Tesoros

 

TESOROS

En la verbena de los días,

en la costumbre en que vivimos,

esa que derrotamos en cada noche, en cada gesto,

también podemos avanzar.

Musita la piel,

es el lienzo del corazón y el pincel de la conciencia,

la que nos espejea aquél murmurante baño con las sombras de los hermanos,

cuerpos mojados, desnudos y visibles.

También en el salón, la televisión, la cena, él, ella, nosotros.

Y allí está el origen, con el que pintamos.

El calor se desnutre,

pero los trazos toman fuerza aunque finjan desaparecer,

aunque ya no podamos beber risas y desengaños,

dudas u osadías de colores.

Revierte en pasión y en tedio,

y hasta en mentira…

Y luego colocamos lo sentido,

 siempre alborotado,

puzle vital de amargo ayer, de dulce mañana,

de dulce ayer de amarga mañana.

Sin tesoros no sobrevivimos porque pueden deslumbrar la pequeña historia que bordamos y que debemos volver a mirar.

Qué vamos a hacer si mirando en redondo todo es tuyo;

Abatidos metales sin retorno

La daga certera del valor quedó maltrecha y oxidada y los batallones que lanzamos al viento fueron vencidos en la desesperanza.

Nada flota en tu mirada y hay que respirar.

Purga vida el recuerdo, revisa cuando todo es grito y nada es palabra

Tú, que llegaste como un torbellino y arrastraste mares y montañas

ahora me ves caer.

Trato de levantar sin aurora que salve la luz,

esa en la que tú me amaste sin cadenas como un  huracán que destroza sin dejar más calor que el que ya se ha ido

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MONCLOA BIEN VALE UN BAILE

Los políticos españoles han pasado, en unos meses, de la hierática tele de plasma y de la rigidez distante de sus escaños, a menear el bullarengue como enfervorecidos seguidores de “Siniestro Total”. Moncloa bien vale un baile, parecen haber pensado. Incluso “la vice” ha llegado a confesar en “El hormiguero” los dotes de candidato a “Mira quien baila” de su insípido jefe. Soraya Sáenz de Santamaría, después de mover la pierna, de mover el pie, de mover la tibia y el peroné, de mover la cadera en televisión,  se ha marcado la frase que denota que todo vale con tal de recuperar los kilómetros perdidos: “Rajoy, es muy bailongo”. Y tu culo es un futbolín, Sorayita, pensé nada más escucharla.

 Posteriormente di complacida veracidad a la frase y me rasgué a jirones los pelos del cacerolo al visualizar aquella afirmación. No pude más que sentir vergüenza ajena al imaginar al descoordinado Mariano dejándolo todo en la pista con desmelenada y, seguramente, artificial soltura. Todo por un voto.

Pero hay más y, si cabe, todavía peor.

 Insulta más a la inteligencia que Soraya, persona que gestiona –mal o bien, eso ya es lo de menos cuando se entra en el circo de manera tan patosa-, llega a decir que a ella le gusta la música de los ochenta “de la mala”. Viene decir que, entiendan ustedes, soy una mediocre como los votantes perdidos que estoy buscando. Yo confieso, dice, no tengo gusto musical. El otrora verso libre y siempre selecto melómano Ruiz-Gallardón debió de tener un ataque de risa que le dejase los pelos tan afilados que ni la gomina más ruda los tumbase. Intuyo en Soraya un mensaje subliminal y burdo de cara al 20-D: deja claro que “ellos”  son normales y que no solo bailan, sino que son “muy bailongos” (más que Iceta que ganó escaños con su “chiquitistada”, parece decir)

Sí, Moncloa bien vale un baile, así que vayan desdeñando a Tamara Rojo, a la CND a la que han reducido la subvención y a los “pijos” que pagan las entradas para ir al ballet o a la ópera aumentadas por el IVA cultural. Y a los que van a conciertos de indie, rock, punk o flamenco. Si no es malo, no mola, no es nuestro voto necesario.

Confieso exceso de celo con el PP pero creo que este hartazgo de estupidez planeada –y eso es lo peor, que detrás hay asesores que la incitan a decir lo que dice- también se extiende a otras formaciones tan tendentes, como todas, a las fanfarrias.

Me queda un consuelo: estos políticos tienen dos meses para hacer cabriolas para obtener nuestros votos. Y lo que más me gusta es que la danza seguirá después del 20-D porque, según todas las encuestas y proyecciones de votos, tendrán que bailar pegados para alcanzar La Moncloa. Que se lo curren, que la fama cuesta y hay que empezar a pagarla. Danzad malditos. Pero al son de nuestra música. De la buena, por favor.

