademanes de complicidad con ese nuevo amigo que no movía ni un dedo salvo para asentir cerrando levemente los párpados.

– ¡Qué bonito chaquetón, Carmen!- apeló Patricia, la hermana mediana, más calmada y silenciosa. A continuación y después de repasar la textura de la prenda añadió: “Es muy bonito Jaime, muy bonito” y le dedicó una mirada de reconocimiento que papá recogió con falsa modestia.

Ante aquella invitación a la cortesía iban poco a poco cayendo loas para regocijo de la pareja homenajeada:

– Precioso-, dijo Mariano el marido de Natalia,  concreto y exento de la locuacidad y el magnetismo parlanchín de su mujer.

– Además van a juego- recogió la tía Marta.

– Muy bonito-, dijo el tío Pedro como avergonzado, mientras sugería un perdón absurdo a su mujer, la tía Patricia. Era una señal habitual por que al tío, como todos sabíamos, no le iban bien las cosas del parné.

– Recuerdo que en Nantes estas mismas perlas se cotizaban a precio de oro. Y es que los franceses son muy duchos a la hora de valorar la calidad, eso es que son muy exquisitos. No sólo en la comida, sino, ya se sabe, en la moda. Fuimos a un desfile en París…- señaló Jaime, el marido de la tía Marta que siempre intentaba no dejar de lado su viajes y su subcultura snob pringada de engolamiento barato. Aquel relato del tío Jaime se fundió con nuevas alabanzas cuando apareció el definitivo y tercer regalo. Perdí el hilo de la sucesión de experiencias al llegar a mis manos una gran tarjeta, en la que pude leer: “Vale por una semana en las islas griegas para Doña Carmen Losada con un acompañante a elegir”. Fue el regalo más celebrado y sobre el que más bromas gastaron todos.

– ¿Cuándo nos vamos, hermanita?-,  sugirió Natalia mientras todos reían. Papá permanecía sentado con la espalda volcada en el respaldo de la silla dando caladas con parsimonia, con los ojos encendidos y haciendo algún comentario al vuelo. Llegó la tarta y más y más risas.

– ¡Que aprendan algunos!- añadió  Natalia  extendiendo su sonora risa al resto de la mesa.

– De verdad son unos regalos fantásticos – apostilló el tío Jaime como queriendo resarcir el relato anterior.

– Gracias – dijo mamá, mientras besaba la mejilla de papá

cariñosamente. Todos quedamos en silencio. Toda aquella ensalada de halagos parecía hundirse en la petulancia y llegar a su fin.

– Perfecto – cuadró Carlos Berner, mientras apagaba un  cigarrillo

en el cocktail de gambas. Papa cortó entonces y comenzó a hablar del París de tío Jaime.

Agazapados en otra conversación, me acerqué al cuarto de mis padres y dejé sobre la cama un cinturón que había comprado con desinterés. Qué jodida edad en la que no puedes regalar un dibujo hecho en clase o una figura de plastilina. Bajé al porche, saludé a todos con la mano y besé a mi padre y a su ostentosa fatuidad. Al acercarme a mamá me acarició la mejilla con una nostalgia extraña, con una lentitud rala, como si acariciase un tesoro por última vez.

3.-

Por aquellos tiempos no me percataba mucho de lo que estaba tejiéndose. Puede que a veces no haya tiempo para frenar las cosas y por eso se cambia de escenario y de forma de ser con total naturalidad. Digamos que un día sales por la noche, te metes un tiro de cocaína y a los cuatro meses ya te los metes como cualquier día. Pues me imagino que a mi padre le pasó lo mismo pero con otras cosas. De “un día” a “como cualquier día” y la rutina toma otra forma y otros modales.

Papá había dejado un año antes el despacho en el que trabajaba para dedicarse completamente al tío Carlos. Parecía todo escrito en una trama anterior: al mismo tiempo que yo conocía al amigo que iba a marcar parte de mi vida, mi padre comenzaba a trabajar con el que cambió la de todos nosotros. Mamá me explicó que un transportista, cliente habitual del despacho, había requerido su exclusividad. Algo que supondría más dinero y una mayor proyección profesional de papá. También nos proyectamos, podría verse así, los demás. Entre otras cosas papá me hizo socio del Real Madrid. Sin esperar colas y en tribuna. “Como un señor”, les decía yo a mis amigos. Fue de lo único de lo que me enteré, que Carlos Berner, jefe de mi padre, nos había conseguido colocar en tribuna sin esperar cola. Acudía con papá algunos domingos para quemar mis resacas con envalentonados insultos al árbitro y euforias inconsistentes de lógica. Ser socio del Madrid y que su hijo fuese al Colegio del Pilar fue algo que le encantó a mi padre. Aunque en el fondo le hubiera gustado verme en “los Areneros”, lo que ahora es el Recuerdo, de Los Jesuítas, otro colegio de pijos en el que papá, al parecer, no tenía enchufe. Según él, desde pequeño fue un admirador de San Ignacio de Loyola, de sus reclusiones y arrepentimientos, de sus mensajes sociales y bondadosos. Por eso me llamaron Nacho, Ignacio de Loyola para ser más exactos. Recurrió a su jefe, a Don Marcelo, y éste me metió becado en el Pilar con no se qué enchufe. Siempre que podía me lo recordaba o me machacaba con sus recuerdos y esa vida que yo no había vivido, la de los curas que le llenaban las manos de moratones con la regla de dibujo, le daban en el hueso del codo y le dejaban las orejas coloradas. Me tenía en el sillón escuchando lo mucho que se rezaba por entonces, que tenían que cantar el “Caralsol” y que luego jugaban al fútbol con los curas, vestidos con una sotana. También me hablaba de sus zapatos, unos que, me repetía una y otra vez cuando le pedía dinero para ropa, le duraron hasta tres años.

– ¡Y buenas patadas pegaba con esos mocasines! Jugaba de central, ¡Imagínate!- Decía con los ojos nostálgicos y brillantes, al borde de la sonrisa pomposa e hilarante. Luego me hablaba, como siempre, de cuando le castigaron una semana por pegarle una patada al padre Gustavo.

– Le rompí la pierna-, añadía entre carcajadas suaves. Se calmaba y suspirando repetía como si quisiese que viese que él también había roto las normas impuestas: “Le rompí la pierna”, repetía.

Yo no sé si aquello me lo decía como una cura propia de su pasado o simplemente para recordarse quién había sido y quién era ahora. O no sé si mi padre lo que quería era que me liase a dar hostias a los profesores de mi colegio en lugar de meterme tiros de cocaína y desaparecer de casa los fines de semana. Lo que sí sé, es que a mí me daba mucha pena verle contar esas películas que tanta grima me daban. Además, me importaba una mierda el padre Gustavo, su pierna y el caralsol ése.

Estuve becado en el Colegio del Pilar hasta que mi padre alteró su nómina y pasé a ser “uno más”. Aquella posición de niño retratado como los demás en la foto de fin de curso, de hijo de padre “normal”, le permitió colmar su deseo: pasear por el barrio de Salamanca, con sus calles de señorío, divisando sus fachadas neoclásicas, sobrepasando con un lento y seguro caminar las acequias y los plataneros, las viejas cubiertas de pieles cariñosas, perfumadas, retocadas, inverbes, collares de oro, pulseras de plata, anillos brillantes y rostros estirados, envueltos en pinturas y pote; clavar sus Sebago en el Vips de Lista, en el Gregory o en el Balmoral; ojear con aparente interés las tiendas inaccesibles y reparar en las galerías de arte de Claudio Coello.  Pasear por ese barrio y recoger a su hijo en aquél limpio edificio le reconfortaba muchísimo. Le encantaba revolver su cuerpo como uno más, entre los padres, abuelos o primos de mis compañeros de clase, pertenecer a un grupo selecto, de buen olor, guapo, cínico y egoísta.

El Madrid perdió la liga y él comenzó, cada vez más, a intimar con el tío de Ismael y a frecuentar amistades con pátina de triunfadores. Aprobé por los pelos y comencé la Universidad. Allí conocí a Ismael. No le molestó que hiciéramos buenas migas y que rompiese con los amigos del Pilar, aunque a decir verdad, siempre le agradó que me mezclase con apellidos insignes y patillas bien recortadas. Papá se dejó llevar por esa superficialidad social, por esa moda intempestiva que a veces asalta la naturaleza humana y que nos hace desear la victoria rotunda o, dicho desde otro prisma, que nos hace evolucionar y huir de la rutina que tanto nos costó conseguir y que despreciamos por su cotidianeidad.

Digamos que él, igual que yo, empezó a jugar con otros amigos en el recreo. Su dilema también pasó a ser el mismo que el mío. El mío tenía apellidos y eran los de  Ismael, el sobrino encantador, distraído y juerguista del jefe de mi padre. En este dilema, entraron también los últimos coletazos de los apellidos de Gonzalo, mi mejor amigo del Pilar. Y eso, los apellidos del colegio, significan mucho porque quieras o no, ya no te lo puedes quitar de encima. No sé cómo hice migas con Gonzalo, casi ni lo recuerdo, pero es el chico al que asocio con casi toda mi infancia, mi amigo de la infancia, por así decirlo. Era un chaval de familia ilustre que lo tenía todo antes de que naciese su abuelo. Hay personas que en el apellido tienen escrito lo que va a ser toda su vida antes de poder pensarla; era el caso de Gonzalo. Era el paradigma de todo lo que repelía Ismael. Había aprendido bien la lección. Todo fue cuando yo sacaba buenas notas y las malas no habían aparecido. Tejimos entonces una amistad de fútbol, tardes de estudio y coqueteos adolescentes y fugaces con las chicas del Loreto. Tardé mucho tiempo en entrar en la casa de los Santa Cruz. No en vano era un chico “de beca” y eso era fácil de adivinar en mi ropa, en mis modales y hasta en mi corte de pelo. A mi favor tenía que era buen estudiante y, sobre todo, que jugaba muy bien el fútbol. Yo no jugaba de central, era más un organizador, un medio centro muy hábil, discreto y sin afán de liderazgo sobre los demás. Pero el hecho de jugar bien al fútbol siempre te da cierta popularidad y Gonzalo me la subió aún más. Él, que no era mal delantero, era el que siempre traía el balón y el que, claro está, elegía quienes jugaban en su equipo durante el recreo. Así que, “un día” me eligió en su equipo. Fueron pasando los meses y ya pasé a ser uno más de los suyos. El siguiente curso ya era su mejor amigo: era buen futbolista, buen estudiante y mi ropa era más chula.

