Ameer

Se amaban con colores tenues, sin trazos grandilocuentes ni figuras abstractas de múltiples interpretaciones. Parecían planetas lejanos, aparentemente oscuros pero con reflejos estelares, cuidándose en la misma galaxia, vigilándose de supernovas y meteoritos que fulminasen su unión. No había casi contacto, ni caricias alegres; pocas veces las vi. Tampoco piropos entusiastas, salvo en contadas ocasiones de paisaje desnudado. Eso sí, nunca atisbé ni la más mínima arista de contradicciones ni mucho menos motas de desprecios, salidas de tonos, discusiones insustanciales, agujeros negros que transgrediesen el concepto del tiempo, de la materia y del espacio. Él la guiaba en barcos repletos de palabras desconocidas para ella, agarrándola de la mano como quien deposita una flor olvidada, sin poemas románticos de olas apasionadas pero con versos de hierro inquebrantables. Él la había enseñado a recorrer un laberinto con final imposible. Daba igual, el fin era el tránsito. Disfrutaban de sí mismos al igual que de millones de caminos desvelado,  la verdad del goce de las hojas que adivinaban con  sus lecturas.

  Estaba sentada en el sillón con la misma mirada de él. Parecía que le había robado los ojos en la expiación. Allí estaba, recorriendo pasadizos multicolores como una princesa blanca.

  • ¿Qué estás leyendo?

   No cerró su libro, no movió su cabeza: un robot hipnotizado.

  • A Ramón.

   Sí, ella le había arrancado los ojos como las gaviotas a los náufragos moribundos. Leer era su forma de estar junto a él en todos los mundos, de seguir amándole en el habitáculo etéreo de la imaginación más real.

Compartir en:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *