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MADRID Y EL CULO DE FRANCO

Me gustaría que esa urgencia de limpiar las calles de nombres franquistas fuese tan entusiasta como la de aniquilar la basura verdadera, esa que se ve y se huele –y más en verano- en algunos barrios de Madrid. Aunque, puestos estupendamente demócratas y antifranquistas, habría que pensar en cambiar el nombre al Parque Juan Carlos I, al aeropuerto Adolfo Suárez y al Estadio Santiago Bernabéu…

 Hay un cíclico fervor en algunos -que renace cada tres años más o menos-, por querer demostrar su antifranquismo. Ya sabemos que Paco era un dictador, los libros de historia así lo reflejan, los niños le estudian desde la distancia y ya se han eliminado sus estatuas. Pero ese Guadiana de recordarnos lo malo que era el Caudillo, vuelve ahora con esquinas y plazas.

El complejo de vedette justiciera e ideológica se extiende hasta el punto de que se considere anular a tipos como Dalí. Lo importante era que simpatizaba con Franco más que dibujar con atrevimiento y surealista originalidad. O que Agustín de Foxá o González Ruano, más que conjugar verbos y crear metáforas con maestría, eran esbirros serviciales del Movimiento cuyo secretario general fue, tiempo después, el autoritario, intolerante y cruel Adolfo Suárez tan apreciado por el Caudillo como Don Juan de Borbón y Grecia.

Obviaré a Torcuato Fernández-Miranda o al General Gutiérrez Mellado, pero sí hablaré de las seis Copas de Europa del Real Madrid, esas ganadas bajo la gran influencia española en el continente de De Gaulle o Chamberlain, dirigentes a los que les gustaba tanto el fascismo que le concedían goles a uno de los mayores tiranos del balón: Alfredo Di Stefano a quien, por cierto, fichó Santiago Bernabéu, reconocido franquista cuyo estadio habría que destruir por símbolo del holocausto futbolístico de otros clubes. En ese espacio se construiría un parque en memoria de Gárate y Kubala. Muchos suscribirían esta idea. Ay!

Me alivia saber que la alcaldesa de Madrid dijo que ese plan llamado de “memoria histórica” –la memoria no es presente ni es futuro, es siempre histórica, pero bueno- no era una de sus prioridades más urgentes. En caso de serlo habría que borrar  muchos nombres y meterlos en el cajón del olvido o del deshonor como, por ejemplo, aquella corte literaria de José Antonio. Además, no valdrían los poemas de Luis Rosales, las novelas de Torrente-Ballester o los estudios de Laín Entralgo. Me llama la atención que se plantee no reconocer a aquel grupo de españolitos –entre los que se encontrabna Luis García Berlanga o Luis Ciges- que fueron a luchar en tiempos convulsos con la División Azul a la entonces Unión Soviética. Unos héroes que, más allá de ideologías, sobrevivieron o murieron en las frías estepas y a los que se les quieren borrar hasta de la nieve siberiana. No entiendo porqué, la verdad.

Que se dejen de tiempos falsamente memorísticos y empleen el tiempo que les pagamos en cosas más de calle: que limpien las aceras y el asfalto de una ciudad como Madrid, a la que amo con pena y paseo con tristeza – a veces hasta con ira- al contemplar el hedor  y el descuido en que se encuentra. Esperemos que, como decía la chanza infantil -que a lo mejor algún día se plantean borrar de nuestra memoria-, dejen mi villa y corte como el culo de Franco: blanco, blanco, porque su mujer lo lavaba con Ariel.

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