Al primero que conocí en su casa fue a Don Casiano, el portero, bajito y un poco calvo, ABC en mano, Moré en boca, traje gris, corbata negra y un rictus de general prusiano. Tenía su casa dentro del portal, al pié de unos ascensores de principios de siglo intranquilos y destartalados. Desde allí asomaba su cabeza por encima de una ventanita a través de la cual se veía un salón con una televisión pequeña y una mesa redonda. Según te acercabas a su garita, aumentaba el olor a sopa de cocido y a acelgas hervidas, algo que me daba mucho asco. Por eso yo siempre me sentaba en los sillones, un poco alejado de ese salón y de su olor a cocina casera y antigua. Sólo mascullaba palabra para asentir alguna de mis curiosidades con leves carraspeos que se convertían en halagos educados y distantes con los vecinos. Se confortaba con arreglar los zapatos del señorito con tal de que le tuviesen en cuenta. Bajaban las hijas de los señores por las escaleras, pintadas y repintadas, bien arregladitas, dejando caer sus conversaciones sin percatarse apenas del saludo de Don Casiano, de la presencia de aquel conserje de olor a acelga hervida:

– Buenas tardes señorita Clara.

… pues me lleva al Nell´s por las noches y luego, hola Don

Casiano, una vez estuve tirando al pichón en la finca…

– …. ¡Qué guapa esta usted hoy!…

…. de los Martínez de …, gracias, … de Canovas y me lo paso

muy bien. No pensaba que me gustaba tanto ir de caza.

– Pero tiene 35 años, Clara, es como si…

Entonces, con su sonrisa forzada de sabueso adiposo, se apresuraba de forma patosa a abrir la puerta.

– Gracias.

… como si salgo con un amigo de mi tío. Seguro que todos sus

amigos están ya casados

– Y con hijos. Más monos.

Ése tío es un abuelete que quiere pescarte porque en todo ese

tiempo sólo ha encontrado tías que se han dado cuenta de lo tonto que es.

– No es tonto.

– Seguro que tiene la piel como un helado de caramelo y gelatina.

Además es mayor y aburrido.

– ¡Es muy educado!

– ¡Eso, señorita Clara! La educación es lo primero.

– ¿Lo ves? Gracias Don Casiano.

– Los hombres maduros tienen la piel blanda y ajada y la polla con

las ansias de un adolescente virgen.

– Joder, tía respétame. ¡Le quiero!

– Y yo también quiero a mi padre y a mi abuelo… y a mi primo de

treinta y nueve años, pero no me los follos.

– ¡Envidiosa!

No te fíes nunca de un hombre que pase de los treinta, lleve un

haski, gomina y tenga la barriga tan abultada que no pueda verse las borlas de sus zapatos. Sólo te quiere impresionar y apagar su inseguridad.

– Envidiosa.

– Buenas tardes, señoritas.

– Qué portero más pelota que tienes.

– No, es muy educado.

Sin orgullo hacia los suyos, Don Casiano despreciaba a todo aquél que le rememorase la realidad y todo el que, como yo, podía ignorar porque nada le aportaban y porque, simplemente, era un mocoso que intentaba penetrar en una tela de araña en la que él estaba enrollado como un vulgar insecto.  Ese gesto altivo y hosco le valía para ganarse un lugar insignificante, pero necesario, entre aquellos petulantes vecinos. Me acostumbré a su sequedad y a su desprecio clasista mientras me sentaba a esperar a Gonzalo en el portal cuando le acompañaba a casa, bien a por algún libro, o bien a que se cambiase para ir a jugar al fútbol. Aquellas esperas se revestían de un carácter misterioso y grave que agudizaron mi curiosidad, por lo que hice lo posible por evitar la situación de desasosiego y logré, como he dicho, que nuestra amistad fuese estrechándose, mi ropa más resultona y mis notas alcanzasen el notable y, en ocasiones, el sobresaliente. Eso me permitió apreciar el sobrio vestíbulo del cuarto derecha del número 53 de la Calle Velázquez.

En la Calle Velázquez había señoras bonitas, yupis convencionales, burguesía decadente  y un sol que se dejaba caer de forma temprana y nos anunciaba que poco quedaba para darle al balón.  “!Date prisa Gonzalo, ya sube hasta el tercero!”. Y salía de su cuarto al oír mi chirriante aviso que se me hacía repelentemente angustioso al colarse entre los pasillos de su casa, rebotar en las paredes de la escalera de servicio y reconocer mi propia voz con la única respuesta del eco agudo, chillón e inocentemente vital.

Por fin entré en casa de los Santa Cruz. Primero por la zona de servicio, por la cocina, donde esperaba junto a la omnipresente Fifi, la filipina jefa, una señora gorda y achinada de saludo dulce e isleño que llevaba más de veinte años sirviendo en la casa. Por cierto que Gonzalo me contó hace poco que cuando Fifí se quiso jubilar, sus padres mejoraron sus honorarios considerablemente, la dieron un horario más independiente y hasta la compraron una tele nueva para el cuarto que tenía en la cocina. Según mi amigo, la tenían un cariño demasiado grande para dejarla marchar. Al factor sentimental, del que no dudo, añadió sutilmente un comentario tan anacrónico como increíble: que a los Santa Cruz nunca les hubiera gustado someterse a la mano de obra ecuatoriana o eslava; digamos que tener empleadas filipinas en casa hoy en día, daba cierto rango, una aureola de distinción, una forma de mostrar el desacuerdo con los tiempos actuales y de preservar sirvientes de la última colonia del imperio. “Todavía hay cosas que se mantienen”, me dijo como queriendo hacer un chiste de algo tan estúpido.

Con  el tiempo logré entrar por el vestíbulo. Me sentaba en uno de sus butacones esperando a que Gonzalo se cambiase. En aquellas esperas acabé familiarizándome con aquella lámpara acristalada de enorme luz que se extendía en el techo como un gigantesco paraguas y con el cuadro de Don Baldomero Santa Cruz, bisabuelo de Gonzalo y regente de la tienda de paños del Reino – que tanto lustre dio a la familia -, quien daba la bienvenida al visitante que entrase por la puerta de invitados escoltado por dos grabados de Doré. Un semblante oscuro, con ropas oscuras, fondo oscuro, sin claridad. Sus ojos limpios y redondos centrando el cuadro enmarcado en dorado, daban suficiente nitidez al retrato: sus córneas blancas y relucientes parecían transportarse chillando brío sobre el opaco lienzo. Era un toque de luminosidad tal, que no hubiera sido extraño pensar que sus retinas tenían el exclusivo purgamiento diario.

Eran sus ojos los que me hablaban. Le miraba fijamente ahogado en sus retinas, diluido por el cansancio y el aburrimiento de las largas esperas. En poco tiempo comencé a aceptar muchos de sus consejos y, en tiempos de exámenes, Don Baldomero acabó tomándome la lección de Ciencias Sociales con una paciencia bondadosa que me hizo resbalar algún notable. Era bastante piadoso, y cambiaba de pregunta en cuanto la cosa se ponía complicada. Cuando no sabía algo, una voz lejana principiada en el cuadro y me animaba a tener fe en mi mismo. De igual forma sucedía cuando alguna chica del Loreto me gustaba. Le preguntaba por ella y él siempre me aseguraba que todo iba bien y que, al final, aquella chica se enamoraría de mí. Mi fantasía volaba y aquel cuadro era la excusa perfecta para encontrar un onírico aliado. Pero claro, al final le acabé rechazando como a toda fantasía que rebajas a la realidad sin otro motivo que escuchar lo que quieres oir.

Confirmada nuestra amistad, Gonzalo me permitió entrar hasta su cuarto e incluso hasta alguna de las salas de aquella casa repleta de pasillos largos de parqué laminado de madera antigua que sonaba a leña quemada cuando los pisabas. Encima mío, los techos blancos, de adornos barrocos y cuidados, me recordaban, siempre que los miraba, a los merengues que de pequeño me comía en la Suiza, una pastelería de la Calle Arenal a la que a veces me llevaban mis padres los domingos después de tomar un caldito en el Lhardi. No pude pues charlar con Don Baldomero en el vestíbulo y todo se limitó a algún guiño de soslayo que le soltaba al entrar en la casa de los Santa Cruz. A Don Baldomero III, esto es, el padre de Gonzalo, nunca le incomodé. Era lo máximo a lo que se podía aspirar de un hombre tan escarpado y altivo, responsable de la única verdad, la que tenía que defender con cualquier mirada, saludo o refrenda paternal. A la madre, Nadia, una sevillana de, no podía ser menos, muy buena familia, nunca le caí bien. Aunque era encantadora, de sonrisa fácil, ojos inteligentes y simpáticos, resolvía sibilinamente cualquier situación, preguntándome cosas por preguntar, fingiendo un gran interés en conversaciones que, realmente, no le interesaban en absoluto. Aún así me agradaba su disfrazada cortesía. Era esbelta y guapa y siempre llevaba una cadena de plata de la que colgaba un crucifijo que se colaba por el canalillo de sus escotadas camisas y que más de una vez imaginé en mi boca mientras –imaginaba también- manoseaba sus vetados senos.

Se estableció entre nosotros un amor violento, tan real como mis charlas con Don Baldomero. No trabajaba y por las mañanas le daba tiempo a cuidarse en el gimnasio y a visitar las tiendas aledañas a su casa. Solía acudir a la iglesia de los jesuítas de la calle Maldonado, donde se reunían con otras madres para hablar sobre quién sabe qué. Luego, los miércoles, acudía a una casa donde varias putas, yonkis, sidosos y fauna arrepentida de su condición, lavaban sus penas mientras ella lustraba sus conciencias. Ocasionalmente, al volver a casa, tras escuchar a esa puta que se vendía para el pico, llamaba corriendo a los padres de Fani, la novia de su hijo mayor, Baldomero cuarto, “El Bali”.

