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Madrid

 

Madrid, me hiciste tuyo porque me diste la vida,

la que pintas enjambre de deseos y fuegos.

Nací en tus calles veloces, en tus asfaltos ardientes,

mamando tus noches bastardas, indecentes y baratas,

tus tarde melancólicas, tus despertares mentirosos.

 

Madrid, besos maternales,

canciones que se respiran,

gotas de lluvia que siempre caen como delicia.

 

Madrid, mujer de brazos abiertos,

mujer caliente,

que no reprochas ni guardas,

escupitajos de frente.

 

Madrid, de plata y cobre,

de miel y ratas,

con foráneos ambiciosos que seduces con magia desordenada.

Volcán de energía y cariño,

de luna entera siempre,

parrandera de sonrisa ancha,

eterna verbena de corazones polifórmicos.

 

Madrid pariendo vida,

con un millón de muertos,

calamares y churros,

platos de leches para los gatos,

chocolate y cañas,

Madrid de sonidos cautivos,

de sombras con luz vigorosa,

azul el techo.

Madrid, robinias y plataneros,

nenúfares del Retiro,

cuadros del Prado,

tasca, cocido y mus.

Madrid, Isidro,

bombeando el miocardio,

espejo cóncavo y convexo,

nunca ausente.

 

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Aquellas pequeñas cosas

   Mi padre había comprado una cadena de color platino y le había regalado tres discos a mi madre. Hasta que no tuve cierta edad no me dejaron utilizarla. Por fin un día, me enseñaron cuatro claves: cómo encenderla, cómo colocar la aguja en el disco, ponerme  los cascos y a pasar la tarde. Uno de ellos era un álbum con una caratula de cartón en la que aparecía un melenas sonriendo con un cerilla encendida. Dentro, cuatro discos. De allí salieron mis primeros recuerdos de sentir un placer maduro por la música, por la belleza de la palabras y por encontrar sueños secretos pre-adolescentes.
   En aquellas tardes no sólo me enamoré de Lucía, me compadecí de Penélope y me imaginé cantarle el «Poema de amor» a otra que nunca conocí. Además me di cuenta que cuando se quiere bien a una mujer ella no necesita deshojar cada noche una margarita. También conocí y descubrí a dos poetas tan fundamentales y avanzados a su tiempo como poco leídos: Antonio Machado y Miguel Hernández: Disfruté y diseccioné las «nanas de cebolla», la España de charanga y pandereta que también queda escrita en la Muerte de Don Guido y me introduje en un enigma tan misterioso como emocionante, de infinito aprendizaje: la poesía.
  Luego vinieron otros discos: los de los The Beatles de mi hermano mayor, los de Kaka de Luxe y Radio Futura de mi hermana y los que yo me fui comprando después de aquel de – yo confieso-  Nika Costa, que pedí a los Reyes Magos años antes. También aprendí parte del poco inglés que sé con los versos de Lou Reed, Bowei o los The Clash. Sin embargo ningún disco me infunde tanta nostalgia y ternura como aquél álbum de oro de Juan Manuel Serrat.
  Hoy me he acordado nervioso de ese tren con boleto de ida y vuelta al comprar un par de entradas para el próximo concierto de Serrat. Y cuanto más se acerca la fecha, más me conmuevo al igual que aquel niño según se acercaba la hora de enchufar la cadena de falsa plata. Pero no sólo me genera expectación el concierto, sino asistir de la mano de mi madre: aquella mujer que, entonces, me decía siempre que guardase bien ese disco que todavía conservo. Me entusiasma volver a encontrarme con aquellas pequeñas cosas que no han matado ni el tiempo ni la ausencia, volver a ese tiempo de rosas que, claro, me hará llorar, cuando nadie me vea. Excepto mi madre, que me verá. Pero no me importa: ella ya ha visto mis lágrimas mucho antes de que yo escuchase a Serrat.
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