ESA NOSTALGIA ASESINA

Aterrizó en silencio como si se tratase de un desmayo,
con ése aire decaído y discreto
se plegó entre mi atmósfera despistada.

Y bostezó. Acababa de despertar.

Era un día de bruma y bochorno,
en la distancia, desde el olvido;
un día de fotografía en blanco y negro,
de música lenta al piano.

Pasaron los días y mantenía su renuncia a evadirse,
a negarme la negrura pausada de su soledad,
de su bella tristeza.

Así que se puso junto al fuego a buscar su calor en mí.
Se acomodó. Así lo quiso:
se llamó infancia y luego adolescencia,
buceó en la claridad perezosa de tardes de estío
e incluso inventó una historia de otro tiempo, de otra vida,
de ese amor que sólo veo en sueños o que no fue posible.

Fue entonces, mirando sosegado al mar,
cuando creció entre ambos el recuerdo de tus últimas caricias.
¡Maldita mentira! No pude hallar tu rostro.
No había teléfonos, ni luces artificiales,
ni pertinaces máquinas tecnológicas
sólo la memoria perdida, inconcreta, manchada de ti, corriendo hacia mí.

No hallaba tu rostro y el recuerdo me traicionaba, .
en la distancia, desde olvido.

Desapareció y no pude más que desearla
embutido ya en la alegría oscura,
en el artificio de la noche jovial.

Suspiré para recuperarla, pero ya no estaba,
se había marchado con la llegada del presente armado.
Tu rostro no será más encontrado,
tus caricias, ni siquiera quedan en el consuelo de esa nostalgia asesina.

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