La respuesta era siempre la misma: “No sabemos nada de ellos”. Ajeno a los jesuítas, a las llamadas de teléfono, a las tiendas de moda y a los paños de su bisabuelo, Baldomero cuarto, “El Bali”, se dejaba caer en un sueño de descampado árido después de que la chuta se clavase con torpe insistencia en su endeble vena. Nadia se frotaba la cara, vertía lágrimas sueltas que decoloraban su rostro; hasta su estómago recibía el remordimiento adulto y maduro, familiar y disciplinado, que le interrogaba a través de los comentarios que le hacía la puta de aquella casa. “Si yo hubiera tenido pelas y un pelín de suerte, nada de esto me hubiera pasado. Pero, ahora, quiero dejarlo. De verdad”. Y Nadia lo creía y creía que su hijo había dejado todo, “por eso le echamos de casa”, se decía, “para que él se diese cuenta de todo, para que creciese. Lo que si sé seguro es que a los otros hijos no les pasará. Por eso dejamos de viajar, de descuidarlos, para que no volviese a pasar. Quizá tenga razón papá y no haya sabido ser un hombre. Quizá viajábamos mucho por entonces, bajábamos tanto a Sotogrande, al Rocío… no sé”. Cogía la revista para olvidar, para pensar en otras cosas, “qué bargueño más mono, qué preciosidad. Voy a llamar a los padres de esta chica, su perdición, puede que sean gente rara, pero ellos me entienden más que cualquiera de las madres que van a la reunión, más que el padre Garral”. Él no tenía un hijo así, no sabía lo que era verle con los ojos desbocados, temblando, ocultándole luego para que no le viera su padre, “ya, ya sé que todos eran sus hijos, que todos eran hijos de Dios, pero ninguno salía de sus entrañas, eso queda muy bien, ´los hijos de Dios son mis hijos`, pero no eran sus hijos”, no lo eran. Ése cura no tenía que creerse sus mentiras, sus lúcidos embustes, sus afectos seductores que parecían estar dentro de él, y estaban, “porque era una chico que tenía el cariño como algo usual, una norma habitual a su personalidad”, igual que ella tenía ahora la hostilidad muy dentro de sí, la rabia, porque nadie sabía lo que era eso y todo el mundo hablaba de ello como si fuera tal cosa. Pero ella no podía sumergirse tanto en el chico, su padre no le quería ni ver, estaba muerto para él y ella también era esposa. Aguantaba el llanto, las lágrimas mudas mientras jugueteaba con la revista de decoración para sumergirse en el calor de la habitación marital, imán olvidado para el frío del descampado, calor y frío, cuánto sabía también de eso, de los sudores fríos y de los sudores ardientes, de espasmos, de centros agrícolas y llamadas telefónicas: “será Marta para ir a la Fundación, ¿diga?, ´su hijo se ha vuelto a escapar, con la chica ésa`”,… pero ya había luchado mucho, y no podía matarse, no se iba a matar porque siempre había tirado para adelante, con la ayuda de Dios eso sí, aunque a decir verdad nunca lo tuvo difícil, “pero bueno, cada cual con su destino, y mi niño, tan cariñoso, quiso perderlo, seguro que fue esa chica, era tan apegado, tan sensible, por lo menos ahora estoy con los otros en el círculo y les ayudo, busco la solidaridad tan perdida en estos días, igual que algunos se la darán a mi hijo, ya me lo dijo el padre Garral, “´así ayudas también a tu hijo`, y claro que lo hago, también ayudo a mi hijo, aunque le dejase marchar, también le ayudo a él, que Dios le guarde”, si Dios sabe de jeringuillas.

Durante una temporada, “El Bali” volvió a casa. Gonzalo estaba más animado. A veces nos bajábamos con él al parque del Retiro. Nos gustaban las historietas que nos contaba y no reíamos mucho con él. Era un tipo entrañable y simpático. Pero aquella efímera época dorada con “El Bali” duró apenas unas semanas. Volvió a robar a sus padres y volvió a marcharse. Gonzalo lo pasó mal, incluso flojeó en las notas. A mi también me dio pena pero no me extrañó. Según nos solía decir durante aquellos paseos por el Retiro  le costaba mucho entender la realidad, todo lo que le rodeaba le parecía vacío después de haber encontrado un sueño maravilloso.

Con todo, Nadia me trataba muy bien. Quizá fuera el escarmiento de lo sucedido con Bali, pero el hecho de ser el amigo de uno de sus siete hijos me dio el privilegio de acudir a la finca que los Santa Cruz tenían en Cáceres, a la de los Ayala, los Picón, los Montero y los Del Valle. Pero sus fiestas eran muy aburridas. Jugaban a ser clásicos, a tener cuarenta años cuando no habían cumplido los diecinueve, a hacer guateques, que no fiestas, con una educación casi castrense, una confianza familiar que no podían romper, una falsa rebeldía y fingidas borracheras, con temor sobre lo que se les veía venir si no cumplían; densos e insípidos como un bocadillo de patatas fritas, pegajosos, risa hueca. Mi vida carecía de momentos excepcionales. En el Pilar, con mis amigos y hasta en casa, todo era lineal, rutina pesada. Tenía apetito, que no hambre, de algo que rompiese aquella monotonía predecible, fuese bueno o fuese malo, algo que fundiese aquellas conversaciones en otros sonidos, que ninguno de mis amigos fuesen del Madrid o que ni siquiera les gustase el fútbol, que ninguna madre nos preparase la comida para acampar a escasos cien metros de la casa de Gonzalo o de Tomás, o de Luis, que nadie se fijase en el expediente académico del otro, en sus zapatillas o en su ropa deportiva y que ninguna misa aparentase violentar mi conciencia. Busqué una emoción que renovase la abyecta realidad sin reparar en el dolor que también podría revolotear mi pensamiento desequilibrando el mundo fácil que me engullía: lo pedía, lo rogaba, hasta soñaba salir de aquel vaivén aburrido. Mis plegarias fueron animadas por los primeros fracasos escolares que tuve y que supusieron también una muerte momentánea, sin ruidosas agonías, de mi amistad con Gonzalo. No bastó ni una mirada ni nada por el estilo. Fuimos más directos, más claros, tácitamente todo estaba dicho y no era necesario formalizar que Gonzalo no podía codearse con un primitivo como yo. A pesar de todo, siempre permaneció entre ambos una argamasa invisible que nos mantuvo unidos; o cerca.  Al marcharme a Estados Unidos, después de aquellos años ensordecedores que incrementaron nuestra separación, le llamé por teléfono para despedirme de él, para desearle suerte y para que siguiese en línea recta. Eso le alegró y en mis dos idas y venidas le volví a ver, volví a quedar con él e incluso a ir a alguna fiesta con su anodina compañía, su insulsa conversación, a la que, con el tiempo, acabé acostumbrándome.

