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Yo no sé escribir poemas

YO NO SÉ ESCRIBIR POEMAS

Yo no sé escribir poemas.

No sé lo que es una metáfora, un cuartero, o un nicárqueo.

No soy sincero, pero quiero matarlos.

 

Mis instrumentos son de cartón piedra, humo de tabaco malo.

El verbo no acierta nunca y no dibuja lo que agita o pace,

es impreciso y mentiroso, falso y seductor.

Todo su sentido se pierde en el cielo de Madrid,

que no tiene agujerito para ver las verdades de las mujeres desnudas.

Nadie me puede explicar,  jeroglífico estúpido,

el caleidoscopio del misterio que grita.

Ni siquiera la muerte, la verdad más rotunda, puede hacerse palabra.

Ni siquiera el “se marchó”, explica el “adiós”.

 

Desde Alejandría, Babilonia, París o Nairobi,

desde los romanos, los egipcios, los persas, los americanos o los neandertales,

desde todos los siglos de todos los tiempos,

desde todas las ciudades, pueblos, montes y montañas,

el hombre no ha hecho más que mirar la vida en la plaza del pueblo,

con la boina calada, apoyado en su garrota y arrugando su cara arrugada.

Pero hay que entretenerse.

 

Todo es geometría sin ángulos, física indescifrable, esencia y ciencia,

bolsa negra que nadie quiere llevar:

no tiene sonido, simplemente estremece:

un parto hermoso, unas lágrimas irracionales,

o un beso lanzado al averno de los deseos insatisfechos.

Todo conmueve cristalino, como el frenazo agudo de un coche cuando el niño ha cruzado detrás de su pelota.

 

Cuidado: una palabra es una derrota.

 

Yo no sé escribir poemas porque el amor y el odio se acuestan juntos

y cuando le quito la gorra al boli me siento guarro al manchar el blanco.

Pero me pongo y sólo emborrono folios para pervertir los sentidos y mentirme sin piedad.

Yo no puedo agarrar la Belleza con frases sutiles que el aire devora.

 

Yo no sé escribir poemas por más que quiera querer.

Yo no sé escribir poemas porque al mirar tus ojos me quedo mudo,

y si buceo en ellos me ahogo,

y si los canto la voz muere.

Falsos poemas que de nada sirven.

 

 

 

 

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Esperando

 

ESPERANDO

 

Me he jugado la vida por ti

consumiendo sedantes de dignidad

he volado por galaxias oscuras

como un ángel que adora la condena

 

He perseguido estrellas en las que creía verte

en el más allá de los ventiladores caprichosos

 

He caminado montañas de amor

con las piernas locas purgadas por el deseo.

No hay cansancio al ver tu mirada

aunque sea una mentira tan roja

porque es mi mente la que te imagina

 

Y así navego,

abrazado al mascarón de mi derroche

al mástil esperanzador del amor que nunca tuve

porque nunca fuiste verdad

pero aquí sigo esperándote

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DE LA ZOZOBRA A LA SONRISA

Ríes ligera y fresca, como una gota primeriza en la lluvia incipiente.
Me miras con tu mar pardo que tienta a nadar al pez intranquilo que habita en mi estómago, en mi desatada imaginación, en mi convulso deseo, impaciente.

Ríes y vuelves a reír, miras y vuelves a decir algo con tus ojos que sólo yo imagino, quizás nada o algo indeterminado y zozobrante, juego inocente de la niña que no dejaste de ser. Cae entre mi alma como una bomba nerviosa y preguntona, rabiosa, lasciva, comprometida, tierna y amistosa

Puedo buscar más adjetivos pero ninguno –ni siquiera todos juntos- podrían rellenar el vaso de la precisión porque no soy poeta. Sigo y dudo y la duda gravita con el desasosiego.

No me besas: Los minutos son horas, las horas, días, los años, siglos, la urgencia se burla del tiempo. O viceversa.

Caigo. Ya no tengo voz sino un temblor patoso y apagado. Ya no tengo ojos, ni boca; solo tú, reflejo incrustado en mi pensamiento. Yo ya soy otro, yo ya soy nadie. Una minúscula nube en el cielo tormentoso, una mancha imperceptible y ridícula víctima de la mofa de tus caprichos.

El tiempo pasa y la herida sana, queda en cicatriz, una marca simpática. Todo perece, se allana el sentimiento y llega la lluvia vaga y monótona. Ya los minutos son minutos.

Todo queda en un golpe de brisa en la mañana de verano. EL galgo que no corre es sacrificado, dicen en el campo; ahorcado, sin vida, sólo en el recuerdo de los pastores que lo alimentaron.

Así queda hoy, esa partícula, ese reducto insignificante y latente en el que yace, incierto, el profundo misterio del deseo que te tuve.
Hoy queda en una sonrisa, en el vuelo golfo de una mariposa de primavera.
Trasunto extraño y maravilloso.

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El TIEMPO DEL ARCO IRIS

Hacía tiempo que no me temblaba tanto el corazón,
y se escurrían mis ideas, mis recados y mis desayunos
entre mis dedos caídos.
Esclavos ellos, como yo, de tantas dudas y de tantas seguridades,
esas que los ojos que miro me provocan.

Hacía tiempo que no confundía los colores
y no adivinaba si el naranja era el rojo
o el rojo era el amarillo,
y el arco iris era una cuna en la que se mecen
tus andares en las noches desiertas.

No recordaba eso de quedarme mirando la nada,
en la que tú te asientas como sin querer,
en la que apareces desnuda y sonriendo,
mientras yo conduzco a cualquier parte,
viajando siempre con tu cuerpo soliviante.

Hacía tiempo que no miraba tanto una sombra,
que no examinaba tanto un gesto, unos labios, un lunar:
el que tienes encima de tu pecho izquierdo.

Hacía tiempo que no reía y hablaba solo,
para luego no poder musitar todo lo ensayado,
y volver a ser ese niño que no ha aprendido las palabras,
pero que es feliz con la cercanía de sus padres.

Hacía tiempo que no me sentía tan pequeño,
tan débil y tan inservible,
como una bolsa perdida en la calle que goza de su vuelo y de su fragilidad.

Hacía tiempo que no me sentía tan grande,
retozando en un solo momento,
en un gemido tuyo, en una caricia, en un suspiro que luego hago largo y extenso,
un instante que prolongo en mi interior para romper las medidas del tiempo,
para que un segundo, puedan ser unas horas;
unos minutos, una luna entera y luminosa.

Hacía tiempo que las cosas no cambiaban de nombre,
que no escuchaba el tamborileo agitado de mi corazón,
que piel ajena se convertía en mi piel,

Hacía tiempo que la sonrisa no me estallaba traviesa
-en cualquier lugar, en cualquier sueño-
con tan sólo recordar lo enorme que soy cuando te amo.

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UN TONTOPOEMA ATRIBULADO

Me gusta tu cocina, cuando cocinas y no porque cocinas.
Me gusta sentarme y parece que sólo me siento.
Me gusta, allí, en tu cocina, parecerme estúpidamente macho.

Uno de esos señores de bigotillo fino,
mirada escondida tras las gafas gruesas,
con el periódico encima de la mesa de tu cocina.

Con una cerveza en la mano y un cigarrillo en la otra:
soy yo, sí, disfrazado de un guerrero ridículo.

Me detengo con disimulo,
raudo en observar tus movimientos,
silbidos de acciones que parecen de otro tiempo
pero que encuentro un sentido moderno y divertido,
una belleza de azulejo blanco y gracia veloz:
Estás ya analizada.

Allí te pones y te mueves,
una gacela en su territorio,
limpiando entre la espuma y el agua o echando las patatas o el arroz en la sartén,
emitiendo palabras que pintan de luz mi rostro arcaico,
que hacen que el hombre de blanco y negro coloree su corazón y sonría para sí,
en secreto, como un niño escondido dentro de un armario cerrado.
Hablas con la energía de mujer-mujer,
de cobre puro y robusto,
entre suspiros, quejas y vaivenes, risas y mudanzas.

Me revuelvo entre mis pensamientos,
hechizados por el encanto de la sencillez,
del contoneo de tu cuerpo eléctrico,
de tu continua protesta por mi presunta apatía
Y no quiero que dejes de hacer para seguir mirándote,
para seguir intentando buscar en cómo plasmar la poesía y la belleza de una escena de entonces,
una mentirosa escena,
una escena en la que tú eres la prota y yo la cámara:
Ella fregando y él bebiendo y fumando;
Ella cocinando y hablando, él leyendo y callando.
Todo es mentira: Él enamorado, viendo a una mujer que no quiere dejar de pensarla.
Ella en sus cosas, en sus comentarios,
en su rutina pesada que resuelve como si tal cosa.
Todo es poesía cuando tú estás pululando aún sea una escena de otro tiempo, una escena rancia.
Me gusta tu cocina porque tú no me miras y yo, puedo mirarte.

En la caricia de tu ojos puedo encontrar más agua fresca que en el mayor de los manantiales.
Así se para el tiempo: mirando de soslayo las ventanas de tu cara ilusionante.
No quiero prolongar ése instante,
sí, una décima de segundo es suficiente.
Así desaparece cualquier sed, cualquier necesidad urgente.
Sólo me basta una insinuación de marrón oscuro, achinada,
porque sonríen tras la mente de una mujer inteligente y brava, delicada y encontrada.

Explicar no es misión de los tontopoetas,
sino atribularse entre palabras descolocadas,
ansiosas de verter sensaciones pausadas,
de digerir tanta belleza que casi empacha.
Al verte, al oírte, al callarte y al amarte.
En silencio.
En tu cocina.

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COSAS QUE TE SORPRENDEN

Eres la pequeña claridad de la noche oscura,
la que entra por las persianas mientras intento dormir.

Eres el sepia de la foto antigua,
la de blanco y negro que ya es marrón,
en la que salgo chapoteando en la bañera de la casa que en ocasiones
olvidé.

Eres el vuelo de la falda vivaracha que llega hasta las rodillas,
la que se levanta en la tarde alborotada.

Eres un día de verano de olor perfumado de sinceridad,
aire que entra en los pulmones envarados de mi alma,
la cita precisa de un libro cualquiera,
el ágrafo y hermoso tontopoema que te sorprende
en medio del pensamiento atribulado del insomne.

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MIENTE LA NOCHE

Se va acercando y no quieres pensarlo.
Huele la noche.

La pruebas, de un olor a simpatía,
a engaño hipnótico y completo,
definitivo, embuste simple, sabor a risa.

Y ríes aunque la tristeza se marca en tu mapa,
amas aunque la piel se te escurra como una serpiente delicada y doliente.
Hablas en silencio a gritos de sed sobornable,
como un altavoz rosa y hermoso,
un altavoz de metal.
Repite, repite y repta hacia una fruta desconocida.

Huele la noche y vives su sueño mentiroso.

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RECETA PARA VENDER EL INSOMNIO

En las tinieblas, cuando nadie habla,
mi cuerpo grita su cansancio, su derrota,
mi mente traviesa y juguetona
mantiene la llama de las preocupaciones cotidianas.
Los ruidos que deja la velocidad del día,
las huellas efímeras del camino.

Entonces me zafo entre las sábanas,
los movimientos de mi cuerpo y los destellos de sudor.
O del frío que hace que mis ojos no reposen
y que mi lengua esté siempre seca o mojada.

Enciendo la luz, bebo agua, leo, releo y vuelvo a
caer en la oscuridad con la esperanza de los ilusos.

