COSAS QUE NO SIRVEN PARA NADA

Cosas que no sirven para nada

Si hubiera blandido una espada me habría cortado en dos. Cuando  pronunció con aplastante seguridad aquella frase hizo un contundente movimiento vertical con la mano: “Yo  a  mis hijos les insisto en que aprendan perfectamente inglés y, si eso, algo de matemáticas, por si quieren  hacer una carrera técnica. Lo demás, no sirve para nada. Para nada” insistió envainando luego su ficticio filo de metal y marchándose hacia su BMW.

Seguramente aquel hombre, acuciado por el futuro de sus hijos, se refería a la practicidad de los estudios y a que, en el devenir profesional, tengan una buena trayectoria y no pierdan el tiempo con disciplinas que, aparentemente, no tienen ninguna utilidad. La insistencia por esa eficacia y la productividad, llega a muchos a volverse radicalmente ortodoxos y a no instar más que a cultivar aquellos campos que tiene una utilidad de resultados nítidos y rotundos: una especie de fast-food del conocimiento que, a mi juicio, es errónea y perniciosa. El aprender y, sobre todo, disfrutar con materias como la literatura, el arte, la música o la denostada filosofía –que el ministro Wert relegó a “maría” en nuestro sistema educativo por “distraer” al alumno–  tienen, una gran utilidad a medio y largo plazo en nuestro quehacer laboral, tanto para un auditor, un abogado, un camarero a tiempo parcial o un sexador de pollos. No sólo nos cultivan el espíritu y nos hacen disfrutar y pensar más profundamente, sino tener una visión mucho más completa y creativa frente a situaciones que se pueden producir en el trabajo. A bote pronto se me ocurren las enseñanzas de humildad e ilusión de “El Quijote” –característica casi perdida en la jungla de la oficina-, o de constancia y paciencia de “El Conde Montecristo”.  Pero al margen de la lectura, me viene otra de las virtudes de las artes como la vía de escape o de relajación ante las velocidades y exigencias de determinados trabajos. Son dos puntos de defensa, si me apuran,  frívolos y hasta facilones, pero con los que podría haber contrarrestado aquel espadazo de determinante aseveración. Aunque, lo que realmente debí decirle a aquel hombre es que sin gente como, por poner ejemplos obvios, Leonardo, Galileo, Voltaire, Zola, Marx, Goya o Jhon Lenon, hoy el mundo sería mucho más injusto de lo que es y posiblemente sus hijos no tendrían más remedio que acatar sus rotundas órdenes y no orillar sus consejos para dedicarse a tocar la guitarra, escribir novelas o a pintar, como Pollock, desde la nada.

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