Al entrar en la universidad y conocer a Ismael descubrí otras fincas en las que pasar los fines de semana.

Dos meses después mi madre volvió a acariciar mi mejilla, volvió a tocar su tesoro. Salían de casa cargados de maletas y con un pesimismo impropio de un viaje de placer. Era el regalo de mi padre a no se qué islas griegas. Yo permanecía sentado en la cocina mientras llegaba el ascensor. Mamá me miró sin fuerza ni ilusión, con el reclamo agónico del condenado, como pidiendo misericordia, una ayuda cualquiera. Se me antojó empujando a un niño blanco, manchado y feo, con motas anaranjadas y que lloraba lágrimas invisibles, percibiendo en ella aquél tierno sufrimiento del parto, nimio y placentero, al lado del que le caía encima: un dolor mucho más sutil y duradero que le estaba partiendo el corazón. Tardaron mucho en entrar en el ascensor. Papá se me hacía enorme al lado de ella; parecía que la iba a devorar. La apartó con delicadeza para cerrar la puerta del ascensor. Casi ni me miró y sin dejar de enseñar sus dientes depredadores me dijo de soslayo: “Cuídate, Nacho”.

4.-

Nos adentramos en un barrio de calles estrechas y un adoquinado antiguo y prominente que obligó a Ismael a reducir la velocidad de su moto. Calle San Vicente Ferrer: un bar triste con música triste, blues creo recordar, y tipos como nosotros que poco o nada teníamos que ver con la melancolía que se distribuía sobre aquellas mesas de mármol gastado profanadas por firmas, dedicatorias, dibujos y frases también ajenas a la chiquillada que allí nos reuníamos. La barra estaba a la izquierda de un pequeño vestíbulo que moría en un salón mediano repleto de jóvenes. Era un sitio oscuro, profundo, un túnel sin luz de salida, un escenario impropio para aquella actuación. Un ventilador aburrido y oxidado colgaba del techo como si nada fuese con él. Inmóvil, sin nada que contar, con la parsimonia de un enterrador en un funeral, se aliaba a unas lámparas de cristal a través de una tela de araña casi imperceptible que penduleaba presta a morir de un seco escobazo. Unos sillones repletos de cojines escoltaban a las mesas de mármol gastado.

Saludé  a algunos que conocía de verlos rodeando a Ismael  y que más tarde se aliaron a mí para vivir una juventud rica en despreocupaciones, preguntas banales y mitos absurdos que se crean para sobrevivir, para matar la insatisfacción, para inventar otra realidad. La música electrónica, la “fiesta”, Kurt Cobain, Induráin, la televisión, las pastillas y la farlopa con las que transgredíamos y en las que vaciábamos nuestras inseguridades, en la que nos envolvíamos como quien se enclaustra en una burbuja impenetrable. No había novedad por mucho que lo creyésemos, por mucha excepción que viésemos en nuestras brabuconadas; ya lo hicieron otros con las añoranzas del presente agónico, los mitos y símbolos de la adolescencia y la juventud ahora ya están en el desván de los palacios que habitan: la sesión continua, el Ché, Eurovisión, o el Madrid ye-yé; o como hacen en el cine: Rosebud, el árbol de la vida o Tragamaiz. Da igual, hay que tener alguna excusa.

Me dio cierto grado de aceptación aparecer con Ismael que saludó a todos con la simpatía arrogante que genera la popularidad por sectaria que sea. Esos chicos me resultaron más atractivos que nunca, despistados pero con un fin parecido al que yo tenía, con la retina y la mente apuntando a conversaciones donde las bocas no dejaban de reír, besar, fumar y beber, con unos códigos peculiares al hablar, muletillas rebuscadas y anglicismos que se impregnaron con facilidad en mi lenguaje. Algunos mantenían  formas y figuras bien alimentadas. Un acné de terciopelo sedoso denunciaba el bienestar aglutinado detrás, el dinero, los caprichos, los baños de agua caliente, la infancia de carpetas y mochilas nuevas, de seises de enero generosos, de vidas con guías y reseñas que detestaban repetir, que evadían cínicamente para sumergirse luego dentro de ellas con la facilidad que esconde una costumbre de miel y buenas noches, seguros, conscientes de que siempre podrían dar marchas atrás y rectificar, poner la mano y comenzar la carrera cien metros antes que los demás. Eran muy diferentes, a pesar de tener una cuna en cierta forma similar, a mis amigos del colegio.

Me tomé otra pastilla. El sabor agrio de química retorcida permaneció durante un tiempo en mi paladar.

Me fijaba con miradas rápidas en los cojines bordados de dibujos africanos que me atrajeron durante todo el tiempo que estuvimos en aquel sitio. Íbamos ahí por que Ismael podía hacer sin ningún peligro sus entregas más gordas. Estaba conchabado con el camarero, un barbudo que tenía un cuello grasoso, zarpas monumentales y una barba que le andropoizaba aún más. No disimulaba una barriga de una redondez de circunferencia casi de compás, abrigada por una camiseta blanca y fina de los Ramones mojada en un sudor denso y proletario que calaba el algodón sintético hasta vislumbrar la silueta del hoyo de su ombligo. Tenía una fatiga constante, un cansancio enorme, una pelea laboriosa, tan distinta a la que emitía mi padre con su eterna diatriba. Prefería mirarle a él, mirar la noche, que escuchar las cosas que pasaban por el día.

