Todas las casas son ojos

Aquí os dejo los dos primeros capítulos de mi novela “Todas las casas son ojos”. Editorial almuzara

  

1.-  DOS FOTOGRAFÍAS

  Cada una de las fotografías que había puesto sobre la mesa retenía el olor de las personas que estaban retratadas en ellas. Dos muertos, dos fotografías y dos olores: tierra y vino. Las había colocado por orden cronológico, de izquierda a derecha, para ir poco a poco sustrayendo algunas historias que la memoria le venía negando desde hacía tiempo. Las cogía y se las ponía durante un rato entre la boca y la nariz como si las fuera a besar, haciendo el mismo gesto que una beata con sus estampas religiosas. Luego aspiraba fuerte y lentamente, como si de aquellos olores desprendiese un placer lleno de esencias exquisitas. Todavía, a sus más de ochenta años, guardaba un envidiable olfato. Pero lo que tenía, lo que sobre todo se suele tener a esa edad, era tiempo, mucho tiempo. Un tiempo que se había transformado, que había dado un giro irreverente y brusco. El segundero corría cada vez a menor velocidad y eso era lo que más le preocupaba: tenía la impresión de que había cambiado sus patrones. A su edad el presente ya no escupía al pasado con desdén, ya no despreciaba el camino recorrido. Todo lo contrario. Ahora buscaba el pasado como el adolescente busca el futuro, como aquellos inseguros quinceañeros que sueñan, que se ilusionan con la próxima noche, las vacaciones venideras o el sexo que todavía no han descubierto. En cambio para ella, el futuro —el sueño, la ilusión—, era un aburrimiento, un sinsentido indolente, igual que el pasado para los adolescentes.

  Luisa no podía decir eso de «lo pasado, pasado está» o «a lo hecho, pecho», porque poco pecho podía sacar cuando lo sucedido, realmente, no había terminado de suceder. Eso, que las historias de entonces no estuvieran concluidas pese a haber ocurrido hace mucho tiempo, era la más clara señal de que el final estaba próximo. Pensó que la muerte se ve más cerca cuando el tiempo abraza otras medidas, cuando el futuro —el sueño, la ilusión—, se desprecia y se adora el recuerdo, se busca el pasado, se ilusiona uno con saber lo que sucedió y no con lo que sucederá.

  Cuando veía que sin querer estaba dejando de lado lo aún no concluido, cuando no recordaba o sentía que la memoria se le marchaba, iba al salón y sola, en silencio, con la parsimonia del que no tiene nada que hacer, abría una cajita de madera e iba oliendo las dos fotografías. No era un acto de nostalgia o un recurso fácil de melancolía propio de la vejez. Era un intento de que su vida siguiese siendo contada aunque fuese por ella misma y de que, sobre todo, terminase. Y gracias a ese ahínco por descubrir algo nuevo de su propia vida, toda aquella liturgia casi siempre tenía recompensa. Bien un recuerdo aislado en alguna parte, una anécdota abandonada en el olvido o bien un sentimiento que había tratado de desechar por comodidad, pereza, miedo o supervivencia.

  Sobre todo supervivencia. Sabía que había recurrido en muchas ocasiones a enterrar los malos momentos, las verdades más certeras y dolientes, a no reflexionar sobre lo sucedido hasta confundirse con una mentira confortable. Durante su larga vida, había decidido contarse algunas veces otras historias tranquilizadoras que vencen a la verdad, que la hacen suya y que ayudan a seguir adelante con menos cansancio. Ahora, pasados los años, le costaba averiguar qué historias habían nacido para proteger el alma y cuáles habían sucumbido en el olvido por el dolor que ellas mismas transportan. Todo, al final, se dijo, se tiene que pagar de una manera u otra, sobre todo las mentiras que uno se hace a sí mismo.

  Solía detenerse durante más tiempo en oler la fotografía de su primer amante, la de Julián. Era la imagen más vaga y lejana. En ella se atisbaba una sombra de dureza en su sonrisa, en los ojos retadores, no adormecidos ni conformistas. Era la fotografía que sin duda le traía más placer, el placer más gratificante. También era la que le trasladaba más dolor, pero que, sin embargo, quería recuperar. Además era la que más había mirado. Sobre todo hacía mucho tiempo, cuando huía de todo y de todos. Era una fotografía de entonces, de la guerra, una fotografía poco creíble en tiempos de paz. Lógico, no se cree, no se quiere creer qué fue en tiempos de tormenta, lo que se hizo en guerra —en las guerras reales, simbólicas, familiares, personales, laborales—, la inquina que salió de cada uno, lo que entre dientes, años después, se puede orillar con una expresión cualquiera: lo pasado, pasado está.

  Lo solía mirar cuando todavía había horror, muerte y hambre. Lo hizo también mientras huía de España o aguardaba en Francia. Miraba el retrato cuando nadie la veía, en recatada soledad, como si se tratase de un documento exclusivo y clandestino con el que huyó desde Madrid hasta Colliure escondiéndolo de los falangistas, de la Guardia Civil, de los gendarmes franceses y de los soldados nazis. Se la mostraba en secreto, de forma representativa, a su hija recién nacida, a Julia, con la intención de que se familiarizase con la única imagen que quedaba de su padre, con la que habían viajado siempre las dos en trenes sucios y traqueteantes que recorrían los socavones de la reciente historia del país y que Luisa había conservado como un homenaje, como una forma desesperada de no renunciar a la sinrazón de su asesinato. Era un héroe intrahistórico y anónimo, ya no tenía nombre, se había disuelto en el confín de un pozo oscuro. Sólo para ella existía: Julián. Un nombre que no saldría en los libros, ni siquiera en los que luego escribirían los suyos, los perdedores, los vencidos.

  La memoria galopa: gris tarde de invierno, cielo encendido en el frente, ecos mortales y secos en la ciudad. Pronto, presumían, sería noche de frío penetrante, de infernales bombardeos, gélida oscuridad, centelleos asesinos e imprevisibles. Había vuelto de la Casa de Campo: «Dicen que viene Durruti», le dijo Julián nada más recogerla en el Hotel Palace, en el inventado hospital de sangre donde ella trataba de echar un cable mientras su novio hacía turnos en el frente. Madrid recibía los envites del ejército de África, los ataques frontales de Castejón, Delgado Serrano, de los moros y de los Fiat italianos. Pero nada parecía aplacar sus ánimos juveniles de lucha, su verdad única, la de ser quienes estaban elegidos para dar la victoria más justa, libertarios que salvan al pueblo. Subieron hasta la plaza de Santa Ana. Allí, justo enfrente de aquel teatro, le dio calor, la besó por primera vez. «Te quiero», le dijo mientras el cielo iba acariciando los sonidos de los aviones de Mussolini, un nuevo bombardeo. Ella se entregó y retardó con varios besos la búsqueda del refugio. Entonces los aviones sobrevolaron la plaza, el lugar preciso donde ellos se besaban y, como un milagro, como una aparición, vieron que no eran italianos, que eran los chatos soviéticos. Volvieron a besarse. La gente gritaba, aplaudía la llegada efímera del amigo comunista. Luisa, eufórica, sin dejar de abrazarle y desde la candidez de su edad, desde la inseguridad y el temor que surge al sentir por primera vez algo tan insondable y vital como el amor, le preguntó: «¿Por qué me quieres?». Él dejó de saludar con su gorra la llegada del aliado y volvió a besarla: «Porque eres la mejor representación de la vida que nunca podré imaginar». Y aquella vida seguía allí, en aquel salón, tantos años después, sin saber por qué, con la fotografía en la mano y el tiempo alterado y revuelto. Como el corazón enamorado de un adolescente.

2.- LOS CABALLEROS DE LA MUERTE

  No renunció a escarbar más y logró llegar a otro lugar, a otra escena: fueron noches después, Madrid ya cercado por Franco. Todos huían. A Orán, al Levante, a sus casas: la ciudad iba a caer. Ellos fueron para el pueblo. Eran varios hombres y varias mujeres. Luisa y Julián siempre juntos, protegidos por el pensamiento de que habían hecho lo único válido, que su lucha era la auténtica, ensimismados por su ideal. Daba igual, estaban convencidos de tener la fuerza de la razón y esa razón —mentirosa o no— da fuerzas. Caminaron una noche y se ocultaron dos días. Toda la ilusión con la que marcharon a Madrid a luchar contra los fascistas se había convertido en miedo, hambre y sed. Al llegar a la sierra vieron que también su pueblo era de los falangistas. Otra noche ocultos e indagaron: decían que Protasio, el alcalde, había muerto y que a los demás les habían dado el paseo. Luisa logró entrar en casa y nadie dijo nada, nadie sospechó. Los nacionales no le dieron importancia. Era la hija de un campesino pacífico sin vinculaciones políticas. Julián sin embargo era como Fermín, el Rubio y los otros. Bien se sabía que fueron al frente a luchar por la república, por eso se tiraron al monte, al único refugio que les quedaba.

  Días después, el final de la guerra. O eso dijeron, que la guerra había terminado. Pero no era verdad. La guerra no acabó en las fechas en las que cesó el fuego cruzado. La guerra, para muchas familias, duró muchos años más. Sobre todo en los pueblos como en el que Luisa vivía, pueblos divididos con un vencedor y un vencido, un ganador y un derrotado. Como todos los nacionalismos, el de Franco, también necesitaba de un enemigo. En este caso era un contrario fácil, desnudo, casi fantasmal, casi onírico, un adversario al que se le podía vencer diariamente para así reconocerse y levantar los ánimos. Las guerras, y más las de los hermanos, no duran lo que dura el fuego cruzado. Luisa lo sabía bien porque su vida, de una forma u otra, había sido una continua guerra. No, se repitió, las guerras no duran lo que dicen los libros cuando dejan tanto horror y tanta muerte. Tampoco las guerras familiares o las personales.

  Volvió a oler la fotografía de Julián y luego la miró detenidamente. Tenía las estrías que desgastan el papel con el paso del tiempo y un tono amarillento que convertían su rostro en una mancha casi imperceptible. Pero de tanto mirarla y olerla, le parecía la mejor conservada. Seguía viendo con claridad la delgada figura de Julián, con una pierna apoyada en una piedra, el fusil echado al hombro derecho y con ese mono que todavía llevaba de cuando era un civil republicano. Pensó en que qué cruel es la guerra, que utiliza por igual los colores para matar: la camisa azul de los falangistas y el mono azul republicano, el que llevaba Julián, y que todavía conservaba en el monte de cuando marcharon a la capital con espíritu combativo, de cuando se vigilaba a todo posible traidor, a los de la quinta columna de la que el general Mola tanto se enorgullecía, de cuando pasaba algunas noches en la universidad o en la Casa de Campo. El «camarada» Julián. Qué cruel pueden ser también la guerra con las palabras. Con igual vocablo, «camarada», se llamaron entre sí sus enemigos de la Falange. El horror y la muerte, la guerra, que tiñe también con sangre las palabras y los colores.

