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LUJOS ELECTORALES

LUJOS ELECTORALES

Nacemos y adivinamos la vida desde bebés, con canciones o susurros cadenciosos que llamamos nanas y que supuestamente nos tranquilizan. Luego nos cuentan historias mágicas que nos sorprenden y nos adormecen. Pasado un tiempo, nos sentamos en pequeñas mesas para pintar con colores aleatorios nuestro vago e incomprensible concepto de la realidad. Podríamos decir que pisamos el mundo con tres cosas que nos inculcan desde antes de ser verdaderamente conscientes de nuestra presencia, de nuestro ser: la música, la literatura y la pintura.

Siempre me ha llamado la atención y me ha sorprendido que mucha gente desdeñe aquellos tres lujos placenteros. Sin  embargo podría jurar que los pocos que lean esto, tendrán historias semejantes a la mía: yo nací escuchando nanas, como todos los niños; luego historias de brujas, piratas y pulgarcitos.  Y también pinté. Recuerdo, especialmente, una pintura. En la pizarra que tenía en mi cuarto mantuve durante una semana el particular y apócrifo mapa del mundo que había dibujado. Tuve un brutal berrinche cuando mi hermano, harto de tantos colores y geografías imposibles, me borró ese planeta:  ”No llores anda, que esto que has dibujado no es el mundo”. Bueno. No era el mundo pero era mi mundo, el que yo había inventado. Allí posiblemente debí de darme cuenta –hoy todavía necesito para ello más de un golpe – que tenía que enfrentarme a un lugar común e incluso participar de él y que aquel mapa de pizarra vagaría por los mares de las infancias olvidadas.

Aun así trato de rememorar aquellos años cuando veo a algún niño al que envidio al saber que disfruta diariamente de  esos tres lujos que parece que hoy han quedado en el silencio. O mejor dicho: despreciados,  desprestigiados, de otro mundo, al alcance de muy pocos.

 Así lo confirmo cuando nuevos y viejos vientos, nuevos y viejos políticos, vienen a gestionar el tiempo venidero. En esta campaña electoral ninguno menciona -aún fuera de refilón- el teatro (literatura) los conciertos (música, ballet, ópera) o a los museos o el cine (pintura). Estas acciones mantienen ahora un impuesto de lujo añadido. Me entristece que los futuros mandatarios hayan olvidado aquellas nanas, aquellas historias, sus propios mapas. Quizá no deberían desdeñar su infancia. O mejor, deberían haberla desarrollado un poco más. Aunque eso debe de ser un factor poco rentable electoralmente, un lujo que no se puede permitir un importante candidato a gestionar infancias perdidas.  

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