– Estudia hijo mío. A mi me costó mucho llegar a donde he llegado-, decía como sin insistir mucho en ello. Luego resoplaba y ponía ojos cansinos y volvía a resoplar con pereza como si hubiese concluido la reflexión sofista de algún teorema filosófico. – Uff!! – suspiraba como hacía cuando contaba lo de la pierna del padre Gustavo-, el primer seiscientos me lo compré con el dinero de… – y reía sin poder decir cómo se compró el puto coche. Creo que nunca le veía reír tanto como cuando recordaba aquello. Luego, exponía sus poderes para que me percatase y no sentirse culpable de cualquier descuido suyo, para poder justificarse si su hijo salía mal parado.

Si quieres vete a estudiar fuera, al extranjero o inténtalo en

ICADE. Yo te lo pago-.

Yo te lo pago. La sentencia favorita que daba pasaporte gratuito al reino de los triunfadores, de los responsables y surtidores luchadores cuyo canto utópico habían cambiado por un quejío fácil y etéreo y por una lucha amoral e intransigente, cínica y olvidadiza.

–  Yo te lo pago-, repetía esperando una respuesta, algún signo que le diese la tranquilidad para seguir comiendo.

Yo te lo pago. Y mi padre, claro está, acabó pagando. Primero mis estudios en el extranjero y luego su absurda justificación.

– Eran otros tiempos. Hoy todo es distinto, hay que luchar de otra manera,- solía decir cuando discutía con mamá en la comida.

“La empresa se ha declarado en quiebra: Los cerca de 3.000 trabajadores que se quedarán en el paro han iniciado movilizaciones para que se les pague, en principio, los salarios de seis meses que, aseguran, todavía les debe la empresa…”

Yo veía la televisión y entre aquellos variables tonos de voz sólo me despertaba para observar cómo mi padre renunciaba al calor de mamá con gestos impíos y maneras despreciativas. No es que mi padre no la quisiera (a veces me lo planteaba) pero en ocasiones parecía sentirse incomprendido por una mujer que no se amoldaba a las exigencias que papá denominaba nuevos tiempos o cosa así, a los turbios planes de Carlos Berner. Curiosamente, por esas paradojas de la vida,  estaba germinándose la figura de mi mejor aliado. Papá alimentaba mis deseos de que todo cambiase, de que también aquél hogar fuese alterable aún vislumbrando la posibilidad del lado más cruel de lo variable.

“Frenar la inmigración. Ése es el objetivo. Según el ministro no es falta de solidaridad sino de organizar económica y socialmente un país que sufre la desorganización y las mafias de los países más pobres”.

– Hay que estar muy bien preparado. La competencia es dura. Hoy la competencia, la lucha, es mucho más fuerte, hay que estar muy bien preparado.- Yo intercalaba la mirada entre la tele y las charlas de mi padre. Cuando veía que yo no escuchaba y que sólo disimulaba con un gesto de asentimiento, entonces papá me agarraba suavemente de la camiseta y la meneaba.

“…. el bombardeo ha producido cincuenta víctimas civiles y ha sido calificado como un éxito por las fuerzas aliadas”.

¿Te gusta la camiseta?-. Dejaba de comer y le prestaba toda la

atención aún sabiendo lo que me iba a decir:

-Sí claro que me gusta, por eso me la pongo.

– ¿Y las zapatillas?

– Si…

– Las zapatillas caras ¿no?-. Volvía a asentir con un gesto de falso

arrepentimiento por mis gustos.

“… las bolsas han registrado una notable subida en Estados Unidos

tras este primer ataque aéreo. Los mercado europeos también han reaccionado positivamente.”

– Pues para comprarte las camisetas y las zapatillas hay que ganar

dinero. Si no tienes dinero no puedes comprar y el dinero se obtiene trabajando, y cuanto más dinero tengas, más dinero querrás porque cada vez te gustarán las camisetas más caras ¿Entiendes? –, y yo volvía a asentir. Él cogía aire para continuar, se mesaba el pelo, bebía un poco de agua y continuaba reafirmando su teoría: – Y para eso hay que estar bien preparado, hay que llegar arriba para llevar las camisetas más caras y el coche más bonito y debes estar mejor preparado que todos los demás y ser más listo que todos, por que como haya uno más listo que tú, será él el que llegue y el que vista las mejores camisetas.

Me acordé de Villegas y casi me entró la risa, pero logré contenerme. Luego pensé en Gonzalo.

“Es el cuarto anciano que durante este verano ha fallecido en la más absoluta soledad. El fuerte olor que, desde hace unos días, se desprendía del piso, alertó a los vecinos que llamaron ayer por la tarde a la policía.”

Entonces colocaba la mano en la frente como secándose un sudor inexistente. Su rostro, ligeramente excitado, mudaba hacia una actitud más reverente que parecía constatar aquellas afirmaciones como si él no las hubiera hecho.

– Entonces hijo, dime ¿qué quieres hacer? – y levantaba el índice

señalando sin querer televisión.

“El empresario saldrá de la cárcel tres años después y sin que se

haya recuperado el dinero de los accionistas minoritarios. El pago de los veinte millones como fianza al juez, se realizó el pasado lunes”

– Hay mucha competencia y las cosas no son nada fáciles.-, repetía papá. Yo volvía a mirar hacia la tele mientras buscaba una respuesta.

“María José es una mujer de Hospitalet, Barcelona, que no le gusta que su hija, Vanesa, se ponga pendientes y aritos en su cuerpo. Para ella, lo que hace su hija es una obscenidad y es peligroso para su cuerpo. Buenas tardes, María José…”

Pero no encontraba respuesta; sólo la mirada desesperada e impotente de mi padre.

a. Quedó como recostada, dejando emerger sus pechos con delicadeza y estrechando su camiseta hasta mostrar un piercing incrustado en el ombligo.