  No le costaba adivinar su nariz afilada —hosca de picuda— y ese gesto optimista y vital de aventurero. Siempre le venía a la memoria la imagen de su sonrisa, de su ataviada mirada, ésa que le daba a cualquier encuentro con él un toque de magia y complicidad. Incluso en ocasiones trataba de llamar a aquel espectro perdido, a su amante olvidado en el Guadarrama, a quien le hablaba bajito como un loco a un preciado objeto, con los labios tiritando, perezosos como olas de mar calma, «Qué te parece esto y lo otro, me parece bien o me parece mal, y ¿quién es ése? Pues Julen, un francés que me ayudó a tener a tu hija. ¿Te gustaba? Sí, claro. ¿Más que yo? Venga hombre, los muertos no se ponen celosos. ¡¿Cómo qué no?! Tonto, tonta, guapo, guapa…». Pero aquello no le parecía más que un juego infantil, una veleidad, un conjuro inútil que terminaba por desertar de su investigación por absurda e irreal. Ella hablaba, mascaba y reía incluso imaginando bromas que le gastaba, pero bien sabía que no era él, que él no podía hablar, que nunca obtenía respuesta de aquel amasijo de huesos, ceniza y tierra, hundidos en cualquier parte o en las tripas de los carroñeros y de los gusanos. No recibía respuestas, no había palabras aunque sí había olor a tierra mojada, a corteza de árbol, a tomillo, a jara y a piedra, el olor con el que pasó los últimos días en el monte, el olor que a ella le gustaba sentir cuando, de rodillas, le hacía el amor en algún recoveco del bosque, escondidos, apoyando la cabeza sobre el reverso de las palmas de sus manos y oliendo la tierra salvaje y viva mientras él la amaba, a veces con pasión, otras con cariño, otras de forma animal, pero siempre oliendo a tierra mojada. Igual que olía aquella fotografía.

  Fue en Cercedilla, poco antes de salir para Madrid cuando se la hicieron. Un retratista miliciano de los socialistas de Largo Caballero vino al pueblo a visitar a unos familiares. Hizo amistad con Julián y allí, en el monte, a pocos kilómetros de donde sería ajusticiado, lo fotografió con un mono prestado para la ocasión, sonriente, con aspecto solemne, como si ya advirtiese que aquella estampa sería la que despertaría los recuerdos de su amada: «Tómala, es un regalo, llévala contigo», le dijo su novio entonces principiante días antes de que los dos partiesen hacia Madrid.

  La huele ahora, busca, traga saliva, prensa las pestañas con fuerza, abre los ojos, estira las cejas y vuelve hacia atrás. Encuentra algo nuevo, la nube clarea. Empieza a ver una vaga silueta de la sombra: aquella noche había andado a través del monte con la comida envuelta en un trapo. Iba a verle, iba a encontrarse con él como una noche cualquiera. Pero esa noche que recuerda es abierta, no hay quinqué pero sí luna esférica, emborrachada de plenitud. Sabía el camino sólo por el olor, sólo por el amor, por ese sentimiento que genera al ser humano una agudeza especial para adivinar las cosas que nos interesan sobre nuestro amante. Andaba guiada sólo por el instinto porque quería ver a Julián y eso la hacía más viva, más despabilada si se quiere. Todo para llegar hasta él, y una vez con él, saber por qué mira así o calla y nota enseguida, casi de forma automática, si le preocupa algo, si padece alguna enfermedad pasajera o si está contento con su presencia, su calor, su mirada. Todo se sabe cuando se ama con fuerza, en eso el amor nos ayuda a volvernos un poco más listos.

  No oyó nada especial, no había ningún motivo para vaticinar fatalidades. Subía tranquila al ritmo que sus piernas fibrosas le marcaban. Alguna lechuza respiraba más de la cuenta, o algún cochino perdido entre la jara. Nada de importancia. No podía sospechar que la seguían, que estaba llevando a los falangistas hasta su objetivo, hasta el lugar donde se escondían Julián y los suyos. Sólo podía pensar en volverle a ver, en amarle tanto como el tiempo les permitiese, con premura y ansiedad, sin apenas hablar; o con lentitud y ternura, con palabras de hierro. Quizás les daría tiempo luego a fumar un poco del tabaco picado que ella le había traído. Pero daba igual cómo se amasen, el caso era verle, y si las lechuzas esa noche estaban más agitadas o los cochinos habían bajado un poco más de lo normal son cosas del campo, no eran los pasos y las respiraciones de los que acabaron con todo, de los asesinos, de Collar y los suyos, de los que hicieron que aquella historia solo pudiese ser contada por una fotografía. No hay sospecha de lo ajeno cuando hay urgencia por estar junto al amante, en eso el amor nos ayuda a volvernos un poco más tontos.

