RECETA PARA VENDER EL INSOMNIO

En las tinieblas, cuando nadie habla,
mi cuerpo grita su cansancio, su derrota,
mi mente traviesa y juguetona
mantiene la llama de las preocupaciones cotidianas.
Los ruidos que deja la velocidad del día,
las huellas efímeras del camino.

Entonces me zafo entre las sábanas,
los movimientos de mi cuerpo y los destellos de sudor.
O del frío que hace que mis ojos no reposen
y que mi lengua esté siempre seca o mojada.

Enciendo la luz, bebo agua, leo, releo y vuelvo a
caer en la oscuridad con la esperanza de los ilusos.

En esa lucha secreta,
recupero los sueños imposibles,
y es entonces cuando me dejo ir a un tiempo que nunca existió,
a un lugar al que nunca fui.

Por ejemplo al Santiago Bernabéu. Por ejemplo me convierto en media punta del Real Madrid.

Me enamoro de una mujer esbelta y elegante, lápiz,
que me ama y que me adora, que me aporta y me comprende,
una mujer de sonrisa dulce y amapola.

Luego doy un concierto al piano, otro al violín y luego dirijo la orquesta perfecta.

En ocasiones me cuento historias que nada tienen que ver con mi quehacer diario, con la cordura y el atropello de lo que llamamos normalidad.

Resucito a mi padre mientras mi madre canta su alegría,
juego con mis hermanos y a mi hijo lo convierto en un hombre feliz y contento.

Al salir de mi cuarto, espanto a las palomas, voy a por el balón y con unas botas nuevas, me bajo con mis amigos a jugar al parque.
A la carrera río y como caramelos.

Cuando me canso de dar patadas al balón,
engancho la bicicleta para que “Tigre” me persiga ladrando por el jardín de la casa de Las Navas del Marqués.

Pedaleo hasta llegar al río y me baño desnudo con aquellos amigos hoy ya perdidos por el camino que se recorre a través de los años.
Al llegar a casa, me como una bamba de nata y chocolate.
Con el estómago lleno, cansado de tanta batalla,
mis párpados vencen y mi mente sonríe.
Es entonces, cuando nadie habla,
cuando recupero al niño que fui,
cuando duermo plácido, alerta, claro, de no mearme en la cama.

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