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Aquellas pequeñas cosas

   Mi padre había comprado una cadena de color platino y le había regalado tres discos a mi madre. Hasta que no tuve cierta edad no me dejaron utilizarla. Por fin un día, me enseñaron cuatro claves: cómo encenderla, cómo colocar la aguja en el disco, ponerme  los cascos y a pasar la tarde. Uno de ellos era un álbum con una caratula de cartón en la que aparecía un melenas sonriendo con un cerilla encendida. Dentro, cuatro discos. De allí salieron mis primeros recuerdos de sentir un placer maduro por la música, por la belleza de la palabras y por encontrar sueños secretos pre-adolescentes.
   En aquellas tardes no sólo me enamoré de Lucía, me compadecí de Penélope y me imaginé cantarle el «Poema de amor» a otra que nunca conocí. Además me di cuenta que cuando se quiere bien a una mujer ella no necesita deshojar cada noche una margarita. También conocí y descubrí a dos poetas tan fundamentales y avanzados a su tiempo como poco leídos: Antonio Machado y Miguel Hernández: Disfruté y diseccioné las «nanas de cebolla», la España de charanga y pandereta que también queda escrita en la Muerte de Don Guido y me introduje en un enigma tan misterioso como emocionante, de infinito aprendizaje: la poesía.
  Luego vinieron otros discos: los de los The Beatles de mi hermano mayor, los de Kaka de Luxe y Radio Futura de mi hermana y los que yo me fui comprando después de aquel de – yo confieso-  Nika Costa, que pedí a los Reyes Magos años antes. También aprendí parte del poco inglés que sé con los versos de Lou Reed, Bowei o los The Clash. Sin embargo ningún disco me infunde tanta nostalgia y ternura como aquél álbum de oro de Juan Manuel Serrat.
  Hoy me he acordado nervioso de ese tren con boleto de ida y vuelta al comprar un par de entradas para el próximo concierto de Serrat. Y cuanto más se acerca la fecha, más me conmuevo al igual que aquel niño según se acercaba la hora de enchufar la cadena de falsa plata. Pero no sólo me genera expectación el concierto, sino asistir de la mano de mi madre: aquella mujer que, entonces, me decía siempre que guardase bien ese disco que todavía conservo. Me entusiasma volver a encontrarme con aquellas pequeñas cosas que no han matado ni el tiempo ni la ausencia, volver a ese tiempo de rosas que, claro, me hará llorar, cuando nadie me vea. Excepto mi madre, que me verá. Pero no me importa: ella ya ha visto mis lágrimas mucho antes de que yo escuchase a Serrat.
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SOY UN MAL PADRE

SOY UN MAL PADRE

Mañana voy a recoger a mi hijo de un campamento de inglés después de 12 días sin apenas saber nada de él. No sé que hará al verme, porque está en esa edad en la que no sabe si besarme, abrazarme o saludarme distante con la mano ante las miradas de sus amigos y amigas pubescentes. Seguramente hará un «max-mix» discreto y correcto. Pero yo, que soy perro viejo y un psicópata frío y calculador, esperaré a llegar a casa. Entonces, ansioso de cariño y de estrujamientos filiales, le enseñaré la camiseta que le he comprado: la de Stephen Curry, el base de los Golden State Warriors, MVP de este año de la NBA y al que ya admira bastante más que a su padre. Entonces, apuesto cien a uno, a que el chaval se olvidará de sus granudos colegotes de voces cambiantes, apuesto doscientos a uno a que abrirá sus ojos, tocará su camiseta, se la pondrá y me dirá: «Eres el mejor papá del mundo». Ja!. Y entonces me comerá a besos y a abrazos, sin manos distantes ni mariconadas pubescentes. Sí, soy un mal padre, un maleducador que compro sus abrazos, un tirano chantajista de sentimientos. ¿¡Qué pasa!? Y que viva el consumismo que me deja disfrutar de esos besos que la lógica de la vida me irá negando cada vez más…
… aunque luego vuelvan más besos y más abrazos y se le pase esa puñetera edad que todos hemos vivido.

