MI AMIGA LA MUERTE (A mi padre)

Con un pareo en verano o con gabardina en invierno,
vestida de largo para las ocasiones de postín,
mi amiga la muerte tiene mucha vida verdadera.
Sabe reír, sabe llorar y vuela como ninguna mujer lo hace.

Ama sin poder amar y llora en silencio su seducción fracasada.
Es una romántica que navega por los hospitales, las carreteras y las guerras.
Se encuentra con quienes coquetean con ella sin tomarla en serio,
la viven quienes matan y mueren en nombre de otros amores que no existen.
Los aburridos y los que perdimos, pensamos en ella,
pero no se lamenta.
Mi amiga la muerte no da el coñazo al personal con sus penas y sus problemas de corazón,
aunque todavía sueña con que algún suicida con dos cojones la retire del oficio.
Pero ya se la pasaron los tiempos de ir de auténtica y además el Ayuntamiento ha puesto mamparas en el Viaducto.

A esa señora, con su pareo en verano o su gabardina en invierno,
nunca la puedes tener porque nunca deja de ser ella.

Habla muchos idiomas, practica mil religiones y sabe comportarse en público.

Le gusta la mayonesa cortada, el caballo con farlopa y el desengaño se lo chuta como vino barato.
Hace puenting sin cuerda y cuando se corta las uñas se pone tan nerviosa que la tijera se le escurre hasta destrozarse las venas.

Mi amiga la muerte juega al mus de puta madre, pero cualquiera le ve un órdago.

Sabe que es el absurdo y la tercera esencia de la naturaleza y nunca miente,
no tiene por qué, tiene mucha vida verdadera.

Zalamera y coqueta te guiña el ojo de vez en cuando.
Mi amiga la muerte sabe que de nada nos sirve llorar ni llevar la razón.

Con un pareo en verano o con gabardina en invierno,
vestida de largo para las ocasiones de postín,
mi amiga la muerte tiene mucha vida verdadera.

Sabe reír, sabe llorar y vuela como ninguna mujer lo hace.

Mi amiga la muerte me llamó un día por el interfono para tomar una copa.
Me dijo que se llevaba a mi viejo de repente, como quien no quiere la cosa.
La vida no hizo nada y eso que mi viejo le dio mucho a la vida.
Pero la vida es una niña pija y caprichosa que te engatusa y que nunca deja propina.

A mi viejo le rebañó el plato y casi ni le pagó.

Desde entonces me paseo por Madrid y en cada esquina veo el amor de mi viejo y su mirada de hombre bueno.

Un día de otoño me volví a encontrar a la muerte en un taxi que cogí en la Puerta de Alcalá y con la risa de mujer viva e inteligente me susurró: “Juanito, volverás a ver a tu viejo cuando tengas un hijo”.

Mi amiga la muerte es tan sabia que todo el mundo la tiene miedo
y nadie sabe que lo que la pasa es que no quiere tener un novio legionario.

Un día le presenté a la vida y me puso cara de nostalgia y de amor perdido.
Luego, con orgullo de mujer rechazada, tomó las de Villadiego.
Yo me quedé con la vida porque me divierte más aunque no me jure amor eterno y aunque no deje propinas a los hombres honrados.

Mi amiga la muerte no entiende de alquileres, siempre compra o vende.
A ella no la preocupa ni el índice Nikei, ni el Real Madrid, ni las nuevas tecnologías, aunque se descojona con los discursos sobre el Estado de la Nación.
Sabe que los muertos que viven tienen una muerte de infelicidad que es mucho más pobre y dolorosa que la que ella puede regalarles.
Cualquier día, en cualquier esquina, te envuelve con papel de Crisol y se hace un regalo cojonudo.

Con su pareo en verano o su gabardina en invierno
ella sabe muy bien que en pelotas no somos nadie.
Mi amiga la muerte tiene muchos defectos,
pero no es plan contarlos aquí porque esto es un poema de amor.

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