  Estaban cuatro: Fermín, Corrales, el Rubio y Julián. Esperaban entre el pequeño bosque de pinos en el que siempre quedaban. Pudo ver sus sombras, con los fusiles alerta, en posición horizontal, incluso pudo oír sus respiraciones más vivas que nunca. Alcanzó a ver el rostro de Julián, el fusil ya bajado, porque la pasión nos hace abandonar el concepto de las cosas reales, nos idiotiza y no nos permite estar alerta. A los pocos segundos Julián se deja ver para abrazarla, para recibirla. Sonó un disparo, un grito de «alto» y se cayó todo el alimento que «la niña» había subido. Fuego abierto. Duró poco, casi no pudo cubrirse. El Rubio había sido alcanzado, su figura extendida en el suelo. Corrales, con los brazos en alto. Julián caído también de un tiro que le rozó la cabeza y otro más preciso en el estómago. Se retorcía de dolor sin poder levantarse. «Cochino, levanta que vas a ver a tu putita por última vez». Dos subieron monte arriba en busca de Fermín. El más viejo, el jefe de todos, había conseguido diferenciar el sonido de las lechuzas del de los depredadores. Fermín no estaba para amoríos. Muerte rápida para Corrales, y un joven alto de manos anchas y cortas que la engancha por el hombro y la tira a los pies de un árbol donde Julián susurra sollozos de dolor. Junto al joven espigado, otro más: «Falta el más cabrón», dice. Huele la fotografía. Ese otro es una voz, la de Collar, una voz honda y rota, gastada por el tabaco y el aguardiente. No puede ver su rostro pero adivina quién es ese hombre, al que se le conoce en toda la zona por su crueldad, por sus ansias de aniquilar a todos los que estaban en el monte, por hacer hablar a cualquiera e incluso fusilar a toda una familia. Eso contaban, que mató a la mujer y al padre de Fermín porque decían que ayudaban a los del monte. Eso le dijeron, y los rumores entonces eran letales, los mató Collar, contaban, para dar ejemplo, para que aprendiesen los demás. Nada volvió a saberse de Collar salvo la leyenda, de esos que llamaban Los Caballeros de la Muerte, un nombre temible pero resuelto hacia cierta dignidad, una hermandad del terror con una acepción honorífica; mencionarlos era hablar de rumores que van de boca en boca y que corren veloces como la sangre viva y roja de Julián que Luisa ahora recuerda. Ella se ve tumbada oyendo en la lejanía el ruido de las descargas, las balas y las charlas de los asesinos cada vez más inciertas y remotas. Creía haber muerto, pero esas voces infaustas y borrosas la hicieron cerciorarse de que vivía y de que todo lo que había sucedido era verdad, que no era un mal sueño como los que tantas veces tuvo después.

