El TIEMPO DEL ARCO IRIS

Hacía tiempo que no me temblaba tanto el corazón,
y se escurrían mis ideas, mis recados y mis desayunos
entre mis dedos caídos.
Esclavos ellos, como yo, de tantas dudas y de tantas seguridades,
esas que los ojos que miro me provocan.

Hacía tiempo que no confundía los colores
y no adivinaba si el naranja era el rojo
o el rojo era el amarillo,
y el arco iris era una cuna en la que se mecen
tus andares en las noches desiertas.

No recordaba eso de quedarme mirando la nada,
en la que tú te asientas como sin querer,
en la que apareces desnuda y sonriendo,
mientras yo conduzco a cualquier parte,
viajando siempre con tu cuerpo soliviante.

Hacía tiempo que no miraba tanto una sombra,
que no examinaba tanto un gesto, unos labios, un lunar:
el que tienes encima de tu pecho izquierdo.

Hacía tiempo que no reía y hablaba solo,
para luego no poder musitar todo lo ensayado,
y volver a ser ese niño que no ha aprendido las palabras,
pero que es feliz con la cercanía de sus padres.

Hacía tiempo que no me sentía tan pequeño,
tan débil y tan inservible,
como una bolsa perdida en la calle que goza de su vuelo y de su fragilidad.

Hacía tiempo que no me sentía tan grande,
retozando en un solo momento,
en un gemido tuyo, en una caricia, en un suspiro que luego hago largo y extenso,
un instante que prolongo en mi interior para romper las medidas del tiempo,
para que un segundo, puedan ser unas horas;
unos minutos, una luna entera y luminosa.

Hacía tiempo que las cosas no cambiaban de nombre,
que no escuchaba el tamborileo agitado de mi corazón,
que piel ajena se convertía en mi piel,

Hacía tiempo que la sonrisa no me estallaba traviesa
-en cualquier lugar, en cualquier sueño-
con tan sólo recordar lo enorme que soy cuando te amo.

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