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MADRID Y EL CULO DE FRANCO

Me gustaría que esa urgencia de limpiar las calles de nombres franquistas fuese tan entusiasta como la de aniquilar la basura verdadera, esa que se ve y se huele –y más en verano- en algunos barrios de Madrid. Aunque, puestos estupendamente demócratas y antifranquistas, habría que pensar en cambiar el nombre al Parque Juan Carlos I, al aeropuerto Adolfo Suárez y al Estadio Santiago Bernabéu…

 Hay un cíclico fervor en algunos -que renace cada tres años más o menos-, por querer demostrar su antifranquismo. Ya sabemos que Paco era un dictador, los libros de historia así lo reflejan, los niños le estudian desde la distancia y ya se han eliminado sus estatuas. Pero ese Guadiana de recordarnos lo malo que era el Caudillo, vuelve ahora con esquinas y plazas.

El complejo de vedette justiciera e ideológica se extiende hasta el punto de que se considere anular a tipos como Dalí. Lo importante era que simpatizaba con Franco más que dibujar con atrevimiento y surealista originalidad. O que Agustín de Foxá o González Ruano, más que conjugar verbos y crear metáforas con maestría, eran esbirros serviciales del Movimiento cuyo secretario general fue, tiempo después, el autoritario, intolerante y cruel Adolfo Suárez tan apreciado por el Caudillo como Don Juan de Borbón y Grecia.

Obviaré a Torcuato Fernández-Miranda o al General Gutiérrez Mellado, pero sí hablaré de las seis Copas de Europa del Real Madrid, esas ganadas bajo la gran influencia española en el continente de De Gaulle o Chamberlain, dirigentes a los que les gustaba tanto el fascismo que le concedían goles a uno de los mayores tiranos del balón: Alfredo Di Stefano a quien, por cierto, fichó Santiago Bernabéu, reconocido franquista cuyo estadio habría que destruir por símbolo del holocausto futbolístico de otros clubes. En ese espacio se construiría un parque en memoria de Gárate y Kubala. Muchos suscribirían esta idea. Ay!

Me alivia saber que la alcaldesa de Madrid dijo que ese plan llamado de “memoria histórica” –la memoria no es presente ni es futuro, es siempre histórica, pero bueno- no era una de sus prioridades más urgentes. En caso de serlo habría que borrar  muchos nombres y meterlos en el cajón del olvido o del deshonor como, por ejemplo, aquella corte literaria de José Antonio. Además, no valdrían los poemas de Luis Rosales, las novelas de Torrente-Ballester o los estudios de Laín Entralgo. Me llama la atención que se plantee no reconocer a aquel grupo de españolitos –entre los que se encontrabna Luis García Berlanga o Luis Ciges- que fueron a luchar en tiempos convulsos con la División Azul a la entonces Unión Soviética. Unos héroes que, más allá de ideologías, sobrevivieron o murieron en las frías estepas y a los que se les quieren borrar hasta de la nieve siberiana. No entiendo porqué, la verdad.

Que se dejen de tiempos falsamente memorísticos y empleen el tiempo que les pagamos en cosas más de calle: que limpien las aceras y el asfalto de una ciudad como Madrid, a la que amo con pena y paseo con tristeza – a veces hasta con ira- al contemplar el hedor  y el descuido en que se encuentra. Esperemos que, como decía la chanza infantil -que a lo mejor algún día se plantean borrar de nuestra memoria-, dejen mi villa y corte como el culo de Franco: blanco, blanco, porque su mujer lo lavaba con Ariel.

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Átomos de tránsito

ÁTOMOS DE TRÁNSITO

Vivimos en el entretanto rebosante de risas huecas,

somos minúsculos porteadores de belleza pasajera y pluma.

Secos ya.

Nos dibujamos con contornos protectores por el miedo a mirar el abismo de nuestra infelicidad.

Reforzamos la molécula muerta que nos vio nacer para sobrevivir al egoísmo y al cobre que abrazamos.

Y así habitamos los días mustios que son todos nostálgicos de tirachinas y dulces.

Pasamos como linces sin saber que somos manada de una selva que necesitamos,

en la que depredamos sin pudor a nuestros iguales.

Ayer fue la gloria y el mañana es la buscada conquista silenciosa.

Volvemos cuando tiembla el puente que cruzamos,

al recordar los ojos del amor primero,

la pureza de los columpios y las calles.

Y pensamos: ¡Qué lástima la codicia de entonces!: la madurez

Basta la mirada de los hijos,

para reinventar el júbilo pasado,

basta la esperanza para salir a flote,

ser una esquirla de estados excepcionales,

para saber que no somos grandes ni eternos,

pero que somos algo,

aunque tan solo seamos polvo de la nada: átomos de tránsito en la inmensa mezquindad de nuestra historia caníbal.