En esa lucha secreta,
recupero los sueños imposibles,
y es entonces cuando me dejo ir a un tiempo que nunca existió,
a un lugar al que nunca fui.

Por ejemplo al Santiago Bernabéu. Por ejemplo me convierto en media punta del Real Madrid.

Me enamoro de una mujer esbelta y elegante, lápiz,
que me ama y que me adora, que me aporta y me comprende,
una mujer de sonrisa dulce y amapola.

Luego doy un concierto al piano, otro al violín y luego dirijo la orquesta perfecta.

En ocasiones me cuento historias que nada tienen que ver con mi quehacer diario, con la cordura y el atropello de lo que llamamos normalidad.

Resucito a mi padre mientras mi madre canta su alegría,
juego con mis hermanos y a mi hijo lo convierto en un hombre feliz y contento.

Al salir de mi cuarto, espanto a las palomas, voy a por el balón y con unas botas nuevas, me bajo con mis amigos a jugar al parque.
A la carrera río y como caramelos.

Cuando me canso de dar patadas al balón,
engancho la bicicleta para que “Tigre” me persiga ladrando por el jardín de la casa de Las Navas del Marqués.

Pedaleo hasta llegar al río y me baño desnudo con aquellos amigos hoy ya perdidos por el camino que se recorre a través de los años.
Al llegar a casa, me como una bamba de nata y chocolate.
Con el estómago lleno, cansado de tanta batalla,
mis párpados vencen y mi mente sonríe.
Es entonces, cuando nadie habla,
cuando recupero al niño que fui,
cuando duermo plácido, alerta, claro, de no mearme en la cama.

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ARTISTAS

Románticos vanidosos,
Pragmáticos y mentirosos.

Extrovertidos, introvertidos.
Puros y pervertidos.
Honestos, bondadosos,
falsos y mentirosos.

Trabajadores e indeseados,
sensatos y alocados.

Observadores y observados,
exhibicionistas, recatados,
peleones y peleados.
Cantores de la belleza,
del pensamiento y de lo que llaman raro,
de la vida y de las formas,
de lo sucedido y de lo no hallado

Extravagantes y clásicos
adornos de los adornado.
Fumadores del momento,
fumados por el olvido,
olvidados.

Melancólicos, nostálgicos,
impíos y bastardos
delatores y delatados,

Niños, sobre todo niños.

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ESA NOSTALGIA ASESINA

Aterrizó en silencio como si se tratase de un desmayo,
con ése aire decaído y discreto
se plegó entre mi atmósfera despistada.

Y bostezó. Acababa de despertar.

Era un día de bruma y bochorno,
en la distancia, desde el olvido;
un día de fotografía en blanco y negro,
de música lenta al piano.

Pasaron los días y mantenía su renuncia a evadirse,
a negarme la negrura pausada de su soledad,
de su bella tristeza.

Así que se puso junto al fuego a buscar su calor en mí.
Se acomodó. Así lo quiso:
se llamó infancia y luego adolescencia,
buceó en la claridad perezosa de tardes de estío
e incluso inventó una historia de otro tiempo, de otra vida,
de ese amor que sólo veo en sueños o que no fue posible.

Fue entonces, mirando sosegado al mar,
cuando creció entre ambos el recuerdo de tus últimas caricias.
¡Maldita mentira! No pude hallar tu rostro.
No había teléfonos, ni luces artificiales,
ni pertinaces máquinas tecnológicas
sólo la memoria perdida, inconcreta, manchada de ti, corriendo hacia mí.

No hallaba tu rostro y el recuerdo me traicionaba, .
en la distancia, desde olvido.

Desapareció y no pude más que desearla
embutido ya en la alegría oscura,
en el artificio de la noche jovial.

Suspiré para recuperarla, pero ya no estaba,
se había marchado con la llegada del presente armado.
Tu rostro no será más encontrado,
tus caricias, ni siquiera quedan en el consuelo de esa nostalgia asesina.

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