DE LA ZOZOBRA A LA SONRISA

Ríes ligera y fresca, como una gota primeriza en la lluvia incipiente.
Me miras con tu mar pardo que tienta a nadar al pez intranquilo que habita en mi estómago, en mi desatada imaginación, en mi convulso deseo, impaciente.

Ríes y vuelves a reír, miras y vuelves a decir algo con tus ojos que sólo yo imagino, quizás nada o algo indeterminado y zozobrante, juego inocente de la niña que no dejaste de ser. Cae entre mi alma como una bomba nerviosa y preguntona, rabiosa, lasciva, comprometida, tierna y amistosa

Puedo buscar más adjetivos pero ninguno –ni siquiera todos juntos- podrían rellenar el vaso de la precisión porque no soy poeta. Sigo y dudo y la duda gravita con el desasosiego.

No me besas: Los minutos son horas, las horas, días, los años, siglos, la urgencia se burla del tiempo. O viceversa.

Caigo. Ya no tengo voz sino un temblor patoso y apagado. Ya no tengo ojos, ni boca; solo tú, reflejo incrustado en mi pensamiento. Yo ya soy otro, yo ya soy nadie. Una minúscula nube en el cielo tormentoso, una mancha imperceptible y ridícula víctima de la mofa de tus caprichos.

El tiempo pasa y la herida sana, queda en cicatriz, una marca simpática. Todo perece, se allana el sentimiento y llega la lluvia vaga y monótona. Ya los minutos son minutos.

Todo queda en un golpe de brisa en la mañana de verano. EL galgo que no corre es sacrificado, dicen en el campo; ahorcado, sin vida, sólo en el recuerdo de los pastores que lo alimentaron.

Así queda hoy, esa partícula, ese reducto insignificante y latente en el que yace, incierto, el profundo misterio del deseo que te tuve.
Hoy queda en una sonrisa, en el vuelo golfo de una mariposa de primavera.
Trasunto extraño y maravilloso.

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