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Rock and P.I.B.

Rock and P.I.B.

Entre acordes musicales empezaron a salir cifras que nos hacían pensar a todos los asistentes. La primera fue demoledora: el coste del fraude fiscal supera todo el presupuesto destinado a la sanidad. Un dato que  se deplegó al poco de empezar el concierto organizado por Intermón Oxfam en Madrid. Marlango abrió el tapete en reivindicación de un mundo “un poco menos desigual”. Sonó la mestiza “Semilla Negra” en la sensual voz de Leonor Walting cuando ya nos habían contado que el PIB de Namibia había experimentado una importante subida. Crecía el PIB sí, pero también aumentaba considerablemente la desigualdad en el país africano. Algo parecido pasa en España donde ese indicador –el PIB- que teóricamente mide la riqueza del país, crece mientras vemos que la clase media se cae en un agujero aritmético: los ricos son más ricos y los pobres más pobres, según organizaciones tan dispares como Cáritas y la OCDE. Un PIB que, eso sí, sirve para que desde Bruselas los próceres de esto de la economía alaben nuestras reformas y los mercados nos saluden por el pasillo de vuelta del retrete.

Los cada vez más geniales León Benavente sacaron la «Bandera blanca» de Franco Batiato en versión leonesa y pensé entonces que quizás es tiempo para enarbolar el trapo inmaculado y pedir a economistas y mentes pensantes, cambiar un poco tanto cuadro macro que tapa disimuladamente nuestras vergüenzas. ¿Podrían inventar algo más doméstico y realista? Cuando escucho PIB, me acuerdo de los justificantes falsificados que se entregaban al profesor después de hacer pellas en el cole. Puede que el crecimiento del PIB sea a costa de los más y en favor de los menos o que –seamos benevolentes- la respuesta no interese encontrarla. Aunque Marc, de Dorian, tras un directo encomiable, daba un grito de desconfianza basada en la historia: cuando se inició la Revolución Francesa muchos decían que era imposible. Buen apunte. O como dijo Michael Corleone: Si algo nos ha enseñado la historia es que se puede matar a cualquiera.

 Vetusta Morla –siempre están ahí- junto a Second daban más luz a la búsqueda de unas palabras y guitarras en pos de una igualdad posible. Hoy, mientras escribo esto, leo que el FMI pide a España más reformas, subir más el IVA y abaratar el despido. Pero, en fin, esa es otra historia. Como la creciente tendencia de Sidonie al pachangueo. Me pregunto si los otrora reyes del indie español acabarán haciendo una versión de «Paquito el Chocolatero». Deberían también revisar el indicador de su riqueza musical.

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ABECEDARIO DE LO NUESTRO

ABECEDARIO DE LO NUESTRO

 

Empiezo por la “a” minúscula, porque así empezó todo.

Es una “a”, curvada y coqueta, que deja un guiño ascendente antes de dejarse morir.

Atrevida ella, no sabe a dónde va.

Puntos suspensivos cobardes, pero interesantes,

con música pausada en el corazón o en la mente soñadora.

 

Es el polvo de una noche: aquí no hay amor.

 

La “a” minúscula es así, nunca se sabe.

Siempre deja su órbita incompleta por si después de todo se puede volver a escribir.

 

Paso de la “b”, de la “c” y de todas esas letras pelanduscas,

engatusadoras de taberna que podrían decir mucho y no alcanzar significado alguno.

Muere la sofistería, no es tiempo de gráficos banales.

Hoy, se van a callar los retóricos.

Patinan, se deslizan, olvido.

No quiero que rasguen con sus cuchillos cortinas de ducha sin  mujer desnuda.

 

Llego hasta la “m”, con sus montañas orgullosas y arrogantes pero huecas en su esencia… Blancas, vacías.

Dos mellizas fanfarronas que sólo saben acompañar al misterio de lo que está sucediendo.

Suenan bien, dan  fuerza y calor, pero son fuegos de artificio.

Me hacen dudar.

Son el inicio de la palabra “mierda”.

También son la base de la palabra “mamá”.

Habrá que tenerlas en cuenta…

 

¡¡¡¡¡¡Ooooooh!!!!!!!!!!!

¡Si es ella!

¡¡¡¡¡¡Sí!!!!!!!. ¡¡¡¡¡¡¡Es ella!!!!!!!

 

Completa y redonda, nos habla de lo que hemos descubierto:

una exclamación y una sorpresa,

a veces falsa y otras veces perfecta, siempre alegre y bonachona.

 

Ella, dada a la Obesidad, a la Obscenidad y a la Osadía.

Me Obnubila tu Orografía Ornamentada y Ovalada.

Me quedo contigo, bonita “O”.

“O” circulada, sincero compás.

 

Luego llegaste tú, la que termina este Ruego.

Rabiosa, Ruidosa, Reventota y Radiante.

Ronco a tu lado, Riendo y Rugiendo,

porque éste poema, porque esta canción, Reina, ya se acabó.

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UN SILBIDO

UN SILBIDO

 

Como un silbido es el alma.

Limpia, cortés, voluble y resbaladiza.

Un sólido que pasa a líquido y luego a gas sin ecuación posible.

 

Como un silbido es el niño pequeño que lanza contento su muesca mientras mata con sus dedos de pistola inventada,  mariposas y abejas picajosas del campo.

 

También es el lamento matutino de los pulmones,

el que te recuerda que fumas mucho,

el que te condena a la incomodidad:

no siempre ella es una alegría brotada sin conciencia.

Sirve como pena que tabula entre hierros calientes que no se pueden atrapar,

y vale como intrincado laberinto en el que nos pesa entrar.

 

El alma es el reconcome después de haber explotado  donde no debiste explotar.

No es fácil, no hay trayecto.

 

Pulula salvaje entre el aire y las primaveras, rodea el todo,

viaja hasta las estrellas, dibuja con ellas,

navega por el universo como un Nexus,

se aburre de Orión y un día la encontramos en cualquier lugar:

en una farola, en los pechos deseados, en los encontrados,

o en un funeral triste y sentido.

O en un despertar de domingo de resaca.

 

Es una traviesa hogareña, una escapista de nosotros,

un escondite al que no acudimos porque hay que dormir ocho horas, trabajar, correr: una música sin partituras que no se puede descargar por internet ni comprar en el mercado negro.

Una voz cómica, viva y también incómoda de escuchar.

Un silbido, sin más.

 

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DESNUDOS EN PALACIO

Desnudos en Palacio

 

El sábado Vetusta Morla se presentó ante 15 mil gargantas en pelota picada. Mostraron sus atributos más íntimos y al estilo del gran Rocco Siffredi iniciaron una cópula de más de dos horas mientras parecían decirnos: tomad lascivos, esto es lo que hago y lo que soy: pasad un buen rato con mi cuerpo. No lo olvidaréis, seres vulnerables.

Desde el principio y al estilo de una gran banda, desarrollaron con ejemplar profesionalidad los temas que desde el inicio han hecho que el éxito les haga ojitos con respeto. El éxito tampoco se fía mucho de ellos, porque al fin y al cabo los chavales han labrado la tierra desde hace años y eso se nota: no son niños monos con estribillos de Super Glue , sino campesinos de manos agrietadas que recogen cosecha después de años en el campo. Y eso se nota y fue lo que mostraron en un Palacio que cada vez tiene más Reyes. Se despelotaron y, es de agradecer, recorriendo gran parte de su creativa artillería sin centrarse en sus últimas piezas.

La voz de Pucho, cada vez es más armónica y personal, está en trabajo permanente, como el ejecutivo que empolla las últimas tendencias de managment o el empleado que se recicla en cursos de nuevas tecnologías. La palabra “trabajo” estuvo tan presente como la de la honestidad: no hay engaño en su propuesta. Sus letras están inundadas de una imaginería visual y abierta, con múltiples sugerencias muy pegadas a la actualidad, universos comunes que invitan a la reflexión y que vomitaron, precisamente, la noche en que había que pensar qué papeleta meter en una urna.  Lograron más que nunca –me gustaría saber qué opina de ellos Radiohead– una atmósfera mágica de recesos embaucadores, de neblina musical que luego rompían en excelencia de percusión para penetrarnos en comunión perfecta.

El sábado nos dejaron en Palacio un orgasmo de honestidad, creatividad y trabajo, detrás del que también se esconde el buen hacer de otros: la puesta en escena fue grandiosa sin ser grandilocuente. Porque para el gran polvo que nos echaron a 15 mil miserables, no sólo sirve buena música, también quien te animen y te de seguridad para desnudarte y a follar sin reparos.

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