  Ha sido golpeada, arrastrada hasta donde Julián agoniza. Ve una bota embarrada, la de Collar, que aplasta el rostro de su amado. «Agua», suplica mientras sostiene sus tripas rebosantes. «Agua», repite Julián. Collar le apunta y vuelve a aplastar lo que queda de su vida con las suelas de sus botas. Barro y sangre. «Esto de aperitivo», dispara y ajusticia a su amante. Un tiro seco en la sien. La sangre de Julián ciega los ojos de Luisa. No puede ver, tampoco puede moverse: es el miedo el que anula sus fuerzas. Allí, en mitad del monte, su vida va resistiendo, allí, junto a su amante muerto, va recordando el pasado reciente, los rostros, las acciones, que no se olvide, graba todo en su mente con el mismo esfuerzo que ahora recuerda, sentada en el salón de su casa, con la fotografía en la mano, sosteniendo el pasado difuso. Pero a partir de ese momento algo o alguien —y puede ser ella— ha mutilado su memoria. Sí, es ella quien asesinó su recuerdo, la que amputó esa parte de su vida que ahora quiere recuperar. Falta algo a partir de entonces, de cuando Julián muere y la sangre salpica sus ojos, falta ese momento. Ella sigue viva y quiere saber por qué, quiere buscar la respuesta en aquella noche. Escasea la luz, no termina de clarear el esbozo del dibujo de esa historia que no ha sido finalizada tanto tiempo después. El joven alto de manos anchas y cortas la ha golpeado en la cara. Oye un tiro lejano. Sigue buscando, huele más profundamente la fotografía, más tierra, más tierra mojada con olor a fuego. No encuentra nada después de ese ruido metálico. Ya está monte arriba, con una hija gestándose en su vientre: una vida —«la mejor representación de la vida…—», a cambio de una muerte.

  Se ve buscando por las noches algún cobijo y alguna ayuda, misericordia que llegó a recibir a pesar del miedo que entonces había en cualquier aldea y el miedo que ella, una mujer de dieciocho años —algo delgada, de piernas fuertes y finas, de bailarina rusa que decía Julián, y un rostro aniñado que con el tiempo jugaría a su favor— podía tener a ser denunciada, violada o fusilada por cómplice de los rojos. Tuvo que esconderse, estar alerta y luchar de distinta manera que su novio pero con la misma entereza que él. Vagó por España unas semanas hasta reparar en su embarazo. Durante aquel camino arduo y agotador en el que su condición sexual y su aspecto le facilitaron sobrepasar controles y miradas sospechosas en lugar de encontrar la muerte —todavía hoy no sabía por qué no la había encontrado—, deseaba hallar una patria para quien llevaba dentro; una patria, la suya, que tenía que abandonar para sobrevivir. Pensaba que su hija podría tener una porque, como más tarde comprobaría, no hay más patria que la de por quienes se lucha desinteresadamente. Bien lo sabía Luisa que había perdido la suya; los hombres de Collar, supo mucho tiempo después, también acabaron con los suyos, con su familia, también los fusilaron tras descubrir que su madre ayudaba a los del monte. También a Luisa la habían dejado sin nombre y sin apellido: Luengo, le suena remoto y extraño, borraron las huellas de su identidad, asesinaron su infancia convirtiéndola en una anónima, en una apátrida más. Entonces no podía mirar atrás, a los suyos, enterrados en cualquier parte. Todo estaba muerto, destruido, ya no tenían nombre aquellos que la amaron. Huyó, y en sus entrañas esa niña, esa nueva identidad, ese nuevo nombre: Julia. Se quedó detenida durante bastante tiempo, no supo cuánto, fija, esperando una revelación, con la mirada clavada en aquella fotografía, escrutando nuevas claves de aquella historia, más información y más datos sobre la certeza de aquel amor, el que nunca llegaría a sentir por nadie por más que lo buscase luego en otros amantes, en otros olores.

  Su mirada humedece, sus ojos notan el salitre de las lágrimas y, fiel a su propósito de no caer en la nostalgia y a sólo descubrir nuevas cosas de entonces —a ilusionarse con lo ya sucedido, a concretar el pasado—, prefiere dejar a Julián sobre la mesa. Reposan los recuerdos difusos de aquella noche, los deja quietos, en silencioso letargo, como hacen los cocineros con los buenos guisos o los poetas con sus primeros textos; que se calmen un poco, que duerman siesta, que se zambullan en la mente y que nos sorprendan después de una primera mirada.

 

Todas las casas son ojos

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