– ¿Le conoces?

Algo he oído de él- mentí para no hacerla perder interés.

Prefería hablar de Boris, Sardá y Matías Prats-. Cuando dejé de tomarme en serio los estudios en literatura todavía estaba por “La Regenta”. No me daba ninguna solución. Me interesó pero no le vi ningún aquél a una que se enamora de un cura. Pero era muy buen estudiante, de verdad- advertí orgulloso señalándome los codos-. Lo que pasa que luego, claro, tú ya sabes…

–  Hay que creer en algo-. Tanta tontería me estaba incomodando. Empecé a sentir un calor que me pinchaba en la nuca y una excesiva energía en mi corazón.

Pues sí, para que nos vamos a engañar-.  Ya me angustiaba

seguir su conversación. Tenía ganas de reír y no encontraba un  motivo para hacerlo. Cambió de tema y descargó todo un elenco de palabras divertidas y miradas insinuantes. Sus labios se movían vertiginosamente, como un tictac que no me preocupaba tanto como el rodador que constantemente emitía en mi cerebro ideas y visiones impactantes. Las neuronas iban a explotar o al menos así me lo parecía. No estaban preparadas para analizar tantos pensamientos que se deslizaban en la bruma de mi conciencia sin gritos altisonantes pero con una densidad comparables a losas pringadas de gelatina, gotas de agua que caen sigilosamente, con regular constancia sobre la cabeza del torturado hasta romperle el cráneo, ideas que iban y venían, desaparecían y volvían a aparecer al igual que las penas caen sobre las personas, poco a poco; primero se aguantan, más tarde, todas juntas se hacen insoportables y cada pequeñez es sospechosa de ser el prólogo de una nueva desgracia.

Poco a poco emergí de aquel estado y Laura remitió. Le regalé un imán de mariquita. Ella se me quedó mirando entre sorprendida y absurda. Me dedicó una media sonrisa forzada y bruscamente desapareció para distribuir sus fresas con nata a otro comensal. Me sorprendió entonces su soltura al deslizarse entre la gente, a renunciar a la duda, a los silencios huecos, a escabullirse con elegante naturalidad; huidas tempestivas y aleatorias que fueron haciéndose familiares y características de su temperamento rosado: Apareciendo y desapareciendo ante la falta de nitidez de la noche, retirando la palabra con la misma facilidad que la daba.

Ismael estaba en la puerta del baño. Me hizo una señal con la cabeza para que me acercase. Nos metimos dentro. El cuarto de baño era blanco aunque parecía amarillo por la sórdida luz que salía de una bombilla polvorienta y sin fuerza que colgaba de un alambre que se estrangulaba a sí mismo. El lavabo estaba a punto de caerse  y uno de los grifos había desaparecido. En una esquina había  un indeterminado amasijo de suciedad acompañado de trozos de papel higiénico arrugados y moteados de sangre marrón. En el otro cuarto encontramos un retrete sin tapa. No había puerta entre un departamento y otro, por lo que tuve que vigilar mientras habría su cartera. La música de fondo la ponía la respiración agitada de Ismael y el ruido continuo y mareante de un agua invisible que parecía ser orquestada por la cisterna rota. De la cartera sacó un papel doblado, una papela. Dejó la cartera sobre la cisterna y dedicó toda su atención a aquella diminuta caja de papel, a ese pequeño ataúd blanco que abrió cuidadosamente. Con una mano sacó una tarjeta de la cartera y un billete de mil pesetas que me indicó que sostuviera. Volcó un poco de cocaína sobre la cartera y con la tarjeta fue machacando los granos más grandes. Se sonó la nariz. Su respiración era ahora más honda pero más pausada. No sé por qué pero me sentí como un pedófilo ansioso a punto de correrse mientras acaricia disimuladamente a un niño en un parque público. Hizo dos rayas de una precisión digna del premio del mejor dibujo geométrico para alumnos de cuarto de EGB del Pilar. Luego me pidió que enrrollase el billete de mil pesetas, lo ajustó con fuerza, y aspiró una de las líneas blancas que había hecho. Me pasó la cartera y con la voz ahogada, me dijo: “Dale, está de lujo”. Cogí el billete, lo desenrollé y lo volví a enrollar. Me metí el billete en una de mis fosas nasales y aspiré fuerte. Enseguida asocié la cocaína con gasolina en grano o al amoniaco, no sé muy bien. Fue un picor de fuego que me pasó por toda la nariz hasta adormecer mi garganta, una daga ardiente que se me clavó en mi tabique nasal.  Con el tiempo, toda aquella liturgia se iría convirtiendo en una sensación más que familiares, en una necesidad casi diaria. De “un día” a “como cualquier día”.

El problema no fueron las drogas, el problema fue que estando prohibidas, nosotros las teníamos gratis. Y que todo era demasiado fácil. Durante aquella época podíamos estar días enteros, entre semana, metiéndonos cocaína. Era una forma de escupir al destino, de ser alguien especial entre tanta normalidad. Apenas íbamos a clase, así que o nos íbamos a fumar porros en las praderas de la Ciudad Universitaria o a la ciudad a tomar cañas. Cuando íbamos a la ciudad, entonces era un tiro detrás de otro. Daba igual la hora, el lugar o incluso si nos apetecía o no; formaba parte de lo cotidiano como la oración de los creyentes, la corbata de los ejecutivos o